Historias

Cambió de escuela a su hijo con parálisis cerebral con una dolorosa frase: "La inclusión nunca existió"

Florencia Flores es psicóloga social y mamá de Joaquín, con parálisis cerebral. Tras años luchando por su inclusión, tomó una dolorosa decisión

Durante 12 años, Florencia Flores aprendió a pelear muchas batallas. Acompañó terapias, discutió con obras sociales para conseguir tratamientos, armó grupos de contención para otras familias y transformó la discapacidad de su hijo, que tiene parálisis cerebral, en una causa de vida. Siempre creyó que, con amor y compromiso, era posible construir una sociedad más inclusiva.

Sin embargo, nunca imaginó que el golpe más duro no llegaría de un diagnóstico médico, sino de la escuela.

"Nos dimos cuenta de que Joaquín ya no estaba bien. Todos los días volvía llorando, todos los días llegaba triste", dijo Florencia.

"Nos dimos cuenta de que Joaquín ya no estaba bien. Todos los días volvía llorando, todos los días llegaba triste", dijo Florencia.

"Nos dimos cuenta de que Joaquín ya no estaba bien. Todos los días volvía llorando, todos los días llegaba triste. Al principio pensamos que era algo emocional, algo que estaba atravesando él, pero con el tiempo entendimos que el problema no estaba dentro suyo, sino en lo que estaba viviendo todos los días en el aula", cuenta.

Joaquín tiene 12 años, cursa séptimo grado y vive con parálisis cerebral. Según relata su mamá, desde hace tiempo sus compañeros dejaron de integrarlo de manera natural. Cuando la maestra propone formar grupos, nadie quiere trabajar con él. En las actividades compartidas suele quedarse solo y, en más de una oportunidad, sintió que directamente no lo querían cerca.

Joaquín tiene parálisis cerebral y su madre asegura que por su discapacidad es excluido

"Mi hijo empezó a reaccionar con mucho enojo y seguimos trabajando las emociones con su psicóloga. Pero tanto ella como su acompañante comenzaron a decirnos que había algo más. Ahí entendimos que no era una percepción nuestra: Joaquín estaba siendo excluido a raíz de su discapacidad", señala.

Uno de los momentos que más la marcaron ocurrió durante la organización de los buzos de egresados. Como no tenía pareja para participar de la presentación, le dijeron que quedaría afuera. Florencia escribió en el grupo de padres buscando una solución, pero asegura que casi no obtuvo respuestas. "Algunos se preocuparon en ese momento, pero después todo siguió igual. Sentí una enorme falta de compromiso", evoca.

La situación, explica, no apareció de un día para otro. Durante meses la familia habló con docentes y directivos, firmó actas y pidió que se trabajara el respeto y la convivencia dentro del aula. Incluso, a comienzos de este año, pensaron en cambiar a Joaquín de escuela, pero desde la institución les recomendaron esperar para no afectar su último año de primaria.

"Mi hijo empezó a reaccionar con mucho enojo y seguimos trabajando las emociones con su psicóloga", contó su mamá.

"Mi hijo empezó a reaccionar con mucho enojo y seguimos trabajando las emociones con su psicóloga", contó su mamá.

"Confiamos, dimos una oportunidad más, pero la situación se agravó. Llegó un momento en que ya no soportábamos verlo sufrir. Ningún chico debería ir a la escuela con angustia", expone.

La decisión tampoco fue sencilla. Conseguir una vacante para un alumno de séptimo grado resultó mucho más difícil de lo esperado. Varias escuelas les respondieron que no tenían lugar hasta que finalmente una directora decidió recibirlo. Joaquín terminará el año en otro establecimiento, mientras que su hermano menor permanecerá en la escuela actual y recién cambiará el próximo ciclo lectivo.

Cambiar de escuela a su hijo, la decisión más difícil

Florencia, como psicóloga social, escucha historias similares casi todos los días, pero reconoce que vivirlo con su propio hijo fue devastador.

"No sé si llamarlo bullying. Yo lo siento como una exclusión social. Lo aíslan, no lo hacen parte, no lo integran. Y eso termina doliendo igual o más", reitera.

Florencia, como psicóloga social, escucha historias similares casi todos los días, pero reconoce que vivirlo con su propio hijo fue devastador.

Florencia, como psicóloga social, escucha historias similares casi todos los días, pero reconoce que vivirlo con su propio hijo fue devastador.

Le cuesta aceptar que, después de tantos años hablando de inclusión, todavía haya chicos que sigan sintiéndose solos dentro del aula.

"Creo que todavía no entendimos qué significa incluir de verdad. La inclusión no pasa solamente por abrir la puerta de una escuela. Pasa por generar vínculos, enseñar respeto, trabajar con los compañeros y también con las familias. Si eso no ocurre, el chico está sentado en el aula, pero nunca termina de pertenecer".

Florencia resumió su forma de mirar a Joaquín con una frase que se volvió una bandera personal: "Con los ojos que miro a mi hijo es como quiero que el mundo lo vea".

Hoy esa convicción sigue intacta. Lo único que cambió fue el escenario.

"Me duele muchísimo cambiarlo de escuela. Ninguna mamá quiere despedirse así de un lugar donde su hijo pasó tantos años. Pero me duele mucho más verlo llorar todos los días. Si cambiarlo significa devolverle la alegría, entonces vale la pena empezar de nuevo", reflexiona.

Porque, al final, aclara, esta decisión no nació de un enojo, sino del amor más profundo que una madre puede sentir: el de entender que, a veces, proteger a un hijo también significa animarse a cerrar una puerta para abrir otra donde, por fin, pueda sentirse parte.

En pocas palabras

  • Decisión dolorosa: una madre cambió a su hijo con parálisis cerebral de escuela por exclusión.
  • Experiencia de exclusión: el niño de 12 años volvía triste y llorando, sintiéndose aislado por sus compañeros.
  • Amor maternal: la madre priorizó la felicidad de su hijo sobre la dificultad de un nuevo comienzo.
Resumen generado por Thinkindot AI