Versalles para todos y todas queda aquí a la vuelta

Si usted me preguntara qué obra pública de Mendoza salva del olvido a la clase política de esta provincia, no dudaría. La que debe ocupar el primer lugar es el Parque San Martín.

Lo corroboro cada vez que voy a caminar y me sigue sorprendiendo la milagrosa mixtura de vecinos. Por ejemplo, si usted llega a nuestro gran Parque urbano un domingo en la tarde-noche y observa con atención a los que se están yendo y los que van llegando tendrá la comprobación más acabada de lo que es un espacio social.

Eso que tanto buscan los urbanistas y los políticos con visión social está allí a la vista de todos. La convivencia democrática a pleno.

Allí interactúan gordos y flacos. Conchetos y "fieritas". Profesores y burros. Ricos y pobres. Los fanas del gimnasio y los que es imposible que escondan la panza. Las que tienen celulitis y las que son odiadas porque sus pieles desconocen esa anomalía.

En el Parque te topás a los del medio pelo ilustrado y a los adultos del CENS. A chorrros y grandes profesores. Las familias de la villa que llegan de a quince y las señoras de la Quinta Sección que se juntan en pequeños grupos y que al pasar trotando junto a uno dejan la estela de una fragancia francesa. 

El verde al que apostamos

Los parques de las ciudades juegan un rol que va mucho más allá de proporcionarnos un alivio para la intensidad urbana. Son el plus de una ciudad. Una gran ciudad sin un gran parque es una urbe a la que ha faltado desarrollo social, sanitario y hasta económico. 

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Fue la democracia norteamericana la que a comienzos del siglo 19 entendió la importancia de empezar a sacarle a los parques ese toque aristocrático con que los reinados de Europa, en especial Francia, los habían desarrollado y cuyo ejemplo más acabado fue Versalles, esa ciudad inventada por Luis XIV para sacar a los nobles de París y tenerlos a todos bajo su control ante el avance de las ideas burguesas. 

En países como la Argentina los parques urbanos tuvieron un inicio más republicano ya que por un lado buscaron que favorecieran la integración social  y por el otro cumplieron funciones sanitarias, ambientales y de resguardo antes las crecidas de las aguas por las lluvias de verano.

En el caso de Mendoza esto último fue esencial porque la Ciudad de fines de 1800 necesitaba un pulmón verde que sofrenara los vientos calientes y terrosos que bajaban del piedemonte y que abriera espacios ante la posibilidad de que se repitiera un terremoto como el de 1861.

Cuando el peronista José Octavio Bordón ganó la gobernación de Mendoza en 1987 sorprendió a todos al colocar en su escritorio una foto de Emilio Civit, el inventor del parque San Martín, y quizás el más famoso emblema del Partido Demócrata. 

Una de las razones por las que Bordón había decidido ponerse bajo la advocación de Civit fue por habernos legado esa maravilla llamada Parque San Martín con la que los mendocinos le hacemos frente al prepotente desierto.