A escasas horas de que el nuevo gobernador de Mendoza asumiera su cargo publicamos en esta columna una opinión titulada: "Mendocinos: ¡a sacarle la ficha a Rodolfo Suarez!" Creíamos que iba a ser una tarea lenta, sin sobresaltos, porque este mandatario no es una persona muy expansiva ni dada a la fanfarria verbal. Entonces nos dijimos: por sus obras lo conoceremos a Suarez, más que por sus palabras.
Suarez nos sorprendió primero por la rapidez con que mandó a la Legislatura el proyecto para reformar la ley 7.722, esa famosa norma que frenaba la minería metalífera en la provincia. Y luego por lo expeditivos que funcionaron diputados y senadores del radicalismo y del peronismo al darle acelerada aprobación, basados en el acuerdo político previo que existía entre los dos partidos mayoritarios, y que incluía, además, la bendición del presidente Alberto Fernández.
Pero mucho más nos pasmó la celeridad con que a la postre Suarez reculó, frizó la nueva ley 9.202 y terminó mandándola a anular en la Legislatura, al tiempo que se desenterraba la 7.722.
Maldita y delgada línea
¿Qué pasó en el medio? Pasó que la clase política en general, y este gobernador en particular, tuvieron una, digamos, falla de los sentidos: olieron mal. vieron con lentes oscuros, escucharon con los auriculares puestos y degustaron una realidad poco sazonada. Una especie de tormenta perfecta. O un coletazo "chileno".
Tal vez también los traicionó el sentido de la oportunidad, algo que en política es una delgadísima línea que según uno se ponga de un lado o del otro, te puede mandar al cielo o al infierno.
En la vereda de enfrente de los políticos profesionales, apareció otra forma de concebir la política. Con razón o no, desinformados o no, subidos quizás a una épica prefabricada, un grupo muy importante de mendocinos había hecho suyo el relato ambientalista de que todo tipo de minería es contaminante y de que es imprescindible prohibirla para preservar el agua escasa en una zona desértica como Mendoza.
Estos mendocinos salieron la calle en forma masiva. Mendoza se convulsionó. Se cortaron rutas. Se hicieron vigilias. Se denostó a los políticos, pese a que Rodolfo Suarez había sido claro en poner la modificación de la ley antiminera dentro de su programa de gobierno. Y uno de los focos principales de la queja fue San Carlos, el departamento de donde proviene el actual gobernador.
¡Ahí vienen!
Una fenomenal marcha llegó desde los oasis del centro, del sur y del este a la ciudad de Mendoza para exigir que se derogara la nueva norma, esa que abría las puertas a numerosos proyectos mineros que estaban estancados.
En forma paralela, los organizadores de las manifestaciones amenazaron con hacer fracasar las fiestas vendimiales de los departamentos más combativos del interior. Pero el objetivo de máxima era hacer hocicar al gobernador al impedir el Acto Centra de la Fiesta Nacional de la Vendimia, uno de los hitos turísticos de esta capital mundial del vino.
Como pocas veces, la movida ambientalista mendocina tuvo eco inmediato en la prensa internacional. Los titulares aseguraban que "Los argentinos se oponen masivamente al uso del cianuro en la minería". Ya no era un asunto sólo de Mendoza. En varias provincias mineras se alborotó el avispero. Era un problema de la Argentina.
A desentrañar, a desentrañar
Fue ahí cuando Suarez decidió primero frizar la reglamentaciòn de la nueva ley para poder salir a convencer a los mendocinos de que la flamante norma estaba lejos de propiciar todos los males que se le achacaban. Pero a las pocas horas se terminó de convencer de que las cartas estaban echadas.
Sus socios peronistas se fueron al mazo sin ponerse colorados. De pronto decidieron que lo que habían votado a conciencia era una porquería y que había que dejarle el fardo únicamente a Suarez.
Suarez ya no podía salir a convencer a nadie de que con la nueva ley se abría un panorama prometedor para que arrancaran una veintena de proyectos de la llamada minería metalífera, y que ahora la norma obligaba a cumplir rigurosamente con una serie de controles específicos, como una policía minera.
Esto nos iba a poner, según aseguraban, a la altura de lo que han hecho, por ejemplo, Australia y Sudáfrica, dos de los tantos países donde la minería y la agricultura conviven rigurosamente custodiados. Y dan empleos. Y generan riqueza.
Troya ya estaba ardiendo. Y Suarez es componedor y prudente. No es, por ejemplo el presidente francés Macron que lleva un mes soportando a pie firme las manifestaciones y los paros en contra del proyecto de ley que busca ponerle cordura al desperdigado régimen de jubilaciones de Francia.
Tampoco tiene el cuero de amianto de un Alfredo Cornejo. El ex gobernador compartía de lleno la necesidad de modificar la ley antiminera. Pero, zorro viejo, siempre supo prever que no había plafond socialpara un cambio como éste. Por eso no dio el paso.
Suarez prefirió recular, dar uno o varios pasos atrás, y recomponer la paz social, sabiendo que es difícil que esta decisión tenga mucho más que dos efectos. O lo mancha. O lo limpia.




