La maratonista radicada en Paraná Olga Dibur relata cómo la actividad física le permitió superar una enfermedad que podía paralizarla. "Hay que olvidarse un poco de los remedios", propone con sus lozanos 87 años

Secretos de la fórmula "más zapatillas y menos pastillas"

Olga Teté Dibur desparrama energía por doquier, le cuesta estar sentada y mientras conversa para la entrevista ya está pensando en la rutina de entrenamiento que tendrá en una agobiante siesta de enero. La atleta -que desarrolla su actividad en el Club Atlético Estudiantes- repasa tramos de su historia personal y como deportista -aunque "no me gusta la competencia", aclara- desde sus comienzos en la Escuela de Aerobismo a los 58 años.

Balnearia, la desconocida

—¿Dónde nació?

—En Balnearia, ¿sabe dónde queda?

—No.

—Nadie sabe. Mi esposo me decía que no dijera porque nadie sabe, "solamente tu mamá y vos". Queda en la provincia de Córdoba, cerca de la laguna Mar Chiquita. Obligadamente hay que entrar a Balnearia para ir a la laguna.

—¿Hasta qué edad vivió allí?

—Hasta los 18 años, cuando nos fuimos con mi mamá a Buenos Aires porque quedó viuda, después volvimos al pueblo, estuvimos un tiempo, volvimos a Buenos Aires, me casé con un entrerriano y por eso vivo acá -desde 1957.

—¿Cómo era el pueblo en su infancia?

—Un pueblito, sin luz, asfalto, autos, ni nada. Había una escuela de monjas, el ferrocarril -donde los del campo traían la cosecha en bolsa para llevar a Buenos Aires-, en frente mi papá tenía un almacén de ramos generales, había una farmacia y un cine precario. Cuando llegó la luz -yo tenía 3 o 4 años- al que se hacía socio de la cooperativa le regalaban una plancha. El primero que compró auto fue el panadero y fue una novedad -al igual que cuando llegó la luz.

—¿Recuerda ese momento?

—Sí, porque hasta ese entonces nos alumbrábamos con faroles.

—¿Cuál era el lugar más atractivo para usted?

—La plaza.

—¿La actividad más importante era la agropecuaria?

—Sí, había mucha gente piamontesa -como mi mamá-; mi papá era asturiano.

—¿Su mamá vino del Piamonte?

—Sí, a los 8 años, en el Princesa Mafalda -que a la vuelta se hundió- y mi papá vino a los 14 años. Eran agricultores pero cuando llegó acá, con unos primos pusieron almacén de ramos generales. Mi papá era un hombre muy recto. Si sacábamos algo del lugar y no lo encontrábamos, él decía "está en su lugar". Le decíamos que no estaba y contestaba que "cada cosa tiene su lugar, así que si lo buscás ahí, está".

—¿Le contaban algo de sus tierras de origen?

—A España viajé en 1992, cuando fui a conocer a mis parientes porque solo nos conocíamos por fotografías y cartas. Tenemos la casa de los abuelos y hay muchas anécdotas. Mi papá tenía un hermano más chico y vivían en la campiña. Como era un pueblito chico, trataban de que no se casaran entre parientes, pero se enamoraron dos primos, así que lo mandaron para la Argentina para que se olvidara de la chica, y la chica murió de tristeza -a los 14 años-. Mi tío después de eso nunca anduvo muy bien, no tuvo más novias y mostraba la foto de la chica como su gran amor de toda la vida. Finalmente falleció joven mientras que nosotros somos todos octogenarios.

—¿Dónde se conocieron sus padres?

—En América, que en aquel tiempo pertenecía a La Pampa, ahora provincia de Buenos Aires. Ahí habían llegado sus padres. Mi abuelo tenía hacienda, una casa con pensión -donde se alojaban los viajantes- y ahí se conocieron mi mamá con mi papá. Después se trasladaron a Balnearia porque el primo que vino con mi papá de España hizo contacto con mayoristas y alguien le tiene que haber dicho que fueran a ese lugar -un pueblo con mucha agricultura y trabajo-. Se fue poblando y la laguna Mar Chiquita le dio mucha vida.

—¿Cuál era la ciudad importante más próxima?

—El Tío o San Francisco -la más importante-.

—¿Iba cuando era niña?

—No, nos movíamos en el pueblo y no se salía. Los domingos íbamos a pasar el día a Mar Chiquita. Nunca aprendí a nadar porque el agua nos mantenía a flote. Además, son aguas muy curativas. En la Segunda Guerra Mundial fue muy famosa por la cuestión de los nazis. Al hotel lo hicieron museo pero resulta que ahora aparecieron unos herederos que lo reclaman. Ahí están las fotos de los nazis.

—¿A qué jugaba?

—Mi papá nos enseñó a jugar al tenis criollo y a hacer las paletas con las maderas de un cajón de manzanas. Andábamos mucho en bicicleta, hacíamos caminatas largas y tirábamos la pelota en unos hoyitos, que según donde caía había correr y uno de los chicos tenía que alcanzarnos. No había otra cosa. Mi hermana -la segunda- era tremenda. Éramos tres mujeres. A la noche jugábamos debajo del farol pero pasaba el comisario -a caballo- y nos mandaba a casa.

—¿Personajes?

—A mi casa llegó un linyera italiano, pidió alojamiento y mi papá le dijo que se quedará en el galpón donde estaban los fardos de alfalfa, y que lo ayudara. Se llamaba Salvatore y nos ensillaba el caballo. Nos quería mucho y siempre estaba en complicidad con nosotras -cuando mi papá dormía-.

—¿Cuándo salió por primera vez del pueblo?

—Cuando mi abuela -que vivía en Buenos Aires con los otros hijos- vino al pueblo y tuvimos que ir a buscarla a un pueblo más lejos, porque el tren no llegaba. ¡Uh, se rompió el auto que nos llevaba y fue una tragedia para poder llegar! Era bastante aislado para poder llegar a Balnearia. Había un tren que iba a Buenos Aires pero una vez cada tanto, aunque el de carga lo hacía más seguido porque llevaba la cosecha. La atracción verdadera era ir a la estación a ver cómo pasaban los trenes y además por la noche jugábamos en la playa donde los estacionaban -mientras mi mamá se juntaba con otras vecinas en una casa a coser y bordar-. No había radio. Mi mamá bordaba mucho a mano y a máquina.

Cantantes no bien vistas

—¿Sentía alguna vocación o qué imaginaba ser cuando fuera mayor?

—Me gustaba mucho cantar pero en aquel tiempo las que cantaban...

—¿No eran "bien vistas"?

—Sí, era imposible; después -cuando fui grande- nos fuimos a vivir a Buenos Aires y me encantaba Lolita Torres. Iba a la radio a escucharla. ¡Pero mi mamá, lejos de dejarme cantar! Una novedad en el pueblo fue cuando aparecieron las actrices mellizas (Legrand) porque eran chiquitas. Quedamos nosotras dos solas porque mis dos hermanas mayores se casaron, así que éramos una compañía mutua. Me casé cuando tenía 25 años, con un entrerriano que por casualidad fue a Buenos Aires.

—¿En el ámbito de su hogar estaba presente la música?

—Como en la de todos los italianos. La hermana mayor estudiaba y los otros... Yo tengo la Primaria, nada más. Pero mi hermana -que tiene 93 años- es maestra y profesora de piano. La mandaron al Colegio de las Adoratrices, en Santa Fe. En el pueblo, la hija del encargado del ferrocarril era profesora de piano y daba música. Nosotras cantábamos cuando se hacían reuniones familiares por la noche.

—¿Lo de que el hijo mayor estudiaba era algo establecido socialmente?

—Era una tradición -sobre todo con las mujeres- que estudiaban hasta que sabían leer y escribir. En el caso de mi mamá, su hermana mayor y otra, fueron hasta segundo grado. Ahí se acababa la escuela, en cambio para los varones no, terminaban la Primaria. En el caso de mi mamá eran 10 hermanos -cinco mujeres y cinco varones. Los dos primeros vinieron de Italia y quedaron con la abuela, luego mi abuelo hizo otro viaje a buscarla a mi mamá, y después de ella -los siete restantes- son argentinos.

—¿Se consideraba con condiciones para el canto?

—Sí, porque en la escuela siempre me hacían cantar en las veladas, al igual que a mi otra hermana. Me encantaba. También cantábamos en la iglesia.

—¿Imaginó ser cantante?

—Sí, pero... acá comencé en el coro de la Universidad Tecnológica Nacional, estuve muchos años y después pasamos al de la Universidad Nacional de Entre Ríos, donde estuve hasta el año pasado.

A Ciudadela, sin escalas

—¿Pensaba en irse del pueblo?

—No, extrañé mucho cuando nos fuimos a vivir a Palermo Chico -en Buenos Aires- en 1950, aunque luego me adapté. Cuando mi esposo me trajo acá, me quería morir, porque acá (calle Carbó) había asfalto solo hasta el Cristo. Me parecía que estaba en medio del monte. Le estoy hablando de 1957. Había un almacén donde ahora está la estación de servicio (Carbó y Alsina) un farolito y otro farolito en la esquina de Carbó y Ramírez. La calle era angostita, después la ensancharon un metro y después otro poco más para poner las columnas de luces.

—¿Por qué se fueron de Balnearia?

—Porque mis dos hermanas se habían casado y quedábamos mi mamá y yo. Mi papá falleció cuando yo tenía 10 años. Se cerró el almacén de ramos generales y mi mamá bordaba y cosía. Como todos sus hermanos vivían en Buenos Aires, nos fuimos. Además, todavía vivía mi abuelita.

—¿Cómo fue el impacto por el contraste?

—Muy fuerte porque era un pueblo muy chico. Me parecía un mundo tremendo cuando bajé del tren en Retiro. Primero fuimos a vivir con una tía a Ciudadela, después nos independizamos cuando mi mamá comenzó a trabajar como encargada de cafetería en el Jousten Hotel. En ese tiempo fue a alojarse (Raúl) Uranga y mi mamá contaba que lo conoció. Mi mamá no quería que yo saliera pero una señora me dijo que me fijara en el diario qué podía hacer.

—¿Qué le resultó un gran descubrimiento?

—La calle Corrientes y Lavalle -donde estaban todos los cines. El sábado a la noche íbamos con mi mamá al cine, pero no salíamos mucho.

—¿Qué edad tenía?

—Veintidós años.

—¿Qué pensaba para el futuro?

—Como nos criaban a la gente que había venido del extranjero. Trabajar, con suerte te casabas, tener una familia y un hogar.

—¿De qué disfrutaba además del cine?

—Nada más. A los bailes no iba.

—¿Y la cuestión de su gusto por la música?

—Seguía entusiasmada pero recién en 1983 comencé acá con el coro. Mientras tanto, cantaba en la iglesia.

Dos años de correspondencia

—¿Cómo fue el encuentro con quien sería su esposo?

—En la casa de una tía de él -que era vecina de nosotros-, en calle Laprida y Córdoba. Nos conocimos ahí.

—¿Amor a primera vista?

—Sí, porque después fuimos novios por correspondencia (risas). El vivía acá y yo en Buenos Aires, hasta que lo trasladaron, nos casamos, mi hijo mayor nació allá -en 1955- y después nos vinimos acá.

—¿Durante cuánto tiempo se enviaron correspondencia?

—Como dos años.

—No había Facebook.

—Todo era papel. No quiero entender todo eso de Internet. A veces me molesta estar en una reunión y que estén mirando el teléfono. Para una reunión de amigas que hicimos acá hace unas semanas puse un papel en la puerta que decía "Al entrar a este domicilio, deje apagado el teléfono". Es una falta de respeto porque no hay comunicación. La televisión no la prendo nunca aunque la radio sí, porque es una compañía y escucho música. No hay que martirizarse con Internet, aunque no niego que es una cosa útil. Hay que saber usarla y no ser esclavo, como la televisión, que cuando apareció le decían "el intruso de la familia". Aunque en mi tiempo, en la mesa no se hablaba.

—¿Cómo le pidió casamiento su novio?

—En presencia de unos tíos míos, porque mi papá había fallecido y mi mamá estaba sola. Dijo que se quería casar y llevó los anillos, como si fuera un compromiso.

—¿Y usted?

—Ya lo habíamos decidido. Paraná o la vuelta al campo

—¿Y la decisión de venirse a Paraná?

—Vinimos "provisoriamente para siempre a esta casa" (risas), porque alquilábamos, el dueño quiso vender todos los departamentos y aprovechamos a comprar. En esa época no había problema con los intereses y todo se manejaba de palabra.

—¿Cómo era la fisonomía de la ciudad?

—Me parecía que había venido al campo. Mi hijo extrañaba, lloraba y la llamaba a una chica que jugaba con él. Yo lloraba con él pero después me adapté, porque era tranquilo y al lado había una familia con siete gurises. Acá (Carbó entre Alsina y French) es como si fuéramos una sola familia y jamás pasó nada. En esta cuadra, era este pasillo, había otro, en la esquina frente a la plaza (Belgrano) había una casa de 1902, donde ahora está el Instituto del Seguro (Ramírez y Carbó) era todo baldío, al igual que gran parte de la cuadra, con pocas casitas y estaba la herrería de don Dayub. Para Navidad y fin de año, se cortaba la calle, don Tito Brandán traía su acordeón y se bailaba. Eso también se extraña mucho, porque todo era muy familiar. Después comenzaron a hacer torres con departamentos.

Caminar, conocer y estar bien

—¿Por dónde le gustaba pasear?

—En general, íbamos a la Plaza (1° de Mayo) con mi esposo y los chicos, a tomar un helado. Cuando falleció, comencé a movilizarme sola, a caminar y descubrí que estaba a nueve cuadras de la plaza (risas). Pensaba que era más lejos porque íbamos en el auto. Comencé a caminar para conocer la ciudad hasta que me enteré que se inauguró la Escuela de Aerobismo, fui a la placita del Club Estudiantes y comencé a caminar con Inés Frasconá.

—¿Por qué le llamó la atención?

—Porque tenía que hacer algo y no podía estar todo el día encerrada en mi casa.

—¿Qué fue lo que aprendió con Inés en esta etapa inicial?

—En aquel tiempo -en 1988, cuando tenía 58 años- nadie salía solo a caminar porque no sé si la gente tenía un tabú o qué. Solo éramos seis o siete y después se fue agregando gente. Había dos turnos y yo trataba de ir a los dos, porque me gustaba y me entusiasma -además ya estaba sola. Aprendí a hacer gimnasia, cuidar mi cuerpo y darme cuenta de que el movimiento es muy necesario, porque estar sentado no te lleva a ningún buen término. Más que nada, fue una experiencia de vida para poder valorarse a uno mismo.

—¿Qué sentía?

—Me sentía bien y además tenía muchos años menos, hasta la actualidad en que la cardióloga me dice "para un poco". Pero yo no tengo ningún problema. Tengo mucha resistencia aunque no tengo velocidad porque no me lo he propuesto. Una experiencia linda que teníamos era el cruce del Túnel, porque nos llevaban en la balsa, así que, además, era un paseo hermoso. Era un espectáculo muy lindo y nos divertíamos mucho.

—¿Su primera prueba?

—Una organizada por la escuela en la cual fuimos poquitas. No fue competencia porque competir no me entusiasma. La primera oficial fue el cruce del Túnel, en la cual otorgaban premios y resulté tercera. La copa me la entregó Moine -el que falleció- y fue una experiencia linda porque además de la medalla de participación, había premios. Ahora no sé por qué no se hace más... la hacen en bicicleta. También anduve mucho en bicicleta.

—¿Cuándo?

—Después de que falleció mi esposo, en los 90. Tenía una bicicleta chiquita de mi hija, la sentaba a mi nieta mayor en el canastito y salía a dar vueltas por la placita. Luego comencé a salir sola e iba a San Benito, hasta que un día estaba en la iglesia Sagrado Corazón, se acercó una chica, me dijo que me veía andar en bicicleta y me preguntó si me podía acompañar porque no se animaba a andar sola. Le dije que sí, casualmente vivía en calle Feliciano y comenzamos a ir a San Benito, luego a Colonia Ensayo y a Aldea Brasilera. Nacho Acebal comenzó a hacer bicicleteadas en el Parque y también fui, los veteranos también las organizaban y se hacían las de Martín Bustamante, de 14 kilómetros. Eran muy lindas. La de los veteranos eran largas y comenzaron a hacerlas hasta Villa Urquiza. Yo iba con mi bicicletita y con esa chica, hasta que decidimos comprar una bicicleta como la gente en lo de Trepat. Compramos dos iguales, de media carrera, que la tengo colgada porque mi hijo no me deja andar en la calle. Pero lo haré porque en la plaza de las mujeres no hay peligro.

—¿A qué otra disciplina deportiva le dedicó bastante tiempo?

—A la paleta y a la bicicleta -que dejé hace unos tres años. En el club hago bicicleta fija.

—¿Compitió a la paleta?

—Sí, en el Estudiantes y en Catamarca Central. Ahora se han quedado un poco con las competencias pero yo extraño la paleta; vamos solo a paletear.

La rutina de una joven atleta

—¿Cómo continuó entrenándose luego de pasar por la Escuela de Aerobismo?

—Quedé en el club (Estudiantes) donde tenemos una profesora de Educación Física que nos hace hacer gimnasia, correr, trotar o caminar en la cancha de rugby o frente al hotel -los lunes, miércoles y viernes. Martes, jueves, sábados y domingo, es libre y se hace la cantidad de kilómetros que uno quiere. Subo barrancas y cuestas. Los viernes tomaba el tren, me iba hasta Oro Verde, me bajaba y me venía caminando. O a Colonia Avellaneda. Desde acá me voy al cementerio de San Benito. Siempre hago 10 kilómetros y me anoto en esa distancia en los maratones. No me interesa si demoro dos días, porque lo mío es demostrar que se puede hacer. Lo hago sin reloj. En la última, lo hice en una hora 35 minutos; antes, por supuesto, lo hacía en una hora. La cuestión es hacerlo. Siempre lo digo: más zapatilla, menos pastillas (risas). A la cardióloga le digo que no me recete pastillas y no tomo nada. Como van tantos chicos jóvenes, les digo: "ustedes saben qué hacer con su juventud, pero yo no sé qué hacer con mi vejentud" (risas). Más que nada, me divierto y me hace sentir bien. En la que se hizo por el aniversario del CAE hacía mucho frío, no la iba a hacer, pero una de las chicas me pasó a buscar. Cuando llegué, había un grupo de ciclistas que me acompañarían, fuimos hasta El Plumazo, entramos, dimos la vuelta por el campo hípico, volvimos, entramos a la cancha de rugby y dimos una vuelta (risas). Atrás de ellos venía la ambulancia y los motociclistas de la Municipalidad que me decían "no abandonés Teté".

—¿Antes de los 58 años no hizo regularmente ninguna actividad física o deportiva?

—No, desde que terminé la escuela, nunca más. Era ama de casa y lo acompañaba a mi marido a los concursos de pesca, hasta que comencé, me entusiasmé y no paré.

—¿Qué cambios físicos percibió al practicar la actividad regularmente?

—Mayor movilidad y capacidad de movimiento, porque no es lo mismo que el trabajo de la casa -que es siempre lo mismo- que hacer gimnasia, andar en bicicleta, hacer gimnasia, caminar o correr. Es cuestión de ponerse las pilas y mentalizarse que eso es bueno para la vida, física, mental y espiritualmente. Además, me encanta la Naturaleza y hacer actividad al aire libre. El día que llovía, me fui al centro porque me encanta andar bajo el agua.

Diversión sin competencia

—¿Cómo asumió las primeras maratones?

—Siempre fue una diversión porque no me gusta competir. Hacía lo mío y si llegaba última, no me interesaba. Lo que me gusta es que siempre vaya alguien al lado mío, por cualquier cosa. Una señora siempre me acompañaba pero dejó porque comenzó a sentir problemas en la cadera, así que comenzó mi nieta -la mayor-, pero ahora ando sola.

—¿Qué entrenamiento hace para una prueba?

—La mentalización es para llegar y no abandonar durante el camino. A veces siento el cansancio mientras llego hasta donde hay que dar la vuelta -a la mitad- pero después es más rápido. En la ida demoro más que en la vuelta, igualmente cuando practico. Tiene que ser por la ansiedad. Con una amiga nos fuimos desde el club hasta Villa Urquiza y también hemos hecho travesías. El año pasado tuve una experiencia fea porque no esperaban a nadie y ahora me parece que se les está yendo la mano con el costo de inscripción. Hay algunas pruebas que largás y no hay nadie en el camino, no sabés qué dirección tenés que tomar, no cortan el tránsito, falta agua para los últimos...

—¿Cómo se modificó a lo largo del tiempo la forma de prepararse?

—Se aprende a no exigirle al cuerpo más de lo que puede dar, aunque no hay que quedarse. La cuestión es no llegar al límite. A veces uno no se siente bien y hay que parar. Si mañana tengo una maratón y no me siento con ganas de hacerla, mejor no hacerla porque la mente no está preparada. Es bueno exigirse pero hay que saber parar cuando se llega a un límite. Me anoto para los 10 kilómetros pero no quiere decir que si a los siete me falta el aire, tengo que quedarme ahí.

—¿Qué otras pruebas recuerda?

—Me gustaba la de Sidecreer porque estaba muy bien organizada y te sentías acompañada. La que me quedé con ganas de hacer es la de Adidas.

—¿Disfruta más las maratones o las travesías?

—Las travesías, porque vas descubriendo lugares y me gusta la aventura.

—¿Cuál ha sido el momento más difícil?

—En una travesía que nos perdimos y quedé colgada de un árbol en la barranca.

—¿Una gran satisfacción?

—Siempre llegar produce mucha alegría, porque la gente te recibe con cariño -lo cual te alienta. Cuando cumplí los 80 años dije que paraba y que no haría más nada, pero mi nieta me carga y dice que no me crean -porque siempre digo lo mismo. Ya voy por los 87 y sigo. Ahora me invitaron para ir a General Belgrano -en Córdoba- pero no quieren que vaya porque es una prueba exigente, más que nada la bajada del cerro -por el vértigo. También he ido a Salta.

—¿Qué piensa durante la maratón?

—Soy católica así que siempre me encomiendo a Dios y pienso en él, tampoco me saco esta medallita del bautismo (la muestra).

—¿Qué hace cuando termina?

—Me quedo tranquila, comiendo fruta y me repongo enseguida.

—¿Considera a algún atleta como un referente?

—La admiro a Poema Actis porque es una mujer muy emprendedora y gran atleta. La tuvimos como profesora de actividad física cuando comenzó Inés. Me gusta porque te motiva mucho.

***

"La actividad física me salvó de estar postrada"

En su momento -tras una serie de opiniones médicas desacertadas- a Olga Dibur le diagnosticaron una grave osteoporosis que le había consumido gran parte de la estructura ósea. La atleta destaca la importante significación que tuvo la actividad física para no tener el desenlace de una situación invalidante.

—¿Cómo se lleva con los médicos?

—Bien. Me atiendo en la Villa (Libertador General San Martín). Hace 20 años, una noche me acosté y no podía levantarme por el dolor en la cintura, no me podía vestir ni peinar. Fui a un médico clínico y me dijo que tenía un poco de inflamación en las articulaciones, pero "no es nada". Pasó un mes y seguía igual, así que me derivó a un traumatólogo, me tomó una radiografía y me dijo que tenía una inflamación. Pasó el mes, seguía igual y me mandó a un reumatólogo. Me dijo lo mismo y otro mes con calmantes. Me mandó análisis y tenía 14.000 glóbulos blancos y 3.000 glóbulos rojos. Me quiso dar Cortisona y le dije "muchas gracias por los servicios prestados". En la villa, un urólogo vio la radiografía y no podía creer, le dijo a mi hijo que no sabía cómo podía estar parada porque "no tenía huesos". Era una osteoporosis galopante y tenía todos los huesos comidos. Me derivó a un clínico muy bueno, me dio inyecciones de cartílago de tiburón y me dijo que la actividad física me había salvado porque me fortalecía los músculos. Me hizo un régimen de calcificación durante 10 años y me taladró el cerebro para que hiciera actividad física. Siempre me pregunta cómo ando con los maratones. Ahora tengo osteopenia, que es menos grave que la osteoporosis.

—¿Ha mantenido el mismo peso?

—Antes pesaba más que ahora. Cuando comencé con Inés tengo que haber pesado 65 kilos, bajé a 58 kilos, mi cuerpo se adaptó y no paso de los 59 o 60 kilos.

—¿Cómo es su nutrición?

—No tengo dieta, como si tengo hambre y sino no como. Nunca desayuno, almuerzo verduras, arroz o fideos, muy poca carne -una vez a la semana-, aunque como pollo. A la noche tomo un té con galletitas o un pedacito de queso.

—¿Y antes de una prueba?

—Un plato de fideos el día de la prueba, dos horas antes, y llevo caramelos de miel. Vivo comiendo miel, a la noche, con galletitas.

—¿Recomendaciones para quien dice que -por la edad- no puede iniciarse en la actividad física o deportiva?

—No me gusta dar consejos pero diría que la actividad física es muy importante y que no se dejen estar. A veces me duele la rodilla o el empeine del pie cuando me exijo mucho, pero soy enemiga de tomar calmantes porque te hacen úlceras. Más zapatillas, menos pastillas. Una señora que caminaba conmigo era hipertensa y tomaba medicamentos. Un día -jugando a la paleta- se descompuso y el médico le dijo que no podía tomar la misma cantidad, porque no necesitaba tanto por la actividad física que hacía. Hay que olvidarse un poco de los remedios y moverse -aunque sea una hora-, porque el cuerpo lo necesita. A mí me habían inmovilizado la columna y el médico de la villa me dijo que era lo peor que se podía hacer. La actividad física me salvó de estar postrada en una silla de ruedas.

—¿Cómo comenzó 2017 y qué tiene programado?

—Empecé pidiéndole a Dios que si me tenía que morir, me muriera en mi casa, porque mi hija vive en Santiago del Estero y hacía 60 grados. Pasé las Fiestas allá, debajo de un ventilador y con el aire acondicionado. El agua de la pileta, hervía. Pusieron un sartén en la calle e hicieron un huevo frito. No tenés cómo refrescarte porque el agua está hirviendo y te quema. Vamos a ver cómo se presenta el panorama y haré cuatro maratones durante el año, para hacerle ver a la gente que el movimiento es muy importante. La vida sedentaria no te lleva a nada bueno, ni física ni mentalmente.

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Foto UNO/Juan Ignacio Pereira
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