Si "billetera mata galán", no es menos cierto que "politiquería estropea institucionalidad".
Por ejemplo, si la Justicia de Mendoza sintiera alguna vez que existe un fuerte control social sobre ese Poder del Estado, seguramente se cuidaría de no seguir con el exhibicionismo politiquero que se destila por estos tiempos desde la cúpula de la Suprema Corte provincial.
Un show decadente entretiene tanto a los "supremos" que responden al peronismo como a los que fichan para el radicalismo. Los dos grupos parecen encaminarse a rifar cualquier recato republicano o atisbo de imparcialidad.
La polémica por la nueva integrante del Tribunal, Teresa Day, o los pormenores de la partida de Jorge Nanclares, son los últimos eslabones de una cadena, pero no los únicos. Hay secretismos, cofradías, traiciones, deudas políticas.
Togas bizarras
La Suprema Corte de Mendoza emula por estas horas a un bizarro comité, o mejor dicho, a dos, como exige la grieta, cuando en realidad debería ser ejemplo de templanza y juridicidad. No hablamos de consensos hipócritas. Decimos que si hay debates en la cima del Poder Judicial deben darse con jerarquía institucional.
¿Es lícito este show? ¿Hay que aguantarlo como si fuera una fatalidad o algo natural de la política? Lo que manda la Constitución es que la Corte sea garantía de imparcialidad, un poder independiente. Me apuro y digo que sospecho risas socarronas emanando desde algunas togas.
Asqueada
La periodista Catherina Gibilaro, que por más de 20 años estuvo al frente de las secciones de Tribunales y Policiales en Diario UNO, solía repetir al llegar a la Redacción -tras taconear por oficinas y pasillos judiciales- que estaba "asqueada" por los tejes y manejes que veía entre bambalinas en el Poder Judicial, y que denunció más de una vez.
Me detengo y aclaro: el problema no es sólo de estos jueces vip, que tienen los mejores sueldos de la Provincia, y que no parecen estar a la altura del servicio que les ha conferido la Ley.
Es un problema de los tres poderes del Estado y, en particular, del Ejecutivo por su capacidad para cortar el bacalao. Los gobernadores son los que proponen los nombres de los ministros de la Corte, que luego avala el Senado, y por lo general los propuestos no son los más excelsos en juridicidad, sino los más amigos del mandatario, o los más funcionales a éste o a su partido.
Punto y banca
Pero, ojo, también es un asunto de la sociedad y de sus organizaciones civiles que, por ausencia de ejercicio ciudadano, banca estos despropósitos, quizás por creer que los saberes judiciales matan la voz del pueblo.
El sanjuanino amendocinado Dalmiro Garay, ministro de la Corte desde 2018, y hombre proveniente del riñón cornejista, de quien fue ministro, acaba de asumir por un año como presidente de este tribunal tan empiojado.
Garay calificó como "momento turbulento" el que está pasando la Corte y, como para no dejar dudas de este esperpento político, separó la paja del trigo y opinó que, felizmente, los problemas actuales del máximo tribunal son un asunto específico de la cúpula judicial, y que eso no afecta a los juzgados, que están trabajando de manera profesional.
A confesión de partes, relevo de pruebas.


