Abajo de la lona todo es humedad, como en la calle. El barro sube por los tobillos. Hace un mes que la familia Petrechelli vive en la vereda de Churruarín, enfrente de donde estuvo la casa que habitaron durante 33 años. Los desalojaron el 13 de junio, les rompieron las paredes a puro martillazo, las mismas que ellos edificaron y defendieron. El paso del tiempo todavía no les dio soluciones concretas. Reciben ayuda de los vecinos que les guardan algún mueble, les prestan el baño. Resisten y tienen la voluntad de continuar en ese camino hasta encontrar una salida: un terreno o un techo de verdad.
La última lluvia les derribó el campamento, se les mojó todo. Fueron los vecinos de toda la vida los que se acercaron, les brindaron una mano, una más de tantas que los Petrechelli cuentan y no olvidan.
Fueron efectivos policiales, grupos especiales y hasta bomberos los encargados de echarlos aquel 13 de junio, en un operativo de película. En 2014 ya habían intentado un desalojo que no terminó en nada, más allá de un despliegue similar al del mes pasado. Entonces, les mataron hasta un loro con la cantidad de gas pimienta que les tiraron. Aguantaron y se pudieron quedar; ahora la cosa fue más dura, diferente, más violenta y no tuvieron otra posibilidad.
En el terreno donde estaba la casa central, más otras construcciones que habían levantado con trabajo y durante años, ya no hay nada, solo los restos de lo que alguna vez fue. Es todo barro, y sobre Churruarín hay un alambrado que bordea parte del terreno, que da cuenta de una propiedad privada que los Petrechelli aseguran que les pertenece.
Sobre la vereda de esa gran parcela, son unas 5 hectáreas, quedaron bultos importantes, cosas que pudieron sacar antes de que les destruyeran todo. Hay muebles que creen que ya no sirven y hasta un freezer nuevo que habían comprado tiempo atrás: está envuelto en un plástico, a la intemperie.
"Estamos bajo el toldo, con la lluvia última que fue fuerte se nos mojó todo", dijo Gabriela Petrechelli, hija de José Ángel y Griselda Chávez, quienes conformaron a su familia en ese lugar.
Gabriela se convirtió en una portavoz de la familia. Contó de su hermana, que el lunes se descompuso y un vecino la llevó al hospital. El martes le debieron hacer diálisis como tantas otras veces. Dijo que necesita un trasplante de riñón.
El terreno donde estaba su casa es elevado, más de un metro, hay que subir por una escalera construida sobre el terraplén. En la vereda de enfrente está el toldo sostenido por algunas vigas y hay chapas que hacen de paredes, ese lugar improvisado es donde pasan las noches y el día, un resguardo que ya se les vino abajo una vez. A un costado, afuera, hay una butaca de algún vehículo que hace de sillón y hay más bultos, muchos más tapados con plásticos. También hay perros, más de tres.
