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Cuentos de terror

El terror es nuestro: "Depredadores"

Películas y relatos que indagan en el horror, tienen a la noche como protagonista. También lo es en este relato, donde lo cotidiano tiene la posibilidad de desatar un repetitivo infierno

Editado por Marcela Furlano
furlano.marcela@grupoamerica.com.ar

El final del día los traería de regreso y ni siquiera podría ampararme en el sueño. Los años habían carcomido mis horas de descanso y cuando la casa dormía, yo respiraba mi insomnio.

Por eso sabía que vendrían por mí. Se alimentaban de mi resignación, al saber que no podía hacer nada para detenerlos. Los podía sentir, en su afán inútil de esconderse en los rincones, esperando el momento de convertirme en su víctima. No hay manera de sobreponerse al horror cotidiano y por eso mis victimarios no perdían la oportunidad de acecharme.

Cuentos de terror Marcela Furlano Depredadores 2

Onírico y biográfico

Sería injusto pasar por alto que a veces, a pesar de todo, lograba dormir un par de horas. Sabrán los insomnes que ese sueño, aunque no sea reparador, se atesora en sus sanadoras gotas de irrealidad y hechos cotidianos. En ellos me veía yendo al trabajo, jugando con alguno de mis hijos o luchando con serpientes que trepaban por mis piernas hasta mirarme a los ojos, con su hipnótica belleza letal.

Sesenta minutos en mi inconsciente podían depararme el recorrido por un paisaje desconocido, unas vacaciones en la playa o nadar en aguas negras, que terminaban ahogándome. Esa incongruencia entre todo lo que podía hacer en tan poco tiempo -fuera parte de la realidad o no- constituía una fuente de fascinación que he sostenido durante décadas. No siempre somos conscientes de la libertad a la que nos sometemos cuando estamos inmóviles. Que ese cuerpo tendido en la cama sea capaz de hablar, caminar e incluso volar sin el límite de lo verosímil, es una paradoja que no todos llegamos a comprender o disfrutar.

Pero si me duermo también sé que quedo desprotegido, a merced de ellos. No son producto de mi imaginación, no provienen de esa zona gris donde la vigilia se arrastra para escapar del sueño. Son reales y han hecho de mi tormento su sustento y su rutina. Carroñeros de mi miseria, apenas el sol abandona las paredes de mi habitación y la casa se hunde en la oscuridad en la que ellos se regodean, sé que vienen por mí.

Cada vez más cerca

Me pregunto cómo será su mundo desde la perspectiva del depredador, forajidos de las tinieblas y la quietud.

No es que la noche me aterre de por sí, sino porque sé que ella es su cómplice y con respecto a la quietud, creo a veces puede ser un infierno.

En esas horas de mi desvelo, toda la casa está suspendida en un reposo tan profundo, que me parece eterno. Soy el único que no duerme. A mi lado, mi esposa respira en un compás de tranquilidad, aunque cualquier sonido, incluso el ladrido de un perro en una casa alejada, la despierta. Creo que duerme en una alerta constante, quizá porque sabe que ellos vendrán a buscarme y de algún modo se prepara para cuidarme. O tal vez es el resabio que le quedó de otras noches de insomnio, cuando a los niños los despertaba la fiebre o las pesadillas y ella sólo necesitaba unos segundos para prodigarles remedios o consuelo.

Ese silencio, que me obliga también a callarme, es especialmente perturbador cuando me imagino a todos en otros sueños, en otras aventuras, en otras batallas o triunfos donde yo no puedo estar, donde permanezco ajeno, porque estoy anclado en esta realidad donde ellos me acechan y no hay nada que yo pueda hacer para evitarlo.

Los escucho. Están cada vez más cerca. Siento sus prisas por atacarme y por recordarme que la quietud es su reino y mi infierno.

La quietud como infierno

Mi esposa enciende la luz. Busca mi rostro y sabe lo que voy a decir, con lo cual ni siquiera formula la pregunta. Con la destreza que le han dado los años, me ayuda a girar un poco hacia la izquierda y acomoda la almohada.

“¿Mejor?” -me dice- y mi mirada reafirma que está en lo cierto.

Cuentos de terror Marcela Furlano Depredadores 3

Después busca el insecticida y arremete contra mis acechadores, mientras protesta porque ya no sabe qué hacer, que son una plaga, que no puede ser que lo único efectivo sea levantarse y matarlos “en persona”, como ella dice.

La veo desplazarse por la habitación y recuerdo que yo también podía recorrer el espacio entre estas cuatro paredes, pero ahora sólo puedo hacerlo en sueños. Mi enfermedad primero se llevó los movimientos leves, luego la fuerza de mis piernas y ahora, es mi mente la que resiste en afiebrada actividad, porque no voy a rendirme.

Antes de la inmovilidad impuesta y el insomnio, en la vida real yo caminaba, abrazaba, bailaba, corría. Ahora las sensaciones exactas de lo que tuve llegan como antiguas bendiciones a mis sueños.

Hay un infierno donde la quietud absoluta convierte a un insecto y su picadura en una amenaza inevitable. Pero al final de esa oscuridad, siempre está ella para encender la luz.

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