Un reciente descubrimiento arqueológico ha captado la atención de los investigadores en la Ciudad de David, una zona histórica de Jerusalén. Se trata de un objeto de plomo de 1.300 años de antigüedad que presenta una iconografía religiosa vinculada al Segundo Templo. El hallazgo se produjo en un área cercana al ángulo suroeste del Monte del Templo, un sitio de gran relevancia histórica y religiosa en Israel.
Descubrimiento de hace 1300 años: un raro medallón en el templo de Jerusalén
Este descubrimiento revela un amuleto de plomo con imágenes de menorás, arrojando luz sobre la presencia judía en el Jerusalén del siglo VII.
El artefacto fue localizado entre los escombros de una estructura antigua por trabajadores de la Fundación Ciudad de David, quienes identificaron la pieza de color grisáceo mientras excavaban un edificio de la época bizantina tardía.
El simbolismo del objeto hallado en Jerusalén
Este raro medallón de plomo destaca por tener grabada una menorá de siete brazos en ambas caras, un diseño que incluye barras transversales y representaciones de llamas en la parte superior. Los arqueólogos de la Autoridad de Antigüedades de Israel señalan que este tipo de candelabro era exclusivo del Segundo Templo, diferenciándose de las versiones de nueve brazos utilizadas en celebraciones posteriores.
El artefacto data de finales del siglo VI o principios del VII, época en la que la región se encontraba bajo el dominio del Imperio Bizantino, justo antes de que la ciudad fuera tomada por los persas sasánidas y, posteriormente, por las fuerzas islámicas.
Un descubrimiento desafiante
El análisis del medallón sugiere que fue utilizado como un amuleto de protección espiritual más que como una pieza de joyería decorativa. Su fabricación en plomo, un material común para objetos de carácter mágico en aquel tiempo, refuerza la teoría de que se trataba de un elemento de uso personal y posiblemente oculto. La importancia de este descubrimiento radica en el contexto sociopolítico de la época; tras la revuelta de Bar Kochba, las autoridades romanas y luego las bizantinas habían restringido severamente el acceso de los judíos a la ciudad.
La presencia de esta pieza en Jerusalén aporta evidencias materiales sobre la persistencia de los lazos de esta comunidad con sus sitios sagrados. A pesar de los edictos imperiales que prohibían su residencia, el hallazgo demuestra que los individuos continuaban ingresando a la zona, posiblemente como comerciantes, funcionarios o peregrinos secretos. Esta pieza es apenas la segunda de su tipo encontrada hasta la fecha, lo que subraya su valor excepcional para comprender la historia de Israel y la devoción religiosa en un periodo de constantes transiciones de poder.






