Historias

Carmen, la mujer de las viñas de Tupungato que volvió a estudiar a los 52 años para cumplir un sueño

Tras una vida entre viñas y heladas, asiste a un CENS de Tupungato. Su hijo de 14 años la ayuda a estudiar y juntos demuestran que nunca es tarde para aprender

Durante décadas, Carmen Cazón trabajó entre surcos, viñas y chacras. El frío del invierno le entumecía las manos, el calor del verano la dejaba sin fuerzas. Hoy, con 52 años, su mayor desafío transcurre en el aula: volvió a estudiar para terminar la secundaria en el CENS 3-421 “Margarita Malharro de Torres”, anexo Cordón del Plata, en Tupungato.

“Siempre tuve esa cuenta pendiente conmigo misma. De niña no pude estudiar, de joven tampoco. Mis papás no tenían los medios para mandarme a la escuela y las distancias eran muy largas. Pero me prometí que algún día iba a terminar, y ese día llegó ahora”, cuenta.

carmen cazon y companeros
En el CENS 3-421 “Margarita Malharro de Torres”, anexo Cordón del Plata, en Tupungato las clases transcurren con alegría y dedicación.

En el CENS 3-421 “Margarita Malharro de Torres”, anexo Cordón del Plata, en Tupungato las clases transcurren con alegría y dedicación.

Carmen es la mayor de cuatro hermanos. Su infancia transcurrió entre Mendoza, Jujuy y Bolivia. Su padre trabajaba en la zafra y en la chacra, y toda la familia se movía detrás de las cosechas. A los ocho años ya salía a levantar fruta, y después corría a la escuela. A los nueve, trepaba las escaleras para alcanzar los racimos más altos de uva. “Nunca paré de trabajar desde entonces. Con mi hermano y mis padres pasamos de todo, frío, calor, cansancio. A veces no llegaba ni al parral de lo chica que era”, recuerda.

"Me llevé tres materias y mi papá no me quiso mandar más a la escuela"

A pesar del esfuerzo, el deseo de estudiar nunca se apagó. “Me encantaba aprender, era buena alumna, pero en primer año me llevé tres materias y mi papá no me quiso mandar más. No pudo. No teníamos dinero ni libros. Antes era todo muy distinto: los mapas los calcábamos contra el vidrio, todo se hacía a mano. Hoy los chicos lo tienen todo a su alcance”, reflexiona.

Después de dejar la escuela, la vida siguió su rumbo. Carmen trabajó en fincas, en la cosecha de uvas y tomates, en la plantación de ajo bajo el hielo del invierno. “Recuerdo que las manos y los pies se me congelaban. El trabajo de la tierra no es malo, pero tampoco es bueno para la salud. Hoy lo siento en los huesos”, dice.

También se animó a probar otros caminos. Vivió un tiempo en Buenos Aires, volvió a Mendoza y se especializó en la viña. Luego abrió una pequeña despensa en su casa, pero el esfuerzo la sobrepasó. “El negocio me produjo mucho estrés y me enfermé. Tengo diabetes y otras enfermedades crónicas. Por eso decidí volver a estudiar. Quiero seguir adelante, demostrarme a mí misma que puedo”, se esperanza.

carmen cazon y compa
Junto a una compañera, en la escuela.

Junto a una compañera, en la escuela. "Entendí que debía seguir estudiando", dice Carmen (izquierda).

En el colegio encontró un nuevo sentido para sus días. Allí, junto a otros adultos que también buscan cerrar una etapa postergada, aprendió a convivir con los libros, los cuadernos y las nuevas tecnologías que tanto la asustaban al principio. “A mí me cuesta mucho la tecnología. Me supera. Pero con la escuela empecé a manejar un poquito más el teléfono y la compu. Me ayuda mi hijo, que tiene 14 años y es muy estudioso. Él me explica, me enseña, me tiene paciencia. A veces nos sentamos los dos a hacer tarea”, cuenta.

"Mi hijo menor se sienta conmigo a hacer la tarea"

Sus hijos son su orgullo. “El menor tiene todo 9 y 10. Nunca me hacen llamar de la escuela por nada malo. Es responsable, estudioso, no necesita que le diga que haga sus tareas. Él solo se sienta y lo hace. Es mi ejemplo, y a la vez mi maestro. Me enseña a no rendirme”, dice, y se emociona.

El mayor, de 24 años, también terminó el secundario y trabaja como mecánico. “Mi sueño era que siguiera estudiando una carrera universitaria, pero estoy feliz de verlo bien, trabajando en lo que le gusta”, agrega.

carmen cazon y amigas
Carmen, a la izquierda.

Carmen, a la izquierda. "Muchos de mis compañeros del CENS tienen historias parecidas y es valorable es esfuerzo", reflexiona.

Carmen vive con sus dos hijos. Está separada desde hace algunos años y sostiene su hogar con un pequeño emprendimiento y mucha fuerza de voluntad. “Los tiempos son muy difíciles en lo económico, pero hay que remar. Yo siempre digo que no hay que quedarse quieta. Y la escuela me da esa energía que a veces la vida te quita”, reflexiona.

Agradece con especial cariño a los docentes y preceptores del CENS, que acompañan su proceso con paciencia y empatía. “A mí me cuesta mucho entender, entonces ellos me explican y me vuelven a explicar. No es lo mismo estudiar de joven que de grande, pero nunca me hacen sentir menos. Siempre están atentos, preguntando qué necesitamos, dándonos ánimo. Eso vale mucho”, dice.

Esa red de contención —profesores, compañeros y familia— se convirtió en su refugio. “En el aula estamos todos en la misma, luchando por lo mismo. Algunos tienen mi edad, otros son más jóvenes, pero todos queremos lo mismo: terminar, cumplir un sueño que alguna vez quedó truncado”.

carmen cazon actuando
Carmen vive con sus dos hijos varones. El menor, de 14 años, la ayuda con las tareas escolares.

Carmen vive con sus dos hijos varones. El menor, de 14 años, la ayuda con las tareas escolares.

Su historia es también la de miles de mujeres del interior profundo que, después de una vida de sacrificios, vuelven a sentarse frente a un cuaderno. “Yo trabajé toda mi vida a la intemperie. Sé lo que es plantar ajo bajo hielo, o cosechar con las manos heladas. Pero también sé lo que es tener esperanza. Y eso me trajo de nuevo a la escuela”, dice.

Cada día, Carmen camina al CENS con su carpeta bajo el brazo. A veces llega cansada, a veces con dolor. Pero no falta. “Hay noches que me cuesta un poco más, pero me levanto igual. Quiero terminar. Es algo mío, personal. Es una promesa que me hice hace muchos años”.

"Cada clase me acerca más a la niña que no pudo seguir estudiando"

Su historia transcurre entre el sacrificio y la decisión. Entre las madrugadas de trabajo y los cuadernos. Entre el esfuerzo físico y la emoción de escribir en limpio. “Yo siempre digo que el saber no ocupa lugar. Saber es bueno, y más cuando uno puede ayudar a sus hijos. Por eso sigo, aunque me cueste, aunque me duela, aunque me canse. Porque cada clase que paso, cada carpeta me acerca un poco más a esa niña que no pudo seguir”.

carmen cazon y emprendimiento
Carmen tiene un emprendimiento que la ayuda a salir adelante.

Carmen tiene un emprendimiento que la ayuda a salir adelante. "Los fríos y los calores de los tiempos de cosecha me juegan una mala pasada y me duelen los huesos", señala. Aquí, a la izquierda, junto a una amiga.

Antes de despedirse, deja un mensaje para los jóvenes que quizás no valoran del todo la oportunidad de estudiar: “Que no pierdan tiempo. Es hoy. Las oportunidades que hay ahora son impresionantes. Hoy está todo al alcance: la tecnología, los libros, la ayuda. Nosotros no teníamos nada. Por eso les digo que estudien ahora, que no esperen, porque el tiempo pasa rápido”.

“Amo lo que estoy haciendo. Me gusta estudiar, me hace bien. Me siento viva. No sé cuánto me va a llevar terminar, pero voy a hacerlo. Es mi sueño, y los sueños, aunque tarden, se cumplen”, reflexiona.

En su historia hay una enseñanza simple y poderosa: no importa cuántos inviernos haya pasado ni cuántas veces la vida la haya dejado sin aliento. Carmen Cazón aprendió que siempre hay tiempo para volver a empezar. Y que la verdadera cosecha, al final, está en el aula.