Hay frases que quedan grabadas en la historia de la aviación, pero ninguna tan escalofriante y, a la vez, tan increíblemente serena como la que pronunció el capitán Eric Moody el 24 de junio de 1982: "Damas y caballeros, les habla su capitán. Tenemos un pequeño problema. Los cuatro motores se han detenido. Estamos haciendo lo imposible para que funcionen de nuevo. Confío en que no estén demasiado angustiados".
"Damas y caballeros, los 4 motores se han detenido": la frase de un piloto y 13 minutos de silencio y angustia
En 1982, el vuelo 009 de British Airways entró en una nube de ceniza volcánica que apagó todas sus turbinas. La calma del piloto Eric Moody ante la muerte inminente y la proeza técnica que salvó a 263 personas.
Lo que para los 248 pasajeros y 15 tripulantes del avión Boeing 747 (apodado "City of Edinburgh") comenzó como un viaje placentero desde Kuala Lumpur hacia Perth, terminó siendo una pesadilla a 11.000 metros de altura sobre el Océano Índico.
El inicio de lo que pudo ser una tragedia
Todo empezó en la oscuridad de la noche. De repente, la tripulación notó un fenómeno visual extraño en el parabrisas, similar al Fuego de San Telmo (destellos eléctricos), y un humo con olor a azufre empezó a invadir la cabina. No sabían que estaban atravesando una nube de ceniza volcánica del monte Galunggung, en Indonesia, que no era detectada por los radares de la época. Los pasajeros veían algo similar. No tenían idea de lo que iba a pasar.
Eric Moody tenía 41 años. Había ido al baño. Era el piloto. Volvió a la cabina alertado por el ingeniero de vuelo. Apenas ingresó, observó con preocupación las bocanadas de humo que salían de las rejillas de ventilación. Olió el olor a azufre. Inmediatamente después, los cuatro motores se detuvieron. Estaban a 11.000 metros de altura en un avión que no estaba hecho para planear.
A pedido de Moody, se transmitió de inmediato, la llamada de socorro: “Mayday. Mayday. Yakarta control, Speedbird 9. Hemos perdido los cuatro motores. Repito, hemos perdido los cuatro motores”. La comunicación nunca llegó a destino por las interferencias del ambiente. Había que probar otras cosas.
13 minutos de silencio y terror
En la cabina, los tripulantes intentaban todo. Un Boeing 747 no está diseñado para planear, pero Moody y su tripulación lograron lo imposible. Durante 13 agónicos minutos, el gigante de acero descendió sin potencia, perdiendo altura rápidamente mientras los pilotos intentaban, una y otra vez, el procedimiento de reencendido.
Moody advirtió que tenían de 10 a 15 minutos de planeo. Los pasajeros estaban en silencio. Cada uno de ellos confesó haber pensado que eran sus últimos minutos de vida.
- El plan de emergencia: Si no lograban arrancar los motores antes de llegar a los 12.000 pies (unos 3.600 metros), tendrían que intentar un aterrizaje forzoso en el mar, una maniobra casi suicida para un avión de ese tamaño.
- La salvación: Al descender y salir de la zona densa de ceniza, el material fundido en los motores se solidificó y se desprendió. A los 13.500 pies, el motor número cuatro volvió a la vida, seguido rápidamente por los otros tres.
Aterrizar "a ciegas"
Aunque recuperaron la potencia, la pesadilla no había terminado. La ceniza volcánica había esmerilado el parabrisas, dejándolo totalmente opaco, como si lo hubieran lijado. Además, el sistema de aterrizaje por instrumentos del aeropuerto de Yakarta fallaba.
Eric Moody tuvo que aterrizar el avión mirando por una pequeña franja de apenas cinco centímetros de vidrio que no había sido tan castigada. Con una pericia asombrosa, tocó tierra sin que hubiera un solo herido.
La historia salió a la luz por una foto del ingeniero de vuelo besando la tierra cuando bajó. Antes lo habían hecho los pasajeros entre la euforia y las lágrimas de emoción por seguir vivos. Pero ese hecho también cambió la historia de la aviación.
A partir de este "vuelo de los cuatro motores apagados", se crearon los Centros de Información de Cenizas Volcánicas (VAAC) y se establecieron protocolos estrictos para que los aviones eviten estas nubes, que son invisibles al radar pero letales para las turbinas.
Incluso, la frase de Moody se estudia en los cursos de liderazgo y gestión de crisis, como un ejemplo de cómo la calma extrema, incluso cuando el destino parece sellado, puede ser la diferencia entre la tragedia y el milagro.






