El 16 de febrero Máximo Kirchner cumplirá 45 años. No es un pibe, no es un joven. Es un hombre en la plenitud de su vida. A esa edad uno sabe totalmente lo que hace. Máximo Kirchner ha sido padre de dos hijos, ha tenido una pareja por 10 años, dos veces fue elegido legislador nacional, es presidente del PJ bonaerense, cofundador de La Cámpora y, de manera superlativa, tiene en su haber el hecho de que su padre Néstor y su madre Cristina fueron presidentes de la Argentina durante 12 años corridos. Se supone que algo de política debe haber aprendido.
Teoría y práctica del "sanseacabó", según Máximo Kirchner
Máximo comenzó su exposición política recién cuando rondaba los 30 años, en 2006, época en que La Cámpora se oficializó en sociedad y él quedó como referente. Antes se había dedicado a manejar desde Santa Cruz los negocios inmobiliarios de la familia y a su afición por los juegos de la Play. No tiene estudios universitarios: pasó unos meses por la carrera de Periodismo y luego por Derecho. Con rapidez desechó esos claustros.
Fue su relación parental -y no sus antecedentes políticos- lo que lo llevó a ser diputado nacional, primero por Santa Cruz, actuación que coincidió con la etapa de Macri en la Rosada, y luego por la provincia de Buenos Aires. En ambas ocasiones encabezó las listas. Y no por decisión de los afiliados al peronismo.
Tras el triunfo presidencial de Alberto Fernández en 2019, Máximo asumió como jefe del Bloque de Diputados nacionales del Frente de Todos. Ahí tampoco fue la militancia política la que lo catapultó. Su principal capital político fue - y es- ser hijo de Cristina y Néstor Kirchner.
La soga y la espada
El reciente viernes 28 de enero Alberto Fernández y el FMI anunciaron que se había logrado un entendimiento por la deuda contraída durante el gobierno de Macri. El Presidente explicó que dejábamos de tener "una soga al cuello" y "una espada de Damocles sobre nuestras cabezas".
Una gran parte de la oposición expresó que era un paso importante aunque todavía quedaba mucho por analizar, sobre todo la letra chica. Además, el acuerdo debía ser debatido y refrendado por el Congreso. Tras ese anuncio cayó el riesgo país, subieron los bonos argentinos y el dólar empezó a retroceder. Hasta los diarios más críticos del Gobierno admitieron que había sido un round a favor del Presidente.
Tres días después, y mientras Cristina "no decía ni pío" (Cornejo dixit), Máximo le zampó un balde de agua helada al Presidente. También al país, que había respirado ante el alejamiento de un default que nos esperaba a la vuelta de la esquina. Renunció a la presidencia del bloque oficialista de Diputados (no a la banca, que le otorga fueros).
Al igual que su madre, fue con una carta al país que anunció que estaba en contra del entendimiento logrado con el FMI. El hijo de Cristina no aceptaba ni la forma en que se habían realizado las tratativas ni los resultados que se habían obtenido. Recordó en esa misiva que nunca estuvo a favor de la forma en que el ministro de Economía, Martín Guzmán, y el Presidente manejaron la negociación. Previamente desde los sectores más ultras del kirchnerismo habían batido el parche con la idea de que, después de todo, no era tan malo ir a un default.
La máxima de Máximo
Fue la reaparición de la teoría del "sanseacabó". El diputado Kirchner acude a ella cuando, según sus puntos de vista, hay que darle un corte definitivo a ciertas cosas. Claro, una cosa es aplicarla dentro de La Cámpora, y otra muy distinta es trasladarla a la vida nacional.
Con la carta al país de Máximo, el cacho de confianza que se había generado comenzó a evaporarse. En diciembre pasado, mientras se trataba el Presupuesto 2022, Máximo ya había pateado el tablero y hecho volar por los aires un acuerdo con la oposición para dotar al país de su pauta de gastos.
Encerrado en el secretismo y el verticalismo ultra de La Cámpora, Máximo ignoró su puesto de presidente del Justicialismo bonaerense y dio un mazazo al Frente de Todos justo cuando el Presidente anunciaba al mundo un comienzo de solución al gran problema irresuelto de la Argentina (el pago de la deuda de 44.000 millones de dólares con el FMI), problema que no le permite al país ni siquiera tener un plan económico.
No fue ningún sector formal de la oposición el que minó el anuncio presidencial, sino la propia interna que se vive dentro del Gobierno desde diciembre de 2019 entre los sectores más radicalizados del kirchnerismo y el resto del peronismo.
El cuadro
Durante los dos últimos años el relato del kirchnerismo ha intentado hacernos creer que Maximo Kirchner es un cuadro político con un futuro brillante, al punto que ya trataron, sin suerte, de posicionarlo como presidenciable para el 2023. No hay una sola encuesta que le dé la más mínima chance en ese sentido.
Desde que el Frente de Todos llegó al Gobierno, Cristina, Máximo y La Cámpora han tratado de colonizar la provincia de Buenos Aires con magros resultados. Perdieron allí las PASO y las elecciones legislativas de 2021. Les resultó mucho más difícil de lo esperado hacerse cargo de la jefatura del PJ en esa provincia, sobre todo por las reticencias de los intendentes peronistas que no se quieren kirchnerizar.
Tampoco ha sido todo lo fructífera que se esperaba la labor de Axel Kicillof como gobernador bonaerense. Su empatía con los bonaerenses no termina de lograr buenos índices de aceptación
En todas esas instancias Alberto Fernández ha tratado de hacer buena letra con el hijo de su socia principal. Demasiada buena letra para el gusto del argentino medio, al punto de haber horadado su propia figura presidencial.
La gente de Cristina y de La Cámpora le han hecho verdaderas perrerías, como la opereta de vaciarle el Gobierno de funcionarios mediante esas famosas renuncias truchas que todos los kirchneristas camporistas le presentaron tras la derrota en las PASO para obligarlo a hacer lo que mandaba Cristina. Alberto ni siquiera ha podido echar del Gobierno a los funcionarios kirchneristas que no funcionan.
No habla
Máximo no habla con la prensa. No da conferencias de prensa. Las pocas veces que debate públicamente termina pateando el tablero. A veces ni siquiera ha usado la prerrogativa que tiene como autoridad de bloque de quedarse con la última palabra en las discusiones parlamentarias antes de votar una ley. Maneja La Cámpora como una secta verticalista.
Los que lo defienden dicen que en los últimos años ha crecido políticamente y que ha aprendido -aunque le cuesta- a aceitar las trenzas entre los distintos sectores internos. También afirman que se parece más a su padre que a su madre.
En la oposición, con la cual Máximo no se preocupa por fomentar el trato, creen todo lo contrario en lo referente a la ejemplaridad paterna y materna.


