Cuentos de terror

El terror es nuestro: "El rapto"

Un adolescente criado en una familia muy religiosa enfrenta su peor temor: quizá no ha hecho lo suficiente para ganarse el cielo

Sus padres son referentes de la fe que multiplican en una iglesia de Corralitos, cerca del límite con Lavalle, en una zona casi rural, pero con algunos permisos citadinos.

Jonatan y su hermanita Belén, de seis años, escuchan en las voces de su papá y mamá una persistente advertencia: ser buenos no es una opción, es la única manera de alcanzar la vida eterna cuando Cristo regrese a la Tierra.

En el fin de los tiempos, los elegidos serán parte del “arrebatamiento o rapto”, ese instante en que dejan las fluctuaciones terrenales para ascender a los cielos.

Jonatan ha escuchado innumerables veces cómo el Señor regresará para llevarse a los cristianos, primero en la resurrección de los muertos que fueron sus fieles hasta el último aliento; luego, a los vivos y puros de espíritu. Los cuerpos de estos últimos creyentes serán transformados, esfumándose para poder compartir las reglas de una recientemente conquistada inmortalidad.

Por todo esto, el adolescente y su hermana pequeña han sido moldeados para ni siquiera en pensamiento desviarse del correcto camino. La llegada es inminente y hay que estar preparados, porque como profetizó San Pablo “el día del regreso del Señor llegará inesperadamente, como un ladrón en la noche”.

Finalmente, ese día llegó.

Las trampas del mal son tan leves, que se esconden en los detalles más insignificantes. Esa tarde, los hermanos se sintieron inusualmente cansados y decidieron dormir una siesta.

Cuando se despertaron, el mundo había cambiado.

Las tinieblas del sol

Noche cerrada. Se despertó sin saber qué hora era, con un temor inexplicable. Llamó a sus padres. No hubo respuesta.

Buscó la llave de la luz, sin que la oscuridad cediera. Debía ser un corte en la casa o en el barrio y decidió, con la memoria en las manos, buscar en las paredes el camino hacia la habitación de su hermana.

Belén seguía dormida. Intentó ser cauto, pero de todos modos la niña se despertó sobresaltada, llamando a su mamá.

Buscaron una vela y fueron hasta la habitación de los padres. Estaba vacía. Sobre la cama, la Biblia estaba abierta en un pasaje del Antiguo Testamento: "El sol se convertirá en tinieblas antes de que irrumpa el día del Señor, grande y temible".

Jonatan supo lo que significaba. Pensó en abrazarse a su hermanita y esperar que sus vidas resultaran gratas a los ojos del Creador. Giró para buscar a Belén. Ya no estaba.

La luz de la vela fue impiadosa con su terror y decidió apagarse.

Estaba perdido. Belén había sido arrebatada y él era un condenado al destierro de las sombras. Tuvo un instante de valor y en voz baja suplicó: “Que Dios se apiade de mi alma”.

Condenados

Una emoción contradictoria lo invadió cuando escuchó el llanto de su hermana. Ella había ido al baño y al salir, la oscuridad se pobló de sus particulares horrores, porque la infancia no nos bautiza para siempre en su indubitable inocencia.

Estaba feliz de tenerla a su lado, pero temeroso de que la maldición que empezaba a cristalizarse fuese para ambos.

Cuando la niña recuperó la calma, buscaron en la cocina para ver si sus padres habían dejado algún mensaje escrito en un papel cualquiera, que justificase una repentina salida. Lo que encontraron sobre la mesa fue un libro, que en su título auguraba el peor de los presagios: con letras doradas se leía “El arrebatamiento”. Tenían que asegurarse de que realmente ese día había llegado.

Con la temeridad que otorga saber que ya no hay nada que perder, salieron a la calle. El barrio que conocían se había transformado en un laberinto de sombras acechantes, una bóveda silenciosa.

Decidieron buscar a una vecina que conocían de la iglesia.

Los escasos pasos que los separaban de la casa en la cual estaban depositando su última esperanza, pesaron como grilletes de acero. Jonatan amaba la música y reconocía en el silencio parte de su armonía, pero aquí la falta completa de sonidos se le antojaba un pentagrama del infierno. Ni una voz, ladridos o el susurro piadoso del viento.

Llegaron a su destino y el hechizo se quebró: clara y desafiante, seguramente de una radio a pilas, surgía la voz de un cantante que Jonatan reconocía de su misma fe. Los versos que esa canción encadenaba fueron la peor sentencia: “Cuando estemos con Él podremos ver nuestra vida pasar como en un sueño. Lo que hicimos de malo, lo que hicimos de bueno”.

Tomó a Belén de la mano y entrecerró los ojos, como para conjurar algo de luz y encontrar el camino de regreso.

En la esquina vio a dos adolescentes que reían mientras fumaban. Si ellos, que corrompían lo sagrado de sus cuerpos con el vicio estaban allí, a pocos pasos, es que habían quedado del lado sombrío de la historia. Estaban condenados.

Tiempo final

Volvimos a casa porque es nuestro lugar seguro. Belén tiene hambre. Le doy una manzana y consuelo diciéndole que vamos a esperar tranquilos a nuestros padres. Creo que es una mentira y en cierto punto, ya no me importa.

La llevo a su cama y me quedo con ella. Todo sigue oscuro y en silencio. Ojalá hubiese tenido el valor de tocar la puerta de mi vecina. ¿Estaría allí o solamente quedó la radio encendida cuando ella fue arrebatada? Tenía sentido. Era una buena mujer.

Belén se queda dormida en mis brazos. Es mejor así, que no vea lo peor, que no sufra. No entiendo qué pecado tan terrible puede haber cometido. Es solamente una niña.

Escucho voces lejanas. No entiendo lo que dicen. Abrazo más fuerte a Belén cuando la puerta se abre.

Cierro los ojos. Tengo miedo mientras ellos se acercan, como un ladrón en la noche. Será la salvación o la ira de Dios. Siempre lo supimos. Ahora tendremos que enfrentarlo.

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