Reñaca (Chile), febrero de 2018

La tarde de playa había terminado y una familia de mendocinos, ya de regreso en el departamento de alquiler, estaba en pleno trajín de sacarse la arena de encima y entrar a la ducha.

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Mientras esperaba su momento, el hombre encendió el televisor y recorrió la grilla de canales. Para matar el tiempo. Tres películas. Clic. Cinco señales de deportes consecutivas. Clic. Siguió buscando. Clic. Clic. Un cocinero coreano en diferido. Clic. Hasta que encontró algo de interés.

-¿Vieron esto? –propuso en voz alta a quien quisiera escucharlo.

La noticia estaba escrita en la pantalla con tipografía catástrofe: la parienta de dos famosas actrices chilenas estaba desaparecida y las imágenes de fondo eran de un operativo de búsqueda en un paisaje más mendocino que las tortitas raspadas: Potrerillos.

Por amor

Concepción Arregui y Roberto Luis Audano se habían conocido en 2014; ella vendió todas sus pertenencias en su Chile natal y se radicó en Mendoza.

Se casaron dos años más tarde. Para entonces ya vivían en el distrito Las Compuertas en una casa que ella misma había pagado con sus ahorros más el producido de sus ventas en su país.

Tenía doce años menos que él. Compartían el gusto por la naturaleza y largas caminatas por la zona precordillerana. En la Villa Suiza y entre los stands de las fiestas del chocolate se los veía tomados de la mano. Muy unidos.

La pesquisa

Aquel anochecer de febrero de 2018, mientras la televisión chilena difundía los preocupados testimonios de las parientas y amistades de la desaparecida Concepción Arregui, acá, en Mendoza, el fiscal investigador, Gustavo Pirrelo, tenía entre ceja y ceja al marido y era lógico: era la única persona que había interactuado con ella.

“Ese día la llevé al oculista”, declaró Audano. Ahí terminaba la colaboración del hombre, que ahí comenzaba a convertirse en sospechoso.

El fiscal centró la pesquisa en las acciones de Audano durante las horas posteriores a la denuncia de la desaparición de Conchi Arregui.

No solo en lo que el hombre declaró haber hecho, sino en la actividad de su línea telefónica y el estado de su camioneta: más precisamente en cualquier elemento que pudiera dar cuenta de algo extraordinario.

Ninguno de los rastrillajes realizados en la zona precordillerana develó alguna pista. Tampoco la larga lista de comerciantes y lugareños interrogados. Sin embargo, todo esto que a simple vista asoma como negativo tenía un costado positivo: la sospecha sobre Audano se agigantaba cada minuto.

¿Cómo era realmente la convivencia entre Conchi y su esposo? ¿Todo lo saludable que trasuntaba verlos tomados de la mano en largos paseos al aire libre?

Definitivamente no.

El fiscal descubrió que la pareja estaba en crisis terminal hacía tiempo, a tal punto que Conchi estaba planeando vender la casa de Las Compuertas. ¿Y Audano? ¿Qué pasaría con él si ella vendía la propiedad? ¿Adónde iría a vivir?

Ésa fue el hilo de Ariadna que el fiscal Pirrelo tomó con firmeza para avanzar sin perderse en el laberinto de la investigación. El tiempo demostró que había acertado.

La caída

Audano fue detenido en marzo y confesó que su esposa nunca estuvo desaparecida porque él mismo la había matado.

Al final de la audiencia, donde quedó imputado, comenzó a organizarse un complejo operativo con policías, buzos tácticos de Bomberos y perros adiestrados para buscar personas siguiendo el rastro.

Audano, se supo después de su exposición, había asesinado a la esposa con dos disparos de arma de fuego el 5 de febrero, maniató el cadáver, lo metió en una bolsa de dormir y lo envolvió con una carpa de esas que se utilizan en los campamentos.

-¿Y después? –preguntó el fiscal investigador.

-Lo hundí en el dique Potrerillos.

Audano había atado el cuerpo a un bloque de cemento para evitar que saliera a flote. Para asegurarse la impunidad.

Diecesiete metros bajo el agua

Un equipo de nueve buzos halló el cadáver de Conchi Arregui el 25 de marzo de 2018 a la tarde, después de varias jornadas de búsqueda en lo profundo del embalse.

Estaba en las mismas condiciones que había descripto el asesino. En el mismo lugar adonde él lo había arrojado, a sesenta metros de la orilla, a diecisete metros de profundidad, valiéndose de un pequeño bote.

Culpable

Audano admitió la culpabilidad y fue condenado a prisión perpetua en un juicio abreviado que se realizó en diciembre de 2018.

El juez Jorge Coussirat lo declaró culpable del delito de femicidio agravado por el vínculo y la alevosía tras aceptar el acuerdo con el fiscal.

Dijo el fiscal Pirrelo

Al cierre de la brevísima audiencia, el fiscal Pirrelo dijo que Audano no tenía escapatoria.

Y agregó: “La contundencia de la prueba ofrecida permitió que el caso se resolviera mediante juicio abreviado”

“Estamos conformes con el resultado y con que el caso se resolvió en un plazo relativamente corto”

"Surgió de la investigación que Audano planificó cada paso del plan"

"Claro que sospechamos de la participación de terceros sobre todo porque la acción criminal había demandado mucho esfuerzo físico y de logística, pero después de analizar diversas pruebas y la desgrabación de la línea telefónica de Audano concluimos que había actuado en solitario"

Dijo Gonzalo Nazar, del Ministerio Público Fiscal

“Audano admitió la culpabilidad en el femicidio de la esposa tal como se le había imputado”

“Este hecho tan terrible nos mantuvo ocupados en este comienzo del año y afortunadamente ya lo resolvimos”

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