Emilio Miño entró a trabajar a los 13 en una tradicional farmacia de Paraná. En cinco décadas el lugar cambió de dueños, de fisonomía; y él perdura. Destacan su amabilidad

Con el entusiasmo del primer día intacto, cumplió 50 años de labor

En tiempos donde cambiar de empleo se fue transformando en una situación habitual para mucha gente, Emilio Miño cumplió 50 años de actividad en el mismo trabajo en una reconocida farmacia de la peatonal y Alem, en Paraná, al que ingresó cuando tenía 13 años.

Empezó como cadete, realizando labores de limpieza o entregando pedidos a bordo de una bicicleta, y hoy es una de las personas que desde atrás del mostrador despacha medicamentos a quienes necesitan tratar alguna enfermedad o una dolencia. Apenas había terminado la escuela Primaria y ya tenía la suficiente experiencia laboral para hacer frente a las tareas que le encomendaban, ya que antes se había desempeñado distribuyendo diarios ayudando a un canillita, o repartiendo de lunes a viernes en las confiterías de aquel entonces los pasteles y empanadas que elaboraba un conocido suyo, y hacía lo mismo los fines de semana en el Parque Urquiza o Bajada Grande. "Tenía que ayudar en mi casa. Como era menor de edad y antes debía terminar la escuela, este fue mi primer empleo fijo", contó ayer a UNO, remontando su memoria medio siglo atrás, mientras recibía numerosos saludos por las Bodas de Oro laborales de clientes, compañeros de trabajo, amigos y conocidos.

Siempre amable y atento, genera confianza entre la gente que va en busca de un remedio que le prescribieron, aclarando alguna duda sobre sus componentes, y también asesorando de algún modo a las mujeres que llegan procurando encontrar algún producto cosmético que las ayude a embellecerse. "Cuando empecé a trabajar en la farmacia no estaba la parte de perfumería. Eso se incorporó años más tarde y se me hizo un poco más difícil. En mi caso que soy mayor era un choque que viniera alguna mujer a buscar algo para la cara o para el cuerpo, porque no estaba bien empapado en el tema de la cosmética. Pero tuve que aprender, porque a veces no están las chicas que atienden y me toca hacerlo a mí. Ahora ya no me cuesta tanto y sé observar qué cutis es el que tiene la clienta, para qué edad más o menos darle el producto, porque todas las cremitas que vienen ahora son salvadoras y milagrosas", comentó con simpatía.

Si bien Emilio le lleva varios años a sus compañeros de trabajo, asegura que con todos tiene buena onda y no siente la diferencia de edad. Cuando se incorpora algún empleado nuevo le toca enseñarle los menesteres del oficio, en el que no solamente hay que conocer dónde está situada cada cosa, sino además saber códigos, para qué sirve tal o cual medicina o producto, y hasta interpretar la letra habitualmente ilegible de los médicos que escriben las recetas. Él aprendió rápido cada cosa y se fue adaptando a todos los cambios que el devenir del mundo impuso a lo largo de cinco décadas. Sin embargo, lo que le resultó un poco difícil fue acomodarse al uso de la tecnología. "Estaba acostumbrado a trabajar con las boletas hechas a mano o con las máquinas viejas y la informática me costó un poquito, porque cuando se implementó yo ya era grande. Todavía estoy un poco peleado con la tecnología y hasta parece que se enojan conmigo las computadoras", confió riendo, y agregó: "Por ahí cada tanto tengo que pedirle a algún compañero de los más jóvenes que me ayuden porque se me traba algo y no sé cómo resolverlo".

Muchas cosas cambiaron desde 1967 -año en que ingresó- y el empleado que nunca faltó a trabajar y jamás llegó tarde, recordó: "La vidriera no era como ahora porque las farmacias no tenían vista a la calle, los remedios llegaban sin caja y sin precinto, los doctores enviaban recetas magistrales y las tenían que preparar los farmacéuticos y algunas cosas quienes trabajaban en este ámbito". También los rostros de tantos clientes mudaron su fisonomía y hubo quienes en algún tiempo llegaron de la mano de su mamá a comprar un remedio y hoy entran a la farmacia llevando a sus hijos. "Muchos me dicen 'ey ¿todavía estás acá? ¿Te acordás cuando venía de chico con mi mamá?´. Voy atendiendo a tres generaciones", señaló, sin dejar de rememorar con una mirada retrospectiva a la gente que fue quedando en el camino; a sus compañeros que ya eran grandes cuando ingresó, quienes le dieron vitales consejos y ya fallecieron; a las personas que alguna vez fueron a pedirle fiado porque no tenían para un remedio o para la leche; a los que pidieron recomendaciones; a los antiguos propietarios; a las crisis económicas del país que muchas veces hicieron tambalear el rubro pero fueron superadas; a su deuda pendiente con la escuela Secundaria que dejó priorizando su empleo.

"Estoy feliz con mi trabajo y por haber cumplido 50 años acá. Me gusta la farmacia, atender a la gente, poder ayudarla en lo que piden, tratar de darle una solución a quien llega con algún problema. A veces me voy a mi casa y no me desenchufo", aseguró por último, visiblemente emocionado por este particular aniversario en el que tantas personas lo saludaron y con tantas muestras de cariño le retribuyeron la buena energía que él les brinda permanentemente.

Le falta un año para jubilarse y descansar, y le pide a la virgen que le conserve la salud y entonces piensa compartir más tiempo con su esposa. También espera estar más con sus hijos, aunque ellos ya se independizaron: "Tengo un hijo ingeniero y una hija que es profesora de Inglés. Gracias a Dios han estudiado. Me gustaría tener nietos", contó por último, antes de seguir atendiendo a la gente con la sonrisa intacta que lo caracteriza.

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Una persona muy querida

La farmacia donde trabaja Emilio Miño siempre se llamó Moderna, y a pesar de que fue inaugurada en 1935, el nombre conservó su vigencia. Desde entonces tuvo varios propietarios. La farmacéutica Gladys Taverna la adquirió en 1986 y él es el único empleado de aquel entonces que sigue formando parte de su local: "Hace 31 años que trabajamos juntos. Para mí Emilio es un ejemplo. Es una persona que nunca falta, está siempre al pie del mostrador atendiendo a la gente. Los clientes lo buscan constantemente porque sabe mucho y transmite tranquilidad y es muy aplomado", elogió.

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Foto UNO/Juan Ignacio Pereira
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