"No me lloren, canten", pidió Santiago Bértiz a su familia poco antes de morir, el 28 de octubre de 2015, a los 96 años. No fue un simple deseo de uno de los máximos referentes del folclore argentino. Fue una declaración de principios. Fue su manera de seguir tocando la guitarra cuyana con el alma, incluso después de que sus manos descansaran.
A 106 años de su nacimiento, esa frase late con fuerza en cada acorde que aún vibra en la casa donde vivió, amó, enseñó, compuso y dejó su huella más profunda.
En la vereda de su histórica vivienda de Dorrego, Guaymallén, se descubrió este martes 8 de abril una placa conmemorativa que honra su memoria. La casa, ubicada en Lamadrid 1131, no es solo una construcción centenaria: es un santuario de la música cuyana, un rincón donde el tiempo parece haberse detenido para que la tonada nunca deje de sonar.
La ceremonia, enmarcada en el ciclo "Guaymallén, cuna del arte" que lleva adelante el municipio, reunió a familiares, amigos, músicos, vecinos y autoridades. Las puertas del hogar Bértiz se abrieron como tantas veces antes, no para llorar una ausencia, sino para celebrar una presencia eterna.
Porque Santiago -eximio guitarrista, compositor, luthier- sigue ahí, en cada rincón, en las cuerdas colgadas de su taller, en cada nota que aún flota en el aire y en el aroma de las maderas que allí mismo tallaba para dar forma al instrumento.
La casa donde nacía el folclore cuyano
El interior de la casa se llenó una vez más de música y emoción. “Chichí bonita”, la canción que Santiago Bértiz compuso para su hija menor, sonó desde el patio, como un susurro alegre de su guitarra en clave de choro brasileño. La familia volvió a convertirse en coro y escenario, como tantas veces lo fue en la vida de este hombre que entendió que el folclore no se hereda, se vive.
Porque en la casa Bértiz, todo era música. Luli, una de sus hijas, lo dijo con lágrimas que no pudieron esconderse: "Solo tengo ganas de abrazarlo". Ella, cantante y compañera de ruta junto a su hermano Pepete (guitarrista de Mercedes Sosa) en el Cuarteto Bértiz, aún siente su voz, su risa, su mirada luminosa en cada foto colgada y en cada historia contada una y otra vez.
"Él nos involucraba a todos -recuerda Chichí, otra de sus hijas, la menor de los 6-. Íbamos juntos a encuentros, festivales, guitarreadas. Mi mamá (Zulema Zapata), se quedaba en casa. Ella era la que preparaba los 25 de julio, con carne a la masa, empanadas, ensaladas… y nosotros, la tropilla, nos íbamos con papá. Era una fiesta continua".
Una fiesta donde también se sentaban a la mesa artistas como Mercedes Sosa, Félix Dardo Palorma y tantos otros. Una casa modesta, de estilo "chorizo", que se fue expandiendo con cada nuevo hijo, con cada nuevo sueño, con cada guitarra construida o reparada por las manos del luthier que fue mucho más que un músico: fue un artesano de la vida.
Aquí, el homenaje que su querido departamento de Guaymallén que el municipio produjo a 106 años de su nacimiento.
Santiago Bértiz, el folclore de la tierra y del corazón
Santiago Bértiz nació con la guitarra en el alma. Su madre y su padre tocaban el instrumento, y él se sumergió en sus sonidos desde niño. A los 18 años ya formaba parte del dúo Bértiz-Ochoa. Pronto integró el Conjunto Aconcagua, y en 1944, junto a Tito Francia, nació el mítico Conjunto de las 5 Guitarras.
Hilario Cuadros lo descubrió y lo convocó para integrar la primera formación de Los Trovadores de Cuyo. Tenía solo 25 años. Su talento no tardó en volverse imprescindible. Acompañó a Antonio Tormo en su gran salto a Buenos Aires. Luego, con Tito Francia, grabó “Fiesta para cuerdas”, un disco donde convivían el tango, la música clásica y el alma cuyana.
También fundó Los Cantares de la Cañadita y fue un incansable difusor de la cultura de su tierra. Recibió innumerables reconocimientos: la Distinción Sanmartiniana, el título de Ciudadano Ilustre de Guaymallén, la Mención de Honor Senador Domingo Faustino Sarmiento del Congreso Nacional, y fue nombrado Académico de Honor por la Academia del Folclore de Cuyo.
Pero quizás el premio más grande fue su familia: una dinastía de artistas que continúa el legado con orgullo.
La guitarra como herencia, la casa como templo
Su nieta, Claudia Castello, artista visual ella, lo recuerda con ternura: “Le decíamos 'papi'. Nos criamos con él. Jugábamos con las maderitas que sobraban de las guitarras que iba fabricando. Todos sabemos tocar porque él nos enseñaba jugando. La sala de grabación era su habitación. Hoy tengo mi taller de arte aquí, en este mismo espacio donde se cocinaban canciones y asados".
Sergio Santi, también músico y ex de Los Trovadores de Cuyo, revive los días en que Bértiz le enseñaba el valor de cada cuerda: “Le llevé una guitarra y me dijo: ‘no la toques todavía, suena muy bien’. Era un sabio, un maestro. Tengo en VHS la última presentación que hizo con 'Los Trova' y donde compartimos escenario”.
Hoy, la casa de Lamadrid 1131 en Dorrego, Guaymallén, sigue viva. No como un museo frío y lejano, sino como un hogar cálido donde la memoria canta. Donde las hijas, nietos y bisnietos de Santiago mantienen vivo su legado con voz, con pincel, con palabras, con guitarras. Allí, donde comenzó todo, la música nunca dejó de sonar.
Y el encuentro este día de homenaje también fue con los vecinos. Allí estaba Bernardo Lorenzo, quien a sus 88 años y aún viviendo en el barrio, recordaba los bailes y patios de folclore que se armaban en lo de Don Bértiz con todos los jóvenes del vecindario.
Un mensaje que sigue vibrando
Santiago Bértiz murió a los 96 años, pero su historia no tiene fin. Porque su vida fue una canción de amor a Mendoza, a Guaymallén, a su familia, a la tonada. Y porque su pedido final -"No me lloren, canten"- se volvió bandera para todos los que lo conocieron.
Y así lo hicieron este 8 de abril. No lo lloraron. Le cantaron. Y en ese canto, Santiago volvió.
En las melodías que tantas veces le escribió a sus hijas y nietas, en el recuerdo de cada alumno que le llevó una guitarra, en cada rincón de esa casa donde la música no es pasado, sino una herencia que no deja de crecer.













