Estudiar en casa. Para la mayoría, la pandemia obligó a inventar otra forma de educar, de brindar perfeccionamiento y capacitación. Cada cual en su casa, recibiendo educación a distancia. Cómo afectará esto a los alumnos, qué tipo de profesionales surgirán a partir de esta modalidad, cuánto se extenderá en el tiempo y si el método perdurará más allá de la peste, son preguntas que por ahora casi nadie se arriesga a contestar o, en todo caso, a arriesgar presagios.

Pero la educación a distancia no es un descubrimiento. El estudiar por correspondencia ya fue algo implementado hace muchísimo tiempo, hace más de 50 años. Ahora solo se cambió al cartero por Internet.

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Hace un tiempo este escriba sostenía que los carteros ya no entregan cartas. Apenas reparten facturas y otras ingratitudes. Para colmo ya no tienen bigotes, ni visten de gris, ni calzan honorables gorras con visera, ni tampoco llevan cruzadas sobre sus hombros esas gordísimas alforjas de cuero. No recuerdan quién vive en cada casa, quién espera con impaciencia ni quien se ha muerto o se mudó. Encima las estampillas han desaparecido. Fueron remplazadas impúdicamente por impersonales adhesivos con códigos de barra que suplantan las imágenes de gestas heroicas, de héroes y de paisajes. Ya nada es igual.

A los efectos de la educación, esta educación actual de pandemia, los carteros fueron remplazados por Internet. Que la educación no llegue, no depende ahora de si el cartero encuentra la dirección. Ahora lo importante es tener un buen Wi - Fi o algo de datos en el teléfono celular… y tener celular y dinero para pagarlo.

Todavía hay muchos que recuerdan aquel pasado. En las revistas y los diarios aparecían anuncios para recibir educación a distancia. la mayoría eran cursos por correspondencia para aprender algún oficio, un arte.

Casi siempre había que recortar el anuncio, llenar con los datos personales un cupón que venía al pie y enviarlo por carta a la dirección que allí figuraba. "A vuelta de correo", solían decir, mandarían el material de estudio, previo giro postal por el pago del curso.

Desde reparar una plancha o un lavarropas, pasando por dactilografía, zapatería, electricidad y hasta aquel que supuestamente enseñaba las artes de un detective, casi cualquier oficio se podía aprender por correspondencia.

Claro, eran oficios. Nada se había inventado para aprender a leer y escribir, a sumar y restar, que no fuera yendo a alguna escuela. Tampoco se había ideado nada para formar profesionales. Ni médicos ni abogados se recibieron por carta.

De esta forma muchos se hicieron de un oficio, se ganaron la vida con él, construyeron su casa y alimentaron a su familia. La mayoría, después de recibir la teoría por carta, tuvieron inexorablemente que terminar de formarse como aprendices, pero ya con conocimientos incorporados.

También es cierto que aquel que estudió a distancia siempre fue subestimado en su capacidad, con respecto a otro que había incorporado conocimientos de manera presencial. "¿Estudiaste por correspondencia?", se decía, cuando a alguno se lo criticaba por los errores cometidos en el trabajo.

Pero es difícil saber si aquella instrucción a distancia era mejor o peor que la presencial. En todo caso, solo se puede asegurar que la práctica solo dependía y era responsabilidad del sujeto educado.

Después, mucho tiempo después, con la aparición de Internet y el correo electrónico, ya fueron varias las universidades que ofrecieron cursar a distancia, aunque con la obligación de que los exámenes fuera presenciales. Y esa forma de cursar carreras también fue subestimada, al menos por una mayoría.

Lo que nadie imaginó, ni antes ni después, es que llegaría un día en que todos aprenderían en su casa, a distancia, que estudiarían "por correspondencia".

Hoy, con la pandemia aún sin control y sin un horizonte claro, es arriesgado imaginar cómo continuará la educación.

¿Se volverá algún día a la anterior "normalidad"? ¿O hará una conjunción entre educación virtual y presencial? ¿O será casi todo, o todo, virtual?

¿Qué efecto dejará este tipo de educación en pandemia en los estudiantes, los de todos los niveles? ¿Serán diferentes a los que se educaron en forma convencional? ¿Serán subestimados en sus conocimientos? ¿Tendrán igual preparación pero dificultad en la relación con sus pares por la falta de contacto?

Todo está por verse. nadie puede asegurar tener la respuesta. En todo caso los expertos, los educadores y los sociólogos, podrán tener presunciones y teorías, pero seguramente nadie debe tener certezas. Solo hay dos cosas claras: Siempre ha uno, irremplazable, que necesita aprender y otro, tan indispensable e irremplazable, que debe educar.

Vaya a saber qué depara el destino. Lo cierto es que hoy nadie estudia para detective. Casi nadie quiere ser zapatero. Muy pocos desean aprender bordado. Y, para colmo, los carteros ya no reparten cartas.