Aniversario

Cazadores de historias: 33 años de guardias, tinta y bytes en la gran familia de Diario UNO

De la mística redacción de la calle Pedro Molina a la pantalla del celular: rotativas detenidas a medianoche, juicios tensos y la crónica en primera persona de un periodista de Diario UNO que vio cambiar el formato, pero nunca la pasión de este oficio

Llegué en 1995 a prueba por una semana y todavía soy parte de esta familia que cumple 33 y se llama Diario UNO. Pertenencia y compromiso definen, cada día -hábil o feriado- el trabajo en este medio, a pesar del paso del tiempo y de los cambios de formato y de planteles de periodistas y demás profesionales.

Festejamos el cumpleaños de Diario UNO evocando historias vividas en el ejercicio del maravilloso oficio de periodista que elegí, sin dudarlo y plenamente convencido, cuando era adolescente, allá lejos y hace tiempo.

Anécdotas nos piden para compartir. Busco y rebusco en la memoria y aflora una, fechada en 2018. Diario UNO había decidido poner fin a la edición en papel para darle paso a la enorme transformación y unificación de la redacción multimedia. Alguien debía escribir ese último número. Tuve el honor de hacerlo. Plagada de entrevistas a mendocinos ilustres, así fue la última vez de Diario UNO en formato papel.

Como cronista de policiales y judiciales he vivido miles de momentos, en su mayoría tensos. Juicios supercustodiados por policías y penitenciarios y bataholas inminentes. Gajes del oficio, como hablar con abogados, víctimas y victimarios.

Sin embargo y fuera de toda lógica, lo curioso sucedió una tarde de 2001 cuando antes de ingresar a un juicio por la muerte de una beba, uno de los jueces de Cámara -ya jubilado- ordenó que nos palparan de armas. Condición infraqueable. Periodista y rebelde por naturaleza, no sólo me negué a la requisa -ya estaba debidamente acreditado en los Tribunales- sino que, además, con colegas denunciamos en la Corte al magistrado inquisidor.

En 2005 lloré por primera vez en mis casi 31 años de periodista de Diario UNO, a la vuelta de una nota, en la vieja redacción de calle Pedro Molina 345 entre Patricias Mendocinas y Mitre (el edificio vacío sigue en venta y cuando paso por la vereda se me estruja el corazón).

Noche de invierno. Helado julio. Accidente fatal en Arístides y Granaderos, Ciudad. El conductor de una camioneta se había estrellado en la esquina suroeste. Calles cortadas y tránsito interrumpido. Y allá íbamos con el fotógrafo, caminando por Granaderos, muy campantes y conversando, rumbo a la escena. Era tomar datos, sacar un par de fotos y listo el pollo. Sin embargo, de pronto, alguien pasa a mi lado. Es una mujer. Corre. Grita. Solloza. Se mete de cabeza por la ventanilla. ¡¡¡Papá!!!, grita y parece desgarrarse por dentro. Aquella noche volví a casa, abracé a mi pequeño Joaquín y juro que no pude pegar un ojo. La vida y la muerte penden de un hilo, comprendí.

Año 2000. Durante semanas insistí a mi jefe: quería cubrir la Vendimia, sacarme la espina. Dale, el sábado vas al Carrusell, me dijo, harto de mí. Y allá fui. Saco sport y zapatos y camisa blanca. Pero los planes habían cambiado de un plumazo: el comienzo del motín vendimial me tuvieron aquel sábado, desde la mañana hasta la madrugada del domingo, atento a lo que sucedía en la cárcel de Boulogne Sur Mer desde una acequia, luego desde Playas Serranas y finalmente, ya de madrugada, en la redacción, con la atención puesta en la Vendimia, con De la Rúa en el anfiteatro, y cientos de gendarmes en las puertas del penal. El alivio llegaría el domingo a las 6 de la tarde cuando todos los rehenes fueron liberados.

Ver a Charly García en el banquillo de los acusados, creamé, fue surrealista pero real al mismo tiempo. Nunca antes ni después los Tribunales se convirtieron ni volverán a ser como el escenario de una estrella del rock.

Vengo a tiempos más cercanos. El primer juicio por jurado popular y la enorme expectativa de ser cronista de ese tipo de procesos que, hasta entonces, conocíamos solo por las películas. Y el caso Próvolo, con curas presos y condenados por abusar de alumnos hipoacúsicos. Y los cabildeos propios de juicios políticos a jueces y de elecciones y reelecciones de presidentes de la Corte.

Y el oficio que se impone. Y la pasión, que se mezcla con la enjundia. Y los contactos, que son el 95% del todo. Y la obstinación, la misma que me llevó a informar, en exclusiva y tras semanas de seguimiento, de las renuncias por jubilación de dos supremos históricos: Jorge Nanclares y Pedro Llorente. Y del arribo de Teresa Day y Norma Llatser en la etapa de sucesión.

Confieso que más de una vez me cerraron las puertas de algunos despachos judiciales en las narices. Pero fueron más las veces que me recibieron con café y todo. Ser parte de Diario UNO abría y abre puertas a través del tiempo.

A Rodolfo Suarez lo vi llorar la muerte del Viti Fayad en las escalinatas del Hospital Italiano y también lo vi jurar como gobernador. A Cornejo lo conocí en sus épocas de intendente de Godoy Cruz y cada tanto hablamos por privado.

Una vivencia inolvidable de 2007: Jaque, el gobernador menos pensado, y una crónica de su victoria escrita de madrugada en una redacción repleta de periodistas.

Y otra de 2011, cuando tenía a cargo el cierre de la edición papel de Diario UNO: el cuádruple crimen de Las Heras a manos de un chico de 13 años.

Pero antes, mucho antes, en 2008, ya de regreso a casa y con las rotativas imprimiendo ejemplares a destajo, suena mi celular: "Se mató Genoud", me dijo una voz a medianoche. Era mi madre. Se había enterado escuchando radio. Volantazo a la altura del hospital Central y vuelta a la redacción. Adrenalina a mil. Llamados cruzados. Había que chequear. Había que parar la rotativa. La noticia era gravísima y se confirmaba: José Pepe Genoud, vicegobernador radical de Mendoza entre 1983 y 1986, se había quitado la vida de un disparo en su casa de la Quinta Sección. Hubo que hacer la tapa nueva y escribir completa la página 3. Y hasta despertar a un fotógrafo para cubrir la emergencia. Casi a las 2 de la mañana pude decir misión cumplida.

Diario UNO me abrió la cabeza, me formó y me dio las chances de trabajar en radio Nihuil y desarrollar una pasión que jamás imaginé: escribir literatura. Cuentos y una novela. Y la crónica del crimen de Avelino Maure. Más herramientas de aprendizaje acumulaba, más podía desarrollarlas.

¿Hay más para contar? Mucho más. Pero quiero detenerme en dos aspectos que identifican claramente a Diario UNO.

  • Nuestra redacción ha sido, históricamente, formadora de periodistas y proveedora de periodistas a otras redacciones nuevas o en proceso de fundación.
  • En nuestra redacción hemos compartido, como en una gran familia, embarazos, nacimientos, cumpleaños y partidas definitivas. Hoy vemos crecer a los hijos de los colegas más jóvenes (El Capitán del Espacio, hijo de Facundo y Agustina) así como, años atrás, muchos vieron nacer y crecer a nuestros hijos.

Y la vida va, damas y caballeros. Aunque cambien los formatos. Hoy somos instantáneos. Estamos a cada rato en el celular o la compu de escritorio a tan solo un click. Por escrito o audiovisual. Usted elige.

Y allá vamos, cada día, a cada rato, persiguiendo información confiable e historias que conmueven. Cazadores somos, por instinto y por oficio. Periodistas nos llaman.

Somos parte de una gran familia llamada Diario UNO. Como desde el primer día, aquel lejano pero tan presente domingo 27 de junio de 1993 cuando salimos a la calle por primera vez.

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