Sucedió durante un invierno de los de antes cerca de la Laguna del Diamante. El volcán Maipo también fue testigo del comienzo de aquella historia...

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Del puesto Cerro Negro, en aquella zona de San Carlos, solo quedan fotos en blanco y negro y un manojo de recuerdos que se van deshaciendo. Pero esa construcción, hecha de piedra, palos y enramadas, fue el epicentro de un milagro. De un rescate. De una batalla ganada a la muerte.

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Durante el invierno de 1930 en Cerro Negro vivía la familia García. El matrimonio y los hijos.

De la crianza y el arreo de animales se sobrevivía a ambos lados de la cordillera de los Andes. En Argentina y Chile. Los García no eran la excepción.

El 19 de junio, Micaela Romero de García llamó a su hijo Juan y le hizo dos encargos: que fuera al encuentro del esposo, padre y jefe de familia, que venía de regreso de campo adentro, y que lo ayudara a cargar los guanacos cazados. Futura comida.

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El muchacho, de tan solo 14 años, miró en silencio y asintió con gesto grave. Un rato después se ajustó el poncho, un pañuelo al cuello, la bombacha de gaucho, se abrigó hasta las orejas con el sombrero alado y enfiló en dirección al volcán. Con más ganas de vivir una aventura que de hacerle caso a la madre... ¡Si apenas era un chico!

A esa hora, un hombre peleaba por su vida a pocos kilómetros de allí. Llevaba casi siete días caminando en busca de la civilización. Desde el 13 de junio exactamente. Cada noche le había parecido la última. Cada paso, el del final.

El viento helado. La nieve infernal por todos lados. El frío insoportable. La ropa mojada, secada por el calor del cuerpo y vuelta a mojarse, y así una y otra vez. Y el deseo de dejarse morir en medio del silencio, de la nada, fue una sensación que visitaba a ese hombre de a ratos y se escabullía como un fantasma.

Ya sin reservas de alimentos ni de cognac entre sus pertenencias de viaje, ese hombre de 28 años, posteriormente identificado como el aviador francés Henri Guillaumet, era un espectro andante. Estaba herido. Física y mentalmente. Con la cara quemada por el frío. Con las piernas entumecidas. Aturdido. Agotado.

¡Tan sencillo era el plan de vuelo ahora frustrado! Cruzaría desde Chile a Mendoza al mando de la avioneta Potez 25 de la Companía Aeropostal Francesa y a poco de tocar la base aérea Los Tamarindos (Las Heras) dejaría las bolsas hinchadas de correspondencia despachada en Europa.

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Después, la vuelta al calor del hogar, el descanso y su amada Noëlle... Sin embargo, un temporal lo arruinaría todo.

Guillaumet vio venir el cielo negro. Dicho de otro modo: sabía que se encaminaba hacia el temporal pero se sintió en condiciones de atravesarlo. O de esquivarlo. Casi un centenar de veces había hecho esa ruta, y sin inconvenientes.

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Entonces, en un acto instintivo se ajustó las lentes protectoras y siguió adelante. Pero no mucho más porque una ráfaga endemoniada transformó al Potez 25 en un avioncito de papel, a la deriva, y con él adentro. Hasta que lo hizo capotar y el piloto y la aeronave quedaron cabeza abajo. Enterrados en la nieve y rodeados de un silencio blanco y atroz.

Horas después, el francés salió de la cabina con movimientos propios de contorsionista. Se arrastró en la nieve. El instinto de supervivencia estaba potenciado. Se palpó la mandíbula y las costillas, epicentro del dolor.

La primera de las noches más oscuras de su vida estaba al caer.

Guillaumet integraba la escuadra de pilotos de la aeropostal francesa junto a Jeans Mermoz y Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito.

Durmió en la cabina, al abrigo de las sacas con miles de cartas y sobres de correspondencia. Al día siguiente, decidió, saldría en busca de ayuda.

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Caminó sin descanso. Su brújula interior le marcaba un solo norte, un único motivo para pelear por seguir viviendo: Noëlle.

Tuvo fiebre y deliró. Por eso, cuando el 19 de junio al mediodía vio a una persona ataviada con ropas de gaucho y sombrero alado que caminaba hacia él, Guillaumet sintió miedo; después creyó estar frente a uno de los tantos espejismos que lo habían acompañado desde el accidente.

Al muchacho de 14 años ataviado con ropas camperas le pasó lo mismo. Una aparición, se dijo.

Dio un paso atrás y tuvo el impulso de salir corriendo para ponerse a salvo, pero recordó haber escuchado que un aviador se había perdido cerca del Maipo. Entonces corrió hacia aquella aparición fantasmal. Era Guillaumet. La vida había triunfado una vez más.

El héroe sancarlino

Aquel muchacho de 14 años era Juan Gualberto García. La historia de su encuentro con el aviador francés ha sido escrita y contada miles de veces. En Mendoza, en otros países de América, en Francia y otras tierras europeas. Incluso llevada al cine por Jean Jacques Annaud.

Dos tazones de leche de cabra y caña le devolvieron la vida al aviador bajo el techo del puesto Cerro Negro, cerquita del arroyo Yaucha, fuente de oro para pescadores.

El papá de García llevó la grata noticia del hallazgo a todo galope.

Lo que sucedió en las horas posteriores fue vertiginoso, fugaz: un equipo de la empresa francesa aeropostal voló a San Carlos y trasladó a Guillaumet a la ciudad de Mendoza.

Aquella tarde, el sobreviviente se reencontró con el colega y amigo Antoine de Saint-Exupéry en el nuevísimo Plaza Hotel, hoy Park Hyatt Hotel. Mucho después, el autor de El Principito escribiría aquella experiencia en su novela Tierra de hombres.

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Una expedición guiada por gente de la zona recuperó el avión de la zona nevada tirándolo con caballos, y lo llevó a un lugar seguro para después trasladarlo a la base aérea situada en Los Tamarindos. Estos son algunos de los testimonios gráficos de aquella maniobra histórica.

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Parte de la historia

Juan Gualberto García se crió en San Carlos y se mudó a la ciudad de Mendoza. Armó una familia grande.

Muchos lo conocieron públicamente y supieron de su historia recién en 2001, cuando el entonces Presidente francés, Jacques Chirac, lo condecoró con la Legión de Honor en nombre del gobierno y el pueblo francés y hasta le otorgó una pensión, cuyo cobro le causó más de un dolor de cabeza y una decepción.

Habían pasado 71 años del rescate de Guillaumet, Juan tenía 85 años y era un artesano más en la plaza Independencia. Ofrecía cuchillos -uno se lo regaló al mandatario galo-, cinturones, mates camperos...

Nada le impidió volar a París y participar de la ceremonia. Lució prendas gauchescas, como el día del milagro.

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García murió el 2011 a los 95 años. Sus restos descansan en el cementerio de San Carlos.

Guillaumet perdió la vida diez años después de haber sido rescatado por aquel muchacho de 14 años, cerca de la Laguna del Diamante y del volcán Maipo. Fue en su ley: volando. Un avión de caza lo derribó sobre el Mediterráneo.

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