Son alrededor de 200 los mendocinos que actualmente se encuentran alojados en diferentes hoteles de la provincia haciendo la cuarentena obligatoria de 14 días. La idea es tener a estas personas contenidas para evitar posibles contagios y poder monitorear su estado de salud. Pero la experiencia puede resultar agobiante ante la falta de información e incertidumbre.
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Daniel (no se trata del verdadero nombre ya que la persona pidió resguardar su identidad) retornó a Mendoza en la madrugada del lunes pasado. Cuestiones laborales lo habían hecho ausentarse de la provincia desde antes de que se decretara. La llegada fue en un colectivo que no se había detenido desde su partida en el Sur del país y, al ingresar a la provincia, fue escoltado por la policía hasta un hotel céntrico.
Este hombre viajaba junto a otros tres y su buen estado de salud había sido chequeado y certificado por médicos antes de emprender el viaje.
Al arribo fueron recibidos por personas que se identificaron como parte del equipo de Turismo, también habían médicos que constataron la temperatura corporal de cada uno.
"Se nos tomó la temperatura con un termómetro normal y se nos hizo firmar una declaración jurada. Todos declaramos que teníamos un lugar aislado en donde pasar la cuarentena pero nos dijeron que pasáramos la noche en el hotel y, al otro día, se determinaría nuestra situación", indica el hombre en su cuarto día de aislamiento en una habitación familiar en la que convive con sus tres compañeros y con quienes comparten el baño.
Pero la respuesta nunca llegó y el hotel, rápidamente, se fue llenando de nuevos huéspedes. "Nos levantamos en la mañana del lunes y nadie nos sabía decir nada, todo se notaba un tanto improvisado. Hasta el personal del hotel tenía muy pocas medidas de seguridad, las chicas que traían el desayuno sólo contaban con barbijo", señaló Daniel, mientras camina los pocos metros cuadrados con los que cuenta la habitación.
"Sabemos que también tenemos que colaborar pero han pasado cuatro días -este sábado ya cumplió 6 días en el hotel- y nadie ha venido a explicarnos nada o, siquiera, a chequear nuestro estado", explica. Es que Daniel considera que la forma en la que se los obligó a quedarse en este lugar no fue la correcta y, lejos de sentirse seguro, la falta de información, explicaciones y contención aumentan la angustia.
La convivencia en este reducido espacio también se vuelve compleja. "El miércoles pedimos que nos trajeran algo para limpiar el baño y nos acercaron lavandina y un cepillo. Le tuve que pedir a mi esposa que me trajera unos guantes y otras cosas para higienizarme. No han repuesto ni los jabones ni las toallas", asegura.
"Ante la falta de información, uno entra en paranoia. Somos conscientes de lo que pasa, que las cosas no están bien. Y sí, nos dan cuatro comidas diarias pero los días se hacen difícil en una habitación de dos por dos, comés en una bandeja de plástico, con cubiertos de plástico y arriba de la cama", narra Daniel desde un hotel céntrico donde aún le quedan pasar 8 días de aislamiento.



