El 17 de enero de 1995 era un lunes extremadamente caluroso en San Martín. A las dos de la tarde, el juez Armando Martínez, de turno durante todo ese mes de feria, atendió el teléfono fijo y recibió una novedad inesperada: la resolución de un crimen ocurrido un año y cuatro meses antes cerca de la municipalidad. Un caso que se perfilaba para quedar impune hasta el final de los tiempos.

Septiembre de 1993

Clara Giménez Escalante era escribana pública. Tenía su oficina en el Pasaje 4 del centro comercial Echesortu y Casas, sobre la calle Albuera, frente a la comuna. Ese complejo estaba poblado de estudios de abogados y notarios. Y arquitectos. Era el lugar perfecto para trabajar y desarrollar proyectos. Para hacer negocios. Porque estaba cerca de todas las oficinas públicas y bancos. En el corazón del Este mendocino.

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Tenía 62 años y había sido jefa del Registro Civil de San Martín y gran parte de los lugareños que por entonces orillaban los cuarenta años tenían la firma de Clara Giménez Escalante al pie de sus partidas de nacimiento.

La notaria era una figura respetadísima en la región. Era soltera y vivía con la madre de 90 años. Por eso, cuando la noche del lunes 13 de septiembre de 1993, pasadas las 23, se denunció que estaba desaparecida, cundió la preocupación. Y cuando a la mañana siguiente se supo que la mujer no aparecía la preocupación se transfomó en miedo.

La escribana nunca se había casado. Tenía cinco hermanos y gustaba mucho de la lectura.

El último paradero detectado estaba en su propia oficina. Hablando por teléfono con una colega, a eso de las 20.30. Pero la conversación se había interrumpido. Drásticamente. Inesperadamente.

¿Quién podría desaparecer de su propia oficina dejando el teléfono descolgado y la radio encendida? ¿Quién se iría por propia voluntad dejando su automóvil -un Peugeot 504 en este caso- estacionado en la calle como siempre?

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Al mediodía el caso estaba instalado en los medios de prensa, especialmente en las radios. ¿Dónde estaba la escribana Giménez Escalante?

Luego de varias pistas que fracasaron llegaría la respuesta. Y sería atroz. La mujer estaba muerta desde el momento en que se la había dado por desaparecida. Había sido estrangulada. Con una toalla.

Doblemente atroz. El cadáver fue encontrado el martes 14 dentro de la caja de caudales marca Inders de casi 2 metros de alto por 1,50 metros de ancho que estaba en su propio bufete, caja fuerte utilizada para guardar papeles, documentos y otros bienes de valor. Como cheques. Y dinero en efectivo.

Hoy

Armando Martínez sigue siendo juez en San Martín. Tiene 59 años y hasta mayo fue presidente de la Asociación de Magistrados de Mendoza.

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Fue juez de sentencia y entre julio y agosto fue juez técnico y conductor del juicio por jurado en otro caso criminal que estremeció a la zona Este: el asesinato de la empresaria Ivana Milio.

¿Qué recuerda del caso de la escribana? -preguntó Diario UNO.

Que por entonces yo era juez Correccional y que cuando fui convocado, por estar de turno en la feria, habían pasado varios meses del homicidio. Más de un año, le diría. Fue indispensable leer el expediente y contactar a los peritos e investigadores que habían trabajado desde el comienzo.

¿Qué novedad le dieron en aquel informe telefónico?

Que un muchacho que trabajaba en la zona había confesado la autoría del hecho. De manera espontánea.

"Me impresionó mucho cómo lloraba esa persona. Decía que no podía dormir de noche por lo que había hecho" "Me impresionó mucho cómo lloraba esa persona. Decía que no podía dormir de noche por lo que había hecho"

Armando Martínez, juez

¿Hasta qué punto era válida esa confesión?

Hubo que verificar muchos datos objetivos, que finalmente coincidieron con la información objetiva que aportó cuando se presentó en el juzgado. Solo él podía conocer algunos detalles.

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¿Cómo sucedió el crimen?

La escribana estaba hablando por teléfono cuando el imputado se metió a la oficina. Ella escuchó un ruido, dejó de hablar -por eso el auricular estaba descolgado- y fue a ver qué pasaba. El imputado, de acuerdo a lo que dijo, se asustó cuando se encontró con ella de frente. Entonces le envolvió el cuello con una toalla y le dio muerte.

¿Y cómo terminó llegando el cuerpo a la caja fuerte?

Bueno, después, el imputado se asustó al cadáver y lo metió en la caja fuerte. Una cosa llevó a la otra. Tremendo.

El asesino

Fue identificado como Omar Enrique Peña Betancurt. Tenía poco más de 20 años. Era de nacionalidad chilena y vivía en Mendoza.

Sabía dónde estaba la caja fuerte y todo lo demás en el estudio de la víctima. En el centro comercial Echesortu había muchos estudios y oficinas. Y él, que generalmente lavaba autos en la zona, también hacía mandados para mucha gente que trabajaba ahí. Conocía el movimiento interno no solo de la oficina de la escribana sino también de muchos otros profesionales.

La noche del crimen, cual intruso, se metió en la oficina de la escribana, fue directo a la caja fuerte, se apoderó de algunos billetes y escapó. Apenas un par de metros porque Clara Giménez Escalante lo sorprendió a punto de salir. Con el botín en la mano. Se miraron a los ojos. Y ese fue el comienzo del fin.

Largo recorrido en la Justicia

Peña Betancurt fue condenado a prisión perpetua el viernes 10 de noviembre de 1995 por la Cámara del Crimen de San Martín. Había cometido dos delitos contra la notaria: homicidio agravado y robo.

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Hoy tiene casi 50 años y está en libertad condicional desde febrero de este año.

Había ingresado a la cárcel en 1995 al entregarse por el crimen de la escribana pero un repaso por su historial penitenciario revela que ya había estado preso en 1993 por dos delitos: hurto y falsificación de documento

En 2010, mientras cumplía la pena por el asesinato de la notaria, fue trasladado a la Granja Penitenciaria de Gustavo André, Lavalle, y comenzó a gozar el beneficio de las salidas transistorias.

Sin embargo, en 2014 volvió a la prisión porque cometió otro golpe que fue calificado como robo simple en grado de tentativa y complicó el proceso de cumplimiento de la pena.

 


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