Historias

Ángel Pienica, el hombre de los vinilos y de las mil anécdotas con grandes estrellas del rock

De una disquería en Florida al bodegón de discos de rock en Maipú, Ángel Pienica es testigo del nacimiento del rock argentino. Spinetta, Calamaro y Charly atraviesan su vida

Hay lugares que no se parecen a ningún otro. Espacios donde el tiempo no corre, gira. Donde las horas no avanzan en línea recta sino en círculos perfectos, como los surcos de un vinilo. Uno de esos lugares está en Maipú, Mendoza, en una dirección que para muchos ya es de memoria: Padre Vásquez 1475. Allí funciona The Angels Rock’s Discos, una disquería-museo, o como prefiere definirla su dueño, un bodegón de discos. Su dueño es testigo y protagonista de una historia de vida única.

angel piernica con clientes
Junto a clientes fieles y amantes del vinilo. Forman una gran comunidad en Mendoza.

Junto a clientes fieles y amantes del vinilo. Forman una gran comunidad en Mendoza.

Detrás del mostrador, rodeado de vinilos hasta el techo, está Ángel Pienica. Tiene 72 años, una memoria prodigiosa y una vida atravesada por la música. Vive en Maipú, vive entre discos y vive de historias. Historias que no están en los libros, pero que explican una época entera del rock argentino.

“Como dice Spinetta, la música cura todas las heridas del alma”, dice Ángel, casi como una declaración de principios. Lo dice desde la experiencia. Porque si alguien puede dar fe de eso, es él.

La disquería que hoy funciona en Maipú no es un negocio de lujo ni pretende serlo. Es un lugar donde hay de todo: discos nuevos, usados, joyas olvidadas, rarezas, música irlandesa, jazz, reggae, rock nacional, blues, música celta, italiana, griega. Un piano y long plays y simples. Un poco de todo, como la vida misma.

La primera disquería en plena calle Florida de Buenos Aires

Pero para entender cómo Ángel llegó hasta acá, hay que volver muchos años atrás, a Buenos Aires, a una galería pequeña de la calle Florida, en pleno microcentro porteño. Más precisamente a Florida 943, a una galería llamada Florida Center, justo enfrente de una de las disquerías más importantes que tuvo la Argentina: El Agujerito, pionera en la venta de discos importados.

Corría el año 1979. Ángel era muy joven y tenía pocos recursos económicos. Muy pocos. Sin capital, con más pasión que dinero, logró alquilar un local diminuto, de no más de tres metros cuadrados. Apenas unas bateas y unos 500 discos. Esa fue la semilla de todo.

“Me costó muchísimo montar la disquería. No tenía capital. Muchos amigos me regalaron discos: algunos me daban diez, otros tres, algunos eran míos. Así fui armando las bateas”, recuerda.

disqueria
La disquería de Maipú lleva el nombre de Angel's Rock Discos y está en Padre Vásquez 1475.

La disquería de Maipú lleva el nombre de Angel's Rock Discos y está en Padre Vásquez 1475.

La ansiedad era enorme. No sabía si iba a funcionar, pero hizo todo lo posible. Panfletos, salir a la calle, hablar con la gente. Y sobre todo, escuchar. Ángel había escuchado música toda su vida y tenía una experiencia musical que no se aprendía en ningún manual.

El local se llamó Focus. Y aunque era pequeño, se convirtió rápidamente en un lugar grande. No por los metros cuadrados, sino por lo que pasaba adentro. Focus se transformó en un punto de encuentro obligado para melómanos, músicos, periodistas, curiosos y artistas que estaban empezando a escribir la historia del rock argentino.

"Todo el mundo salía de trabajar y pasaba a comprar discos"

La zona de Florida era clave. Durante el día, la gente de oficinas y bancos compraba discos. Pero el verdadero movimiento empezaba a las siete de la tarde, cuando terminaba la jornada laboral. En el local no entraban más de dos o tres personas, pero afuera, en el pasillo de la galería, se juntaban veinte. Esperaban, escuchaban recomendaciones, se llevaban discos de otra época.

“Era una Argentina donde uno podía comprar diez o veinte discos si quería. Fue una época de renacimiento musical. Creo que los mejores discos de rock de la historia salieron en esos años”, afirma.

Y no exagera. Ángel fue testigo directo del nacimiento de bandas que luego serían leyenda. Un día llegaron unos chicos con Alfredo Rosso, uno de los periodistas musicales más importantes del país. Iban a tocar por primera vez y necesitaban ayuda para pagar un flete que llevara los equipos.

disqueria dos

"Hoy sigo despuntando el vicio, pero mi mayor éxito fue en la disquería de la calle Florida. Un local de pocos metros donde me visitaban músicos de renombre", recuerda Angel.

“Me pidieron si podía poner un aviso en el programa del cine donde iban a tocar, en el Teatro Astral. Valía monedas. Les dije que sí y les pregunté cómo se llamaban. ‘Nos llamamos Virus’, me dijeron”, recuerda Ángel.

Era nada menos que Virus, en su primer recital. A cambio, le dieron una entrada en primera fila. Ángel estuvo allí, viendo a una banda que todavía no sonaba perfecta, que pifiaba tonos, que estaba aprendiendo. “La música era cruda, se tocaba con lo que se podía. Después fueron un grupazo”, dice con una sonrisa.

De esa época también nacieron amistades. Federico Moura, Pipo Cipollatti, que pasaban seguido por la disquería. Una vez, a Twist se le fue el baterista, Polo Corbella. En el local de al lado había una bijouterie que no vendía nada. El dueño, Raúl Rossini, era baterista. Ángel los presentó. A la semana, Rossini estaba viajando con la banda, rumbo a Ibiza. “Una cosa de locos”, resume.

Otra historia inolvidable es la de Andrés Calamaro. Ángel no solía reconocer a los músicos. Un día entró un muchacho que compraba discos de blues, pasaba horas escuchando. En un momento, le dijo que un tema le hacía acordar a uno suyo.

“¿Quién será este tipo?”, pensaba Ángel. Le preguntó si era bajista. “Soy Andrés Calamaro”, le respondió. Así, sin más.

Pero si hay una historia que Ángel cuenta con una mezcla de emoción y silencio, es la que lo une a Luis Alberto Spinetta. Fue un día nublado, lluvioso. La disquería estaba vacía. Ángel levantó la vista y lo vio. El Flaco estaba ahí, mirando discos.

Angel y esposa
Angel junto a Alejandra, su compañera de ruta y con quien forman un verdadero equipo.

Angel junto a Alejandra, su compañera de ruta y con quien forman un verdadero equipo.

“Me quedé mudo. No podía hablarle. Sentía que no estaba a su nivel”, confiesa. Spinetta eligió un disco. Ángel lo notó triste y, casi sin pensarlo, le preguntó si tenía algún problema. Spinetta le contó que uno de sus hijos estaba internado con neumonía.

Ángel tenía clientes médicos que trabajaban en el Hospital Rivadavia. Le pasó el contacto de una amiga neumonóloga. Spinetta la llamó. El hijo salió adelante.

Un mes después, Spinetta volvió a la disquería. Le llevó a Ángel una foto en blanco y negro con un poema escrito especialmente para él. Un gesto que Ángel guarda como uno de los tesoros más grandes de su vida.

Las historias con Omar Chabán y Peter Frampton

Las historias siguen. Omar Chabán, dueño de Cemento, buscaba desesperadamente un disco raro: Wecab, con un tema llamado Sexo, droga y rock and roll. Nadie lo tenía. Ángel sí.

“Venite esta noche a Cemento, toca Sumo”, le dijo Chabán. Esa noche, detrás de un telón, con una botella de ginebra Bols, Ángel fue presentado como “el tipo que tiene una disquería que tiene de todo”. Fue una noche memorable.

También pasó Peter Frampton, que compró cinco discos de blues y firmó una pared. Ángel no hablaba inglés; los guardaespaldas le traducían.

“Lo que pasó por esa disquería no creo que haya pasado por ninguna otra en el mundo, y medía dos metros cuadrados”, dice.

Aquella historia ligada a Soda Stereo

Ángel recuerda con especial emoción la historia ligada a los comienzos de Soda Stereo. Era amigo de Enrique “Quique” García Moreno, hermano de Charly García, quien un día le dijo que tenía un grupo nuevo para que escuchara. “No sé si te va a gustar, pero suena impresionante”, le advirtió.

El grupo se llamaba Soda Stereo y Quique iba a ser su mánager. Salieron de gira por Santa Fe: adelante viajaba él y atrás, en otro auto, iban los músicos. En la ruta, el vehículo mordió la banquina, se abrió una puerta y Quique cayó de cabeza. Murió en el acto. Para Ángel, esa tragedia marcó para siempre el inicio de una banda que luego sería histórica y le recordó, una vez más, lo frágil que es la vida detrás de los grandes nombres del rock.

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"Angelito" junto a uno de los referentes mendocinos del club del vinilo. Sigue siempre unido a la actividad que desarrolló toda su vida.

Ángel nunca se encasilló en un género. Vendía jazz, reggae, música irlandesa, celta bretón, italiana sinfónica. Llegó a vender cien discos por día. La mitad, de jazz. La gente volvía al día siguiente.

Cuando le fue mejor, abrió una disquería en Mar del Plata: El Bucanero. Fue un éxito rotundo durante tres años. Viajaba cada 15 días a controlarla. Mar del Plata tenía un público fuerte, exigente, apasionado.

Pero la vida, como la música, tiene cambios de ritmo. Llegó el CD y el vinilo quedó relegado. La gente tiraba discos a la basura. El formato parecía muerto.

Años después, gracias a un certificado de discapacidad que le permitía viajar por el país, Ángel decidió recorrer la Argentina. Mendoza siempre lo llamaba. Vino, le encantó la ciudad y conoció a quien hoy es su esposa y compañera de vida. Hace ocho años se instaló definitivamente en Maipú.

Así nació The Angels Rock’s Discos. Un bodegón de discos. No una disquería de lujo, sino un espacio donde hay de todo y se vive tranquilo.

Aquel día en que Borges caminó por Florida y se acercó a comprarle un disco

Un día, en su local de Florida, puso un disco no comercial, solo porque enganchaba. Pasaron Jorge Luis Borges y María Kodama. “El maestro lo quiere escuchar, lo quiere comprar”, dijo ella. Ángel lo puso en una bolsa y se lo regaló.

“Por su gesto, lo voy a invitar a una charla que doy esta noche en el hotel de la esquina”, le dijo Borges.

Y Angel reflexiona: “La vida son esos momentos pequeños que nos dan felicidad”.

Hoy, a los 72 años, vive de la música. Tiene su jubilación, y la disquería lo ayuda a sobrevivir. Elige qué música poner, qué vender. Toma vino mendocino, acaricia las tapas de los discos, disfruta.

La gente de Mendoza lo quiere. Le traen vinos, regalos. Los clientes se vuelven amigos. Lo invitan a asados, al campo. Participa del Club del Vinilo, del Show del Vinilo. Tiene clientela en el interior.

“La música es mi vida. Le agradezco a Dios poder seguir viviendo así”, dice.

Entre vinilos, historias y silencios, Ángel Pienica sigue girando. Como un disco que nunca se raya. Como una canción que no termina.