Ciudad bajo la dictadura del pintarrajeo

Los dueños de este nuevo y amplio local comercial deben haber hecho una muy importante inversión para construirlo en calle San Juan de Ciudad, entre Vicente Zapata y Don Bosco. Pero antes de que lo pudieran alquilar por primera vez ya se lo desjerarquizaron con ese vendaval de pintarrajeos que muestra la foto.

Los enchastradores, esos que pintan con "firmas" y otros tipos de mamarrachos absurdos, y que nunca tendrán el nivel ni la ambición estética de los buenos grafiteros ni de los cultores del street art ni delos muralistas, se han hecho un festín en el frente vidriado de este inmueble de dos plantas.

Los ataques de estos vándalos, un dañino ejército en las sombras contra la propiedad privada y los entes estatales, es algo que se está naturalizando de una manera preocupante.

¿Son estos atropellos algo inevitable? ¿Son una muestra de libertad de expresión? Ocurre que existen normas provinciales y municipales de convivencia para prevenir esta chatarra supuestamente creativa, y que hay que usarlas para detener tanto desatino disfrazado de libertad.

Repasemos algunos ejemplos de esta verdadera dictadura del pintarrajeo que desde hace demasiado tiempo se ha desatado sobre la Ciudad. Y que no cesa. Pase lector/a.

 Embed      
 Embed      
 Embed      
 Embed      
 Embed      

A ver: vamos a suponer que todo lo que acá se expone no sea pintarrajeo sino un atisbo de arte urbano.

Bien. Si así fuere, hay una evidente y chirriante colisión entre el que supuestamente quiere dejar un "mensaje" (o joder la pava) y los propietarios de los domicilios particulares o inmuebles que son atacados.

Y en todo tipo de sociedad, sea del signo político que sea, alguien tiene la obligación de buscar una solución para terminar con ese choque de intereses.

Dicha solución no puede ser mirar para otro lado o aceptar este atropello como si fuera una fatalidad.

Ejemplos sobran

De manera creciente, las ciudades importantes del mundo se han encargado de separar la paja del trigo. Y no han dudado en tipificar a los garabatos como daños a la propiedad privada o estatal. Y a sus autores como algo muy distinto a un artista.

La ciudad  de Bonn, en Alemania, es una de las que va a la cabeza en esto de "evitar que la arquitectura de esa urbe se convierta en un lienzo libre de todo control".

Las autoridades de esa ciudad  pusieron el grito en el cielo cuando comprobaron la fastuosa suma que habían gastado en un lustro para limpiar fachadas estatales "intervenidas" por enchastradores y para hacer frente a los juicios de particulares contra los funcionarios de Bonn por no cuidar las propiedades privadas. 

Garabateador que es detenido debe pagar una multa de 200 o 300 euros y si no los tiene está obligado a realizar tareas comunitarias y a borrar el cuerpo de su delito.

En Italia parte de esa lucha suelen encabezarlas las organizaciones civiles que están hartas de ver cómo se deprecian los bienes culturales milenarios a manos de los "antisistema" del aerosol.

Un punto muy importante son los acuerdos que en otros sitios se han logrado entre los grafiteros y las autoridades municipales para fomentar el arte callejero sin amargarle la vida a los contribuyentes.

En Colonia, Alemania, se han sumado a esos pactos a empresarios que suelen ofrecer fachadas y otros espacios para que se haga arte callejero.

Como se ve, se trata de hacer política. Esa es la forma de desalentar a los dictadores.