Análisis y opinión

Un radical cambio de convicciones

¿Funciona el Congreso si la coherencia pasa a ser algo menor? ¿Se puede cambiar de cabeza en días? Gracias a quienes cambiaron su voto, Javier Milei logró el veto. Qué viene

Venimos de que diputados del radicalismo, que habían opinado diametralmente al revés días atrás, cambien de idea y le permitan a Javier Milei vetar la suba de jubilaciones.

Hay un problema grave en el vínculo entre la política y la sociedad argentinas y es que naturalizamos cosas que están mal. Que son inmorales o incoherentes. Dejamos pasar hechos que incluso rozan lo delictivo a veces, y que, sin embargo, ya ni siquiera nos hacen ruido, por lo comunes que se han tornado para el paisaje.

El veto a la suba de jubilaciones, logrado gracias a diputados que literalmente se dieron vuelta, está relacionado con eso. Uno de los males de esta política es que nuestros representantes pierden la convicción propia o la cambian misteriosamente rápido. Perdiendo, por supuesto, credibilidad. Parecen pasar a jugar de acuerdo a lo que les pide o exige un agente externo (un presidente, su gobernador u otro dirigente afín) y no en consecuencia a lo que en verdad opinan. Es decir, “otros” les dicen a nuestros legisladores, que son los únicos dueños de las bancas, qué tienen que hacer y cómo tienen que votar.

¿Es ese el sistema político que necesita la Argentina? ¿Cuando, los que fundaron el país pensaron en un Congreso poderoso, con tanta incidencia, con tanto aparato deliberativo paralas cosas importantes, pensaron en que terminara ocurriendo esto? ¿O se ha pervertido esa idea y hoy estamos financiando, solventando con nuestra plata, un mercado de votos?

Embed

Parece eso. Parecemos sometidos a un lugar donde se cuecen las decisiones más trascendentales del país, pero en el cual la coherencia es secundaria. Donde un día nuestros dirigentes piensan una cosa y, al otro, cambian de idea como si nada. ¿Puede ser?

Esto es grave por un motivo que va más allá del tema puntual de las jubilaciones. Es grave porque las convicciones son el nexo, el vínculo, entre los políticos y nosotros. Ellos nos hablan de sus convicciones durante años, durante las décadas que duran sus carreras dirigenciales. Las defienden a esas convicciones, las explican, las combaten contra las convicciones de sus supuestos rivales. Nosotros los votamos, les damos laburo, precisamente por esas convicciones que dicen tener.

¿Y después resulta que no eran tan importantes? ¿Que eran simples bienes transables? ¿O que podían mutar de la noche a la mañana?

Me van a decir que no sea naif. Que no es algo nuevo y que debe pasar en todos los parlamentos del mundo, desde la Asamblea Nacional de Afganistán hasta el concejo deliberante de Pehuajó. Y sí, es normal. Pero no es que nosotros seamos naives. Lo que pasa es que, en este caso, el panquecazo que metieron algunos es demasiado burdo. Es demasiado grosero como para que nos parezca natural. Y el tema en el cual lo hicieron, además, es trágico. No estamos hablando del presupuesto ni la Ley Bases; estamos hablando de una rebaja injusta contra las personas con las billeteras más miserables de la Argentina y en medio de un contexto desesperante.

En este caso lo hicieron políticos de la Unión Cívica Radical. Sólo un puñado, para ser justos; el resto mantuvo su coherencia. Y en realidad podríamos hablar de cualquier partido político. Todos, a su modo, en algún momento, han transformado en otra cosa el espíritu noble y transparente que debería tener en el Congreso. Es injusto escuchar a peronistas subiéndose a criticar, cuando ellos han sido campeones mundiales en suprimir la individualidad de los legisladores. Campeones mundiales en votar verticalmente, de acuerdo a lo que les diga su caudillo de turno (llámese Cristina o quien sea). Campeones, en ese mismo sentido, también en defenestrar al que ose desmarcarse.

Y, peor aún, han sido también parte de la “liquidez” (por no decir falsedad) de opiniones y convicción en este mismo Congreso. Para muestra basta un botón y es muy reciente: podemos preguntarle, por ejemplo, al diputado Mariano Recalde (a propósito, uno de los padres del fracaso financiero y del déficit crónico de Aerolíneas Argentinas, por los cuales hoy se habla de volver a privatizarla, pero ese es otro tema).

Preguntémosle a Recalde. Admitió hace días -en una normalización de una práctica cuasidelictual- que podían negociar con Milei por el pliego de Lijo, a cambio de (nombrar) “otro juez de la corte” o de sancionar distintas leyes.

Así, suelto de cuerpo lo dijo Recalde. O sea, peronistas: no quieran prenderse a la crítica del mal funcionamiento parlamentario, porque ustedes son iguales. Y eso, sin mencionar el desastre económico que ustedes mismos les generaron a los jubilados, sobre todo en los últimos cuatro años. Ustedes los empobrecieron en ese tiempo mucho más que Milei en estos meses. Y no salieron a autoescracharse ni a automanifestarse frente al Congreso, ¿verdad?

Así que no se vendan como héroes, porque no lo son.

Hay una normalización del mandato partidario por encima de la verdadera convicción política; hay una normalización del panquequismo inexplicable, como el que vivimos este miércoles con ese puñado de radicales. Hay una normalización del toma y daca, también: de eso que es “dame un juez, dame obra pública, habilitame tal cosa, yo te doy votos”...

¿Podemos seguir haciendo oídos sordos ante este sistema que parece mercantilizar los votos y las voluntades, gobierne quien gobierne? ¿Tiene sentido montar una estructura que pone fuertemente el foco en la individualidad de los representantes; que los pone en las boletas, que nos hace conocerlos, entrevistarlos, oírlos, para que después ese pensamiento propio valga tan poquito como pareció valer horas atrás?

¿Para que luego sea tan endeble, tan modificable, tan -quizás- transable?

Y voy a una reflexión más chiquita, pero importante: ¿Incluso, no nos sale demasiado caro este sistema que pregona un formato, pero que en las decisiones importantes emplea otro? Si las órdenes al final parecen darlas unas pocas personas: Macri, Cristina, Milei, Máximo o los gobernadores a los que responde cada uno; sus ascendentes, digamos. ¿Tiene sentido seguir pagándoles a ¡348! diputados y senadores? Si cuando hay discusiones trascendentales para los ciudadanos, votan misteriosamente al revés de lo que pensaban hace apenas días.

La jornada de hoy nos deja una enseñanza: si nos van a tomar por tontos, si nos van a subestimar, por lo menos sepamos quiénes son. Pronunciemos sus nombres. Tratemos de entender de dónde viene su repentina conversión. Que de alguna manera, este mecanismo que ellos parecen haber pervertido completamente a su antojo, del que tanto se benefician además, no permita que todo les siga saliendo gratis.

► TE PUEDE INTERESAR: Para Javier Milei son héroes los diputados que respaldaron el veto contra la movilidad jubilatoria

Temas relacionados: