El 2 de febrero, Diario UNO publicó la vida de Yesica Sosa. Una historia que hablaba de una mujer que creció trabajando en el reciclado, que fue mamá a los 16 años, que sostuvo a su familia como pudo y que, contra todo pronóstico, terminó la secundaria siendo abanderada provincial junto a su hijo.
De la nota en Diario UNO al reconocimiento de Casado: la cartonera mendocina que llegó a la Legislatura
La historia de Yesica Sosa, publicada en el diario, derivó en un reconocimiento en la Legislatura. De trabajar en el reciclado a ser abanderada, su vida es un ejemplo
Lo que nadie imaginaba era que ese relato no iba a terminar ahí.
Semanas después, esa misma historia cruzó otro umbral: llegó a la Legislatura de Mendoza. Y Yesica, la cartonera que aprendió a empujar un carro antes que a sostener un cuaderno, fue reconocida oficialmente por su trayectoria de vida.
Fue, de alguna manera, la confirmación de que su historia merecía ser vista.
“Estoy aquí con la emoción en mi corazón”, dijo Yesica este lunes, rodeada de su familia, con la voz entrecortada pero firme. A su lado, autoridades provinciales, entre ellas la vicegobernadora Hebe Casado y legisladores que impulsaron el reconocimiento.
Pero en ese momento, más allá de los nombres y los cargos, lo que había era otra cosa: una mujer recordando todo lo que le había costado llegar hasta ahí.
“No solo es un premio por mi trabajo como recuperadora urbana, sino un homenaje a todo el camino que he recorrido para llegar hasta acá”, expresó.
Un camino de pobreza y sacrificio que dio sus frutos: fue reconocida en la legislatura
Ese camino no fue fácil. Nunca lo fue.
Yesica Daniela Sosa nació el 9 de marzo de 1984 en Mendoza. Es la cuarta de ocho hermanos. Su infancia estuvo marcada por una escena que se repite en muchas historias invisibles: la necesidad.
Cuando su padre se quedó sin trabajo, compró una carreta y comenzó a cartonear. No fue una elección, relató, sino una salida urgente. Una forma de sostener lo básico.
Ella y sus hermanos lo acompañaban.
Más tarde, su madre también salió a trabajar, primero con un cochecito de bebé, después con su propio carrito. La familia entera se organizó alrededor de ese esfuerzo silencioso que muchas veces pasa desapercibido en las ciudades.
Yesica creció así: entre cartones, recorridos largos, frío en invierno y calor en verano. Pero también entre valores que se le quedaron grabados para siempre.
“Aprendimos que ningún trabajo es malo si es honrado”, suele decir.
Cuando terminó la primaria, quiso seguir estudiando. Pero no pudo. La situación económica no se lo permitió.
A los 16 años fue mamá.
Después vinieron más hijos. Cinco en total. Y con ellos, la responsabilidad de sostener una familia entera mientras la vida seguía corriendo.
En 2001, en plena crisis, empezó a cartonear de manera independiente. Intentó conseguir otros trabajos, pero sin estudios las puertas se cerraban una y otra vez.
Parecía un destino marcado.
Aquella oportunidad de trabajar en el reciclaje, en Guaymallén
El primer cambio llegó muchos años después, cuando escuchó hablar de un proyecto de reciclaje en Guaymallén destinado a recuperadores urbanos del basural de Puente de Hierro.
En 2019 ese proyecto se concretó y Yesica pasó a formar parte de la cooperativa Grilli. Empezó a trabajar en el Centro Verde del departamento.
Ese lugar no fue solo un empleo: fue reconocimiento y fue, por primera vez, la posibilidad de pensar en algo distinto.
Ahí también empezó a convertirse en promotora ambiental, a enseñar, a contar, a transmitir la importancia de separar residuos, de cuidar el entorno.
Su historia ya no era solo supervivencia. Empezaba a ser transformación.
El segundo gran cambio llegó en 2020.
Se llama Abel. “Fue un salvavidas”, dice ella.
Fue quien la empujó a retomar un sueño que había quedado suspendido durante décadas: volver a estudiar.
En 2023 se inscribió en un CENS. Tenía hijos, trabajo, responsabilidades. No era fácil.
Tuvo que reorganizar su vida entera. Reducir horas de trabajo. Estudiar de noche. Sostener el cansancio.
Pero esta vez no se detuvo.
Una recuperadora urbana con el mejor promedio del curso
Ese primer año Yesica tuvo el mejor promedio de su curso y alguien le dijo algo que le quedó dando vueltas: “Si seguís así, podés ser abanderada”.
En su segundo año de secundaria, eso ocurrió.
Yesica fue elegida abanderada provincial.
“Sentí algo muy fuerte conmigo misma. Era darme cuenta de que sí podía”, recordaba en aquel reportaje de Diario UNO.
En 2025 terminó la secundaria. Y lo hizo junto a su hijo de 17 años.
Madre e hijo compartiendo el final de una etapa que parecía imposible.
Hay imágenes que dicen todo sin necesidad de explicarlas. Esa es una de ellas.
Esa historia fue la que se publicó en Diario UNO y esa historia fue la que llegó a la Legislatura.
El proyecto, impulsado entre otros por el senador Marcelino Iglesias, buscó reconocer no solo a Yesica, sino a todo lo que su vida representa: esfuerzo, compromiso social, conciencia ambiental y superación personal.
En los fundamentos se habla de ella como un ejemplo. Como una historia que rompe con la idea de que ciertos destinos no pueden cambiarse.
También se reconoce algo que durante años fue invisibilizado: el valor del trabajo de quienes reciclan, de quienes recuperan materiales, de quienes sostienen, muchas veces en silencio, una parte esencial del cuidado ambiental.
Un reconocimiento que no es solo suyo
Pero más allá del lenguaje formal, lo que ese reconocimiento hizo fue poner luz sobre una vida.
“Hubo días de cansancio, de dudas, de dificultades que parecían insuperables. Pero nunca estuve sola”, dijo Yesica en su discurso.
Y empezó a nombrar: a sus compañeros de trabajo; a sus compañeros de escuela; a sus profesores, familia y pareja.
“Este reconocimiento no es solo mío”, insistió.
Y en esa frase hay una verdad profunda. Porque su historia no es solo suya. Es también la de muchas personas que trabajan en el reciclado, que crecieron en contextos difíciles, que dejaron la escuela y que, aun así, siguen buscando una oportunidad.
Hoy Yesica sigue trabajando en el reciclado. Sigue siendo madre, abuela, compañera. Y también es algo más: una mujer que se animó a cambiar su propia historia.
Se prepara para empezar una carrera, sigue estudiando y soñando.
“A veces la vida es muy dura”, dijo Yesica en la nota publicada por UNO
“A veces la vida es muy dura, pero si solo nos quedamos quietos y no hacemos nada, será difícil cambiar nuestra historia”, había señalado Yesica en aquella nota del pasado 2 de febrero.
Lo dijo como alguien que, contra todo, decidió moverse.
Y que ahora, con una bandera en la memoria y un reconocimiento en la Legislatura, demuestra que incluso las historias más invisibles pueden encontrar su lugar.
A veces, solo hace falta que alguien las cuente.












