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Análisis y opinión

Senadores y diputados que faltan a su trabajo en la Legislatura sin aparentar culpa alguna

Faltar al trabajo, a cualquier trabajo, es una cosa seria. Sin embargo no es algo que inquiete a muchos legisladores

Cuando este columnista era joven y trabajaba en El Andino, el último diario vespertino que tuvo Mendoza, vivió una especie de shock. Pasó de hacer coberturas periodísticas en la Casa de Gobierno a adentrarse de sopetón en similares tareas en la Legislatura. Las rutinas, las formas, los protocolos que existían en la sede del Ejecutivo de Mendoza no tenían casi nada que ver con lo que encontró en sus primeras incursiones en el Poder Legislativo.

En el Barrio Cívico había, por así decirlo, previsibilidad, se cumplían horarios, los principales funcionarios asistían a diario al trabajo tanto en la mañana como en la tarde. Era como un engranaje que funcionaba. Los políticos "hacían" de tales, más allá de los méritos reales que tuvieran.

En la Legislatura, al contrario, todo era más laxo, más informal. Sonaba menos serio. "Es que aquí se discute, se debate", intentaban explicarle. Y la trenza política era más desembozada que en el Ejecutivo.

Está en el café

Por caso: uno iba a buscar a determinado legislador y lo habitual es que no estuviera en su despacho. Las mismas secretarías solían indicarnos el bar o la confitería donde se encontraba "atendiendo". Pero no te lo decían cuidándose. Daban por sobreentendido que sus jefes cumplían funciones a su manera.

En cambio, esas asistentes solían mentir con descaro cuando informaban que el diputado Mengano estaba ausente porque "está trabajando en el territorio", que es como le llaman a recorrer (supuestamente) el departamento o la sección electoral a la que pertenecen. Una vez, en chiste, le pregunté a una de esas secretarias si el legislador estaba cosechando melones en Lavalle. Y no le gustó.

Pensaba en cosas como esas mientras en estos días leía en Diario UNO el ranking anual de los diputados y senadores más faltadores a las sesiones y a los trabajos de comisión de la Legislatura. Faltar al trabajo, a cualquier trabajo, es una cosa seria. Por algo es obligatorio presentar certificados médicos o justificar debidamente la ausencia cuando ha sido por una problema personal de fuerza mayor.

Otro mundo

Esos pruritos parecen que no corren en el Poder Legislativo, donde faltar al trabajo no pareciera ser una falta reprochable y menos en un año electoral como el que está terminando.

Ocurre que muchos de los diputados y senadores en funciones participan de manera desembozada en las campañas electorales porque son candidatos a la reelección. ¿Y a mi qué? dirá usted, que es un ciudadano común que les garpa la dieta. Para eso tienen uno de los los mejores sueldos de plaza, para hacerles honor, y no para que se nos rían en la cara.

Si van por la reelección, la mejor forma de promocionarse es cumplir con su actuación cotidiana en la Legislatura. Si tienen que hacer campaña que pidan licencia sin goce de haberes. Y si no, que se dediquen a esas tareas los sábados y domingos, pero que no se ausenten durante la semana. No pueden faltar a sesiones ni a comisiones bajo la excusa de que están en campaña. Eso es lastimoso.

Ganó el peronismo

Lo concreto es que este año en la Legislatura, tanto en el Senado como en Diputados, los legisladores kirchneristas y peronistas han estado a la cabeza de los más faltadores. Entre ambas cámaras hubo 130 faltadores y el 55% de esas inasistencias (72 en total) correspondió al Frente de Todos.

En tanto que el 37% de los faltazos fue para el Frente Cambia Mendoza. Los partidos chicos no se privaron del sarao y registraron 9 faltas. Las malas costumbres se expanden de manera horizontal en todo el cuerpo legislativo.

El Senado tuvo 44 sesiones en el año y en Diputados hubo 41, es decir una sesión (o menos) por semana. No es que se rompieron el lomo y dejaron la vida en el recinto. Hubo casos llamativos: los senadores peronistas Adolfo Bermejo y Bartolomé Robles no fueron a 7 sesiones. Amargos laureles. Sólo dos senadores peronistas tuvieron asistencia perfecta. En Cambia Mendoza fueron 9 los que no faltaron. Bien por ellos, pero la cosecha es magra.

Soy mi jefe

Hay una idea subyacente en el inconsciente legislativo: a ellos nadie los manda. Creen ser la reencarnación de la voluntad popular y sienten que están por encima de las obligaciones colectivas de otros servidores. Craso error. Debería ser exactamente al revés.

En el Poder Ejecutivo es distinto porque a la mayoría de los funcionarios los elige el gobernador que es quien concentra esa representación popular. Al parecer ello lleva a ministros, subsecretarios y directores a esforzarse más en el trabajo. Además están expuestos. Si un ministro de Salud o uno de Seguridad no da pie con bola, la sociedad les marca enseguida la torpeza. Hay más control social sobre ellos. En la Legislatura, al ser tantos, esa responsabilidad se diluye.

Hay muy buenos legisladores, estudiosos, serios, responsables, que sienten vergüenza ajena ante los despropósitos de sus pares, pero no logran marcar tendencia. De los legisladores hay una mala opinión en general porque están catalogados como poco productivos y porque la mayoría no se gana el sueldo exhibiendo excelencia. Y en esta mala consideración pagan justos por pecadores.

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