Pandemia

Coronavirus en Mendoza: "Rompí la cuarentena"

Muy a mi pesar, este miércoles debí romper el aislamiento. No por mucho tiempo. Una hora y media. Lo que dura un partido de fútbol. O una película. Pero me pareció una eternidad.

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Salí de casa con la documentación necesaria para demostrar que estaba yendo a un consultorio médico en busca de un medicamento para mi madre, que es paciente crónica.

Y que después, ya en el segundo tramo, haría el circuito hasta la farmacia. Volver a casa sería lo más sencillo. Eso creí.

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Tenía el recorrido de calles aprendido de memoria para ir y venir lo más rápido posible. Pero no sería suficiente porque un diluvio iba a acompañarme durante gran parte de la travesía.

¿Dos kilómetros de qué?

Ya en Dorrego, a mitad de camino, giré por calle Cobos al norte y apenas vi una larguísima fila de automóviles con las balizas encendidas atiné a detenerme.

El cielo estaba oscurísimo y la pluma del parabrisas trabajaba a destajo. El primer control. Pero no: eran casi dos kilómetros de vehículos en procesión que esperaban turno para ingresar al estacionamiento del Walmart. Primera sorpresa (y bastante amarga por cierto)  ¿Tanta voracidad de consumo?, me dije mientras me abría paso rumbo a Godoy Cruz.

El club del Tomba estaba cerrado de punta a punta. Las calles estaban desiertas. Cuando asomé a la plaza departamental, más precisamente en Rivadavia esquina Perito Moreno, un retén de inspectores de trajes amarillos de lluvia organizaba el tránsito. Pocos autos. La contracara era la gente, adultos mayores en su gran mayoría, apostada en los cajeros automáticos de la zona. El cobro de la jubilación ante todo. Y contra eso...

Ya en calle Colón 700 pedí la receta desde la vereda. Casi vociferando. Es por seguridad sanitaria de todos, justificó muchas veces el médico al que llegaba. Enfermos crónicos y en riesgo casi todos.

¿Y los barbijos? ¿Y el alcohol en gel? ¿Y los guantes? Nada de nada. ¿Y la seguridad sanitaria de todos?, me pregunté mientras subía al auto.

Como en Macondo

El retorno a Guaymallén fue como ir por el eternamente lluvioso Macondo de Cien años de soledad con vendaval incluido. Con gente a la vista, aunque en pocas cantidades, yendo de aquí para allá, saliendo de farmacias y entrando a pequeños almacenes...

El diluvio me obligó a detener la marcha unos minutos. Bajo un árbol. Y ahí estábamos: mi auto y yo. Y mi compañera omnipresente: la radio. Confirmando el viejo refrán, finalmente paró de llover. Hora de reanudar la marcha. Destino: una farmacia de Villa Nueva que atiende a los afiliados de PAMI.

Escribirlo es fácil pero llegar implicó esquivar pozos desbordados de agua y barro y cruzarme con un encapotado que pedaleaba bajo la tormenta con desesperación para escaparle a una potencial pulmonía antes que al virus.

La idea del encapotado me condujo a Batman y la imagen del personaje me llevó a pensar en el murciélago que, dicen, desde una sopa en China sembró horror y muerte para todo el planeta.

Llegué. En la farmacia había pocos clientes. Tres, y eso me recompuso el  ánimo. Todos afuera, estaba claramente establecido y demarcado. Segunda sorpresa (y bastante amarga por cierto): el alero protegía del agua pero nos obligaba a amucharnos. ¿Y el metro y medio de distancia social preventiva? Práctica 1-Teoría 0.

Por momentos me sentí el protagonista estelar de una película de cine catástrofe huyendo de algún monstruo. En esta cuarentena muchos creemos estar en medio de un película. ¿O no?

Dediqué los quince minutos de espera a una fina observación periférica. Pasajeros pasados por agua mientras esperan el colectivo y un pibe que fuma y piensa en vaya uno a saber qué. Con frío. Y algo de miedo corriendo por la espalda.

Una mujer llega corriendo, advierte de que no se está colando sino que apenas hará una pregunta y cuando le contestan que no, que no hay barbijos de ninguna clase escapa bajo la lluvia. Los chicos de la farmacia se hacen un ocho para atender la ventanilla y el teléfono. También son pocos para la contingencia. 

Al fin llega la bendita medicación. ¿Asunto terminado? Ni por asomo. Para retirar tres cajitas debí completar y firmar más papeles que para comprar una casa y todo a través de una ventanita de 40 por 40 compartida por los farmacéuticos y los clientes. ¡Y sin desinfectar!

Misión cumplida pero no

Entrego los remedios a mi madre, a quien le hago jurar por lo que más quiera que no saldrá a la calle bajo ninguna circunstancia porque está entre los propensos al virus. Y ella me dice que sí pero me suena a mentira piadosa. Y me voy a casa pensando si yo seré así cuando pase los setenta...

Radio Nihuil me recuerda que hay una pandemia y que rige la orden de no salir, salvo excepciones. Y yo soy una de ellas. Pero quiero volver a casa. Lo antes posible. Y en eso estoy.

Pocos autos circulan por el Acceso Este en ambas manos. Parece que la lluvia contribuye al encierro. Pero es una foto de la situación global. Varios miles han violado la cuarentena sin motivo justificable.

Sigo manejando. Alerta. El giro de Acceso Este y Urquiza hacia el sur está inundado (el torrente que viene del sur es infernal) y me basta ver un auto con agua hasta las puertas para cambiar el itinerario y seguir de largo. Sé que más adelante hay una salida.

Pero no: esta vez la salida es un tapón de vehículos detenidos con las balizas encendidas. Control policial. ¿Adónde va? ¿De dónde viene? Y los formularios de justificación para circular se multiplican a ojos de los policías.

Ya en casa, el reencuentro con los míos y con este teclado me ayudan a confirmar que Yo me quedo en casa es más que un eslogan. Es un acto de humanidad.