Andreuw Inostroza es chileno, oriundo de Chillán, a 500 kilómetros al sur de Santiago. En 2012 tomó una decisión que cambió su vida: apostó todo por Mendoza. En realidad, apostó al amor, porque en Viña del Mar conoció a Verónica, una argentina, y por ella cruzó la Cordillera de los Andes para instalarse en esta provincia. Ahora, 13 años después, la costa altántica lo cautivó.
Dejó Chile por amor y ahora prefiere el Atlántico: la historia de un trasandino cautivado por Argentina
Andreuw Inostroza apostó por Mendoza en 2012, cuando conoció a su esposa argentina. Las diferencias culturales que percibe a ambos lados de la cordillera
Hasta ahí, su historia es similar a la de muchos chilenos que encuentran en Argentina un porvenir. Pero Andreuw también encontró una familia: aquí nacieron sus hijos, Viggo y Teo, y aquí sentó las bases de su negocio familiar.
Lo que distingue a este trasandino nacido en 1990 es su reciente devoción por la costa atlántica, un lugar que descubrió hace pocos meses, durante Semana Santa, y que lo dejó encantado. Ahora cuenta los días para volver.
“Es cierto, toda mi vida veraneé en la costa del Pacífico, con sus aguas frías, hasta que escuché hablar de la costa atlántica y sentí el deseo y la curiosidad de conocerla”, relata Andreuw en diálogo con Diario UNO.
Aunque no reniega de los atractivos de su país, llegó a Bahía Blanca, donde participó de la Fiesta del Camarón y el Langostino. Después visitó Monte Hermoso, a solo 100 kilómetros, y quedó maravillado. Desde entonces, planea regresar.
“Habíamos oído hablar del lugar por mucha gente que había ido. Viajamos para Semana Santa y, sinceramente, es un sitio maravilloso. Maravilloso y hermoso, como lo dice su propio nombre”, comenta.
“Nos encantó por su gente amable, sus aguas cálidas, y la playa extensa y calma. En Chile, aunque está lleno de costas, nunca encontramos un mar tranquilo”, asegura.
“En Monte Hermoso nos metimos al menos 20 o 30 metros mar adentro, y el agua seguía a la altura de las rodillas. Es tan amigable que nos llamó la atención, y por eso decidimos volver”, añade.
Andreuw también menciona que le preocupan los robos, especialmente de vehículos, que, según cuenta, se han vuelto frecuentes en su país.
Una vida tranquila en San Martín
Actualmente, Andreuw y su familia viven en San Martín, y la vida que llevan no la cambiarían por nada en el mundo.
“Me encanta la vida familiar, tranquila. Acá encontré algo que en Chile no existe: visitar espontáneamente a un amigo, juntarnos en familia, cenar en algún boliche por la noche, o disfrutar del asado de los domingos”, enumera.
“Al principio no entendía por qué los amigos se juntaban tanto durante la semana, pero después me acostumbré y descubrí que aquí se priorizan mucho los afectos”, reflexiona.
“Allá es todo lo contrario, hay cierto individualismo”, señala. En San Martín, al lado de Junín, la tierra de su esposa, la vida tiene un ritmo de pueblo: todos se conocen y la solidaridad se percibe a diario.
“No reniego de mi país, pero en Chile, si alguien se sienta a comer algo en una plaza, lo miran raro. Acá, los picnic son moneda corriente y todo el mundo los disfruta”, compara Andreuw, quien trabajó en una cadena de electrodomésticos y hoy dirige su propio almacén.





