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Una mancha de tuco en la camisa blanca de Guzmán

Justo cuanto tenía que demostrar que era algo más que un negociador de los vencimientos de la deuda, el ministro de Economía Martín Guzmán se olvidó del académico y eligió ser un chabón de La Plata

No tengo dudas. La culpa de lo que le pasó al ministro Martín Guzmán (37) en la presentación del Presupuesto 2020 la tuvo el power point que no quería arrancar y que lo puso inquieto. No digo nervioso porque, afirman sus aduladores, es un hombre de temple y de decires académicos.

Siempre hay problemas con los power point. Se proyectan desenfocados. Cuesta muchísimo entenderlos y la mayoría de los asistentes a esas proyecciones no los alcanza a leer. Este columnista, que ha soportado muchos power point en innumerables y poco productivas reuniones de trabajo, los detesta. A mi que me den las cifras en papel porque así las puedo retener mejor, subrayarlas, y hacer más rápidamente las comparaciones.

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Si el hoy vapuleado ministro de Economía en lugar de haber preparado ese arsenal de filminas para presentar el Presupuesto 2021 en el Congreso nacional hubiera optado por volcarlas en papel y entregarlas a cada legislador, tal vez hubiese podido dar una explicación mucho más fluida, más conceptual y didáctica, sin tener que estar controlando que no se le haga un despelote con las filminas y, lo más importante, no hubiera caído en la trampa de la sarasa, una mancha de tuco en su camisa blanca.

Mucho diploma

Pido disculpas, pero tengo por norma desconfiar de estos doctos en Economía y en otros saberes. Mucha Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia. Un rumboso doctorado en la Brown University. Mucha bambolla para presentarlo como alumno dilecto del premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz. ¿Y todo para qué?

Para que después salga este hijo ponderado de La Plata, ciudad en la que se licenció en Economía ( y en cuyas afueras, en el pueblo de Tolosa, nació la tres veces presidenta de la Argentina Cristina Kirchner) a nivelar para ajoba con su hoy célebre sarasear, en apariencia con el fin de que la gilada comprenda que él puede ser tan peronista y popular como Marcelo Tinelli.

No se descarta que en realidad todo haya sido un guiño dedicado a la abogada exitosa que lo tiene en aprecio. Y aprovecho que hemos nombrado a la dama, para decirle al aludido doctor que en eso de usar el lunfardo ella es una verdadera troesma, o mejor dicho, traesma. Nadie como ella, por ejemplo, para decir con autoridad la maravillosa palabra tarasca, cargada de tanta significación, y expresada con esa fuerza y esa entonación de quien tiene calle y autoridad para amonestar a los que la levantan en pala (otro giro que nos enseñó Cristina) a través de chanchullos.

Te lo aclaro

No, chabón, no estoy diciendo que estos Guzmán y compañía no se hayan pelado las pestañas estudiando, Lo han hecho. Estoy opinando que muchas de estas lumbreras de la materia que sea, no necesariamente van a ser buenos en política.

Un investigador en ciencias médicas raramente sea un buen ministro de Salud. Los artistas suelen ser los peores gestionadores en las áreas de Cultura. Hay empresarios brillantes en su actividad privada que al probar con la política aparecen como unos tristes mediocres.

Los primeros ocho meses del ministro Guzmán estuvieron tapados por la pandemia. Pudo trabajar tranquilo con los acreedores. Los reflectores no lo alumbraban. Cuando finalmente logró cerrar la renegociación de la deuda con los bonistas extranjeros, no pudo disfrutar de las mieles porque se tuvo que ocupar, ahora sí, de la economía real destruida por la pandemia y por los errores de las últimas décadas. La presentación del Presupuesto era su oportunidad para demostrar que era algo más que un negociador de deudas en crisis.

Pero, bueno, la cegó. Creyó que porque estaba en el Congreso debía bajar varios peldaños y ponerse a la altura de algunos legisladores. Salvo los analistas presupuestarios que han hablado (no muy bien, seamos francos) de la letra fina del Presupuesto para el año próximo, la mayoría de los argentinos se quedó de una pieza cuando antes de arrancar su exposición el ministro de Economía, el estudiado, el discípulo de un premio Nobel, nos advertía de lo que se venía: un rato de saraseo.