Es notable la fascinación que el progresismo de izquierda en general, y el kirchnerismo en particular, tienen por los "observatorios", por la vigilancia social, por la bajada de línea, por marcar qué hay que leer, ver, o pensar. Dicho en criollo, por reeducar el pensamiento. Paradójicamente, muchas de estas cosas son las mismas que le cuestionan a la derecha.
Otro virus peligroso: la policía de la corrección
En realidad son resabios típicos del autoritarismo de ambos extremos políticos. Paradójicamente, en algunas de estas cosas se asemejan a lo peor del sistema capitalista que quieren combatir. Sin ir más lejos, en el uso indebido de los datos personalísimos de los ciudadanos.
El fantasma que recorre la política es el dogma de la corrección extrema. Un manual policíaco que debe regir el decir y el pensar. En el caso del kirchnerismo se le suma la supervisión de la clase media, que sigue subyugada por la prensa hegemónica y reacia a los relatos oficiales y, claro, la domesticación de la Justicia envenenada por el lawfare.
Quita los ojos de Baby
Subido al carro del lenguaje inclusivo (que tiene algunas cosas muy atendibles junto a un montón de disparates) un sector del progresismo fogonea la creación de entes públicos que se dediquen a vigilar a la ciudadanía o mejor dicho a reeducarla para que dejen de ser odiadores seriales.
Pretenden que nadie vea a Baby Etchecopar en A24 y que todos claven la vista en C5N. Es decir, locuras que ya fracasaron en la URSS, en la China, en Camboya y en Venezuela. O en la propia Argentina donde la TV Pública manejada por los K hizo durante años en "6, 7, 8" una tarea de demolición de Macri, que a la postre ayudó para que fuera presidente.
A caballo de situaciones específicas muy atendibles, como la lucha contra el machismo, el racismo o la violencia contra las mujeres, se ha generado todo un abanico anexo tendiente a que acatemos, como en una religión extremista, las tablas de nuevos mandamientos.
Pontificar o adoctrinar ha sido la tarea clásica de los militantes y de los curas. Pero ahora se ha buscado con ahínco influir en los gobiernos nacionales y populares para que se sumen, a través de organismos públicos que nos cuestan buena plata, a jugar el rol de ridículos policías de la corrección.
Lo que se esconde detrás de todo esto es un frenesí por dar órdenes por encima de las leyes y una absoluta falta de respeto por la libertad de los ciudadanos.
El mangrullo te vigila
Una cosa, por ejemplo, es establecer medidas destinadas a evitar que se ofenda o se ponga en desventaja a personas de grupos particulares de la sociedad, y otra cosa son las exageraciones tipo monitoreo de los ciudadanos para ver, desde un "observatorio", si los medios de difusión dicen "gordo" en lugar de "persona excedida de peso pero que ya está haciendo dieta".
La corrección desatada se hunde en la extravagancia y genera cosas como que a los menores de edad no se les pueda decir menores de edad porque decirles menores es menospreciarlos o rebajarlos. Y ¡guay! de que a los adultos mayores se los vaya a mencionar con el entrañable "viejo" o "viejita" porque se te aparece gente como Vicky Donda, del Inadi, pretendiendo que concurras a sesiones de lavado de cerebro como si fueras a un shock de Keratina.


