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Si Esperando la carroza se hiciera hoy, el catecismo inclusivo vería en ella violencia simbólica

Muchas de las pavadas que proclama el catecismo político inclusivo no tienen nada que ver con la creación artística ni con la libertad de expresión. Victoria Donda vería "racismo" contra la húngara

Pasan los años y se sigue hablando de Esperando la carroza, estrenada en los cines en 1985. Fue y es un fenómeno rarísimo y podría definirse como una película transversal. Prendió en todas las clases sociales. Buena parte de la crítica la trató bastante mal. Dijeron que era una cinta costumbrista desacertada cuando en realidad era un grotesco desbocado, basado en una obra teatral del uruguayo Jacobo Langsner.

La película tuvo un éxito relativo al estrenarse, pero fue creciendo con el boca a boca. Muchos la volvían a ver por segunda vez. Cuando el filme comenzó a darse en la televisión terminó de convertirse en una ficción de culto. Cada vez que se reprogramó tuvo ratings considerables.

Algunos años después de su estreno unos ladrones entraron a la casa de Mónica Villa, una de las actrices del filme. Ella no estaba y los cacos robaron al voleo, sin saber de quién era la vivienda. Se llevaron un televisor, la videocasetera, y una sola de las muchas películas que había en VHS: Esperando la carroza.

Ella hace puchero

La anécdota la contó por estos días, en Clarín, otra de las figuras de esa película, Andrea Tenuta, que en la cinta hace el papel de una desorbitada jovencita a quien su madre, China Zorrilla, trataba de "minusválida mental". Tenuta, quien vive desde hace varios años en España y está casada con el director de cine José Luis Garci, se alejó de la actuación y se dedicó a trabajar en varios proyectos cinematográficos en la productora de su esposo.

Sin embargo Tenuta cuenta que en las calles de las ciudades españolas la suelen reconocer algunos argentinos que viven allá y que le empiezan a tirar frases de "Esperando..." del tipo "yo hago puchero, ella hace puchero, yo hago ravioles, ella hace ravioles", "¿dónde está mi amiga?"; "ahí lo tenés al pelotudo", o "pero es una pobreza digna". He detectado a lo largo de los últimos 35 años a esta película en la programación de canales de TV de España, de Chile, de Colombia, de Perú o de Miami.

A los ojos actuales, uno de los grandes méritos del filme es su incorrección política. Si se estrenase hoy por primera vez, funcionarios como Victoria Donda del Inadi denunciarían a la película por violencia simbólica, por poco inclusiva, por maltrato a la vejez, por falta de consideración a las enfermedades mentales, y varias pavadas más que ordena el catecismo inclusivo y que no tienen nada que ver con la creación artística ni con la libertad de expresión que nos asegura la Constitución nacional.

Esos especímenes

Esa galería de seres que muestra el filme, entre los que hay abnegados, avivados, cínicos, aprovechados, mentirosos, soñadores, vencidos, corruptos, todos los cuales se sostienen en clave del más ácido, corrosivo y grotesco humor, cumple la sanadora función del arte que consiste en que nos veamos reflejados en ese espejo que es la película para poder comprender mejor las peores y mejores cosas de cada uno de nosotros.

Hacer un grotesco y no morir en el intento es uno de los desafíos más difíciles dentro del teatro. Se trabaja todo el tiempo al borde del precipicio y el desafío es no caer al vacío. Un tono que no dé en la tecla, una palabra con la entonación inadecuada, una frase que no sea dicha con el "tempo" alocado pero creíble, puede hacer fracasar al conjunto.

¿No es acaso un mal grotesco lo que venimos viviendo en la política argentina? Claro que sí, porque estamos fuera de tono, desentonados, a contratiempo. Y en lugar de autocriticarnos con honestidad para sacar algo mejor de nosotros, nos quieren hacer creer que debemos abrevar en el catecismo de la corrección política y de la "cancelación", como le llaman a eso de perseguir y segregar al que no sigue las reglas correctas.

Unas reglas por lo general reaccionarias y que van a contrapelo de cualquier progresismo, y que tienen como fin uniformar el hablar, el decir, el pensar, y de manera particular catequizar políticamente para no molestar al populismo de turno.

Pasada de revoluciones

El grotesco es muy bueno para desacralizar el poder, todos los poderes. Desde el político, el de los influyentes con dinero, el religioso, el familiar. Y para mostrar los flancos más jodidos de cada uno ellos. Quizá ahí resida la habilidad del director Alejandro Doria que se jugó por un tipo extremo de grotesco para transformar a Esperando la carroza en un espejo en el que cada uno de nosotros puede reconocerse en cada personaje o situación de la película

Producir risa y hacer pensar utilizando lo ridículo, lo absurdo, lo extravagante, lo chirriante es un trabajo de precisión. Alejandro Doria puso todas las fichas a pleno y le salió. La película no es perfecta, pero tiene esas cualidades inexplicables que hacen que una experiencia artística se convierta en objeto de culto.

Algunos de los actores y actrices de "Esperando..." han dicho que durante la filmación pensaban que la película iba a "irse al pasto" por lo pasada de revoluciones. Ustedes jueguen, debe haberles dicho el director, que yo después me encargo de darle racionalidad a esta locura.

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