A las 7.30 de la mañana, cuando el movimiento se iniciaba en el Santuario de Lourdes, Angélica Vargas dio los últimos pasos. Los pies ardían después de 42 kilómetros, el cuerpo acusaba el cansancio de una noche entera sin dormir, pero el rostro tenía otra expresión: alivio, gratitud, emoción contenida. Se sumó a la misa casi sin haber descansado. No hizo falta. Había llegado.
Caminó 42 kilómetros sin dormir para agradecer: la promesa de fe desde Lavalle hasta la Virgen de Lourdes
Angélica Vargas salió al anochecer desde Villa Tulumaya y, tras 12 horas y media de caminata, llegó al Santuario de Lourdes, en El Challao, para agradecer
Había salido este martes al anochecer desde la parroquia de Villa Tulumaya, en Lavalle. “No hemos dormido en toda la noche”, cuenta a Diario UNO con una sonrisa de oreja a oreja. La caminata comenzó cuando el calor todavía golpeaba fuerte. Las primeras horas fueron las más duras. “Al principio se sentía muchísimo el calor, pero después de las 10 de la noche el clima mejoró y se sintió un poco más aliviado”, recuerda.
El trayecto es largo: 42 kilómetros que separan Lavalle del Santuario de Lourdes, en El Challao. Un total de 12 horas y media de marcha casi ininterrumpida. Este año viajaron alrededor de 250 peregrinos desde el departamento, todos inscriptos para contar con seguro y organización. Pero más allá de la logística, lo que sostiene el paso es otra cosa.
“Hemos estado caminando con mucha fe, dejando nuestras intenciones en las manos y en el corazón de María. Agradeciendo la salud, pidiendo muy en especial por los enfermos y por todos los que sufren”, dice Angélica.
El esfuerzo físico es real. Hay momentos en que el cuerpo flaquea, en que el cansancio pesa más que la mochila. Muchos, como ella, salieron a caminar después de jornadas laborales extensas. “Muchos de nosotros nos hemos ido a la peregrinación después del trabajo, así que han sido jornadas muy largas, pero felices y con fe”, explica.
En esas horas de oscuridad, cuando el silencio se mezcla con el sonido acompasado de los pasos, la caminata se vuelve también una metáfora de la vida. Hay subidas y bajadas, tramos donde el entusiasmo empuja y otros en los que cada metro parece eterno. “El camino es largo y a veces uno se cansa y a veces le pone todas las pilas. Confiamos en la ayuda de nuestra madre, que nos conoce, que sabe de nuestras necesidades, que nos quiere acercar a Jesús, que nos abraza, que nos reanima en la esperanza”, reflexiona.
Angélica viajó con su comunidad parroquial. A lo largo del trayecto, otras comunidades los recibieron para hacer paradas estratégicas: recargar botellas, usar sanitarios, descansar unos minutos. “Llevamos ya 26 años que desde la Policía, el área de Salud, otras parroquias, incluso colegios y clubes, nos reciben para hacer paradas. Cada comunidad nos recibe con mucho cariño”, cuenta.
Una peregrinación que tiene historia en Lavalle y en El Challao
La peregrinación desde Lavalle tiene historia. Nació del propio pueblo, profundamente mariano. “Hace años ya salían caminando hacia el santuario sin ningún cuidado. Hoy estamos más organizados, pero el espíritu es el mismo”, señala. Esa organización no le quita mística: al contrario, fortalece la experiencia colectiva.
El conflicto de cada año es siempre el mismo: el cuerpo contra la voluntad. El sueño que no llega, el calor que agota, los pies que duelen. Pero la fe aparece como motor. “Me motivó venir para agradecer a nuestra madre por la salud, el trabajo, por mi familia, y también por aquellas personas que están enfermas. Es una muestra de fe”, resume.
Cuando finalmente el santuario aparece en el horizonte, algo cambia. La meta deja de ser física y se vuelve profundamente espiritual. “Llegar a Lourdes fue muy significativo. Es muy lindo llegar a esa casa y a esa familia que tantos años nos han recibido, la familia claretiana”, dice.
Para Angélica, el momento más fuerte no es necesariamente el final de la caminata, sino el instante en que puede detenerse frente a la Virgen y agradecer. “En primer lugar agradecer por mi familia, por mis hijos, y también pedir por los enfermos”, repite. En esa lista íntima están también los que sufren en silencio, los que no pudieron caminar, los que esperan una mejora en su salud o una oportunidad laboral.
Cada año llegan al santuario más de 200 fieles de Lavalle
Cada año, cuando llega al santuario junto a los otros 250 lavallinos, siente que algo se renueva. “Llegar todos juntos en estas fechas es un regalo de Dios que nos permite sumarnos, unirnos en la oración y muy en especial por aquellas personas que sufren de alguna u otra manera. Nos hermana y también nos hace crecer en la fe”, afirma.
No es una hazaña deportiva, aunque el esfuerzo lo parezca. Tampoco es una aventura improvisada. Es una tradición que combina sacrificio, comunidad y esperanza. Una experiencia compartida que, según Angélica, deja huella.
“Me llevo una experiencia de fe hermosa, compartida, fraterna, una experiencia también de esperanza. Así también es nuestra vida: subidas, bajadas, pero confiarnos plenamente en los brazos de María”, concluye.
Mientras el sol no se decide a salir sobre El Challao y la misa avanza, Angélica ya no piensa en el cansancio ni en la noche en vela. Piensa en el agradecimiento. En los 42 kilómetros convertidos en oración. En la promesa renovada de volver el próximo año, aunque el cuerpo vuelva a quejarse.
Porque para ella, como para cientos de peregrinos de Lavalle, la caminata no es solo un trayecto: es una manera de decir gracias.





