La contundente victoria de Alberto Fernández en las elecciones primarias precipitó un escenario confuso al consagrar en la teoría, pero no en la práctica, a un nuevo presidente. Sin embargo, para los medios de comunicación, para los empresarios y para los mercados, los argentinos ya definieron quien va a conducir el destino del país durante los próximos cuatro años.
Aunque el cambio en las relaciones de poder es evidente, Mauricio Macri debe gobernar hasta que las elecciones de octubre consagren formalmente a un nuevo presidente.
La situación es tan incómoda para Macri, quien debe transitar el agónico final de su carrera política con poca capacidad de maniobra, como para Alberto Fernández, quien debe consolidar la ventaja electoral y su liderazgo en medio de un escenario de alta vulnerabilidad social, incertidumbre política y volatilidad económica.
Los esfuerzos discursivos de Macri de mostrarse como un “capitán de tormenta” chocaron contra la realidad una y otra vez durante los últimos años. Como era de esperar, los mercados nunca le devolvieron los favores a Macri, menos aun cuando lo percibieron débil, sin voluntad política para imponer límites ni condiciones al flujo de capitales, ofreciendo dólares baratos y tasas de interés desorbitantes.




