Ya entrada la madrugada, después de las 3, empieza el mágico ritual de mezclar la harina con la levadura, el agua, la sal y demás ingredientes que al calor del horno se transformarán en pan, o algún producto derivado. Es la hora en que muchos duermen y en la que ellos, despiertos, luchan por concretar su sueño: el de sacar adelante la fábrica de panificados que hace tres años recuperaron de la quiebra, cuando un patrón fundido dejó de pagarles el sueldo durante largos meses y el fantasma del desempleo empezó a asediarlos.
Quienes hoy forman parte de la cooperativa Nueva Trigo de Oro, en Concordia, no se resignaron a perder su fuente de trabajo, y aún sin experiencia previa en el manejo de una empresa, aceptaron el desafío de hacerse cargo del espacio donde podían ganar su sustento. Sabían que para lograr que los indemnicen iban a tener que someterse a un sinuoso y extenso litigio judicial, entonces llegaron a un acuerdo con el expropietario para que les entregue las maquinarias como parte de pago.
Buscaron asesoramiento, hablaron con clientes y proveedores, consiguieron que alguien les financie las materias primas, y arrancaron. En la actualidad no tienen venta al público pero abastecen a tres escuelas y numerosos comercios, restaurantes y pancherías de la zona. Elaboran pan, galletas, bizcochos, medialunas, facturas, alfajores, prepizzas, pizzetas, pan de panchos, súperpanchos y hamburguesas, budines y pan dulces, y otras tantas delicias.
"Al principio estábamos asustados, porque no es lo mismo ser empleado y depender de alguien que te pague un sueldo a que tengamos que trabajar todos juntos y estar al frente de la fábrica. Ahora tenemos otros desafíos y sabemos que si se rompe una máquina debemos quedarnos hasta la hora que sea para sacar la producción y cumplir con los pedidos. Tenemos nuestros clientes y además participamos en ferias de emprendedores", contó a UNO Zulema Meza, una de las siete integrantes de la cooperativa.
Su esposo, Víctor Rondán, es el presidente y comentó: "Dentro de todo nos va bien. De los siete que somos, cuatro trabajamos en el turno de la mañana y el resto lo hace a la tarde. Cocinamos desde las 3.30 y a eso de las 8 se sale a repartir con las dos camionetas usadas que pudimos comprar. A la mañana hacemos pan, pan lactal, pizza, pizzeta, entre otras cosas. A la tarde también se produce; los chicos llegan a las 12 y trabajan hasta las 19. Lo que se elabora en este segundo turno queda guardado en una cámara de fermentación hasta el otro día y a las 3 de la mañana está listo para cocinar".
En el grupo hay personas de diversas edades. Él es el mayor, con 56 años, pero contó que hay gente que transita los 20 y pico y aunque en los primeros tiempos de la cooperativa tuvieron que aunar criterios y ponerse de acuerdo en diferentes aspectos, hoy entre todos se entienden, unidos por el objetivo de defender la fábrica.
Si bien en la actualidad ya están afianzados, saben que no deben bajar los brazos para esquivar los embates de una coyuntura económica donde la escalada de precios de los servicios y los insumos reduce la rentabilidad en distintos rubros vinculados a la producción.
Justamente para hacer frente a los costos, este año no se tomaron vacaciones. En este contexto, Zulema reflexionó: "Ojalá podamos seguir trabajando como hasta ahora, porque realmente miramos la realidad con miedo. Hemos visto que muchas cooperativas están muy mal e incluso que algunas ya cerraron. Observar esas cosas es desgastante, sobre todo cuando la pelean e igual se van hundiendo despacito".
En su caso, al cabo de estos casi tres años, ellos fueron golpeando puertas y abriéndose caminos. "El 15 de marzo de 2014 empezamos a trabajar en la cooperativa. Fueron tiempos de incertidumbre y ahora estamos fortalecidos. Esto es nuestro y sabemos que vamos a salir adelante todos juntos", concluyó la mujer, dejando en claro que con esfuerzo y sin perder la esperanza, es posible concretar los sueños.
