¿Cuánto puede alterar a la política la crispación?
Crispación es una palabra pretenciosa y trillada, pero describe como pocas esta etapa que atraviesa al poder en Mendoza.
Se encadenan episodios que demuestran que gran parte de nuestra dirigencia política está fuera de eje. Nuestra clase política está corrida, exacerbada, zafada de ese lugar de serenidad donde, se supone, es óptimo tomar las decisiones y ejercer el poder.
Poder entendido en sus múltiples acepciones. Implica al submundo partidario, las intrigas, los acuerdos silenciosos; pero también la realidad técnica de gobernar: lo que va desde recolectar residuos hasta definir qué dependencias deben mantenerse abiertas para que, por ejemplo, un intendente llegue hasta lo más profundo de su territorio.
Están corridos y es entendible, la pregunta -entre otras- es si les afecta negativamente a la hora de mandar. Y la pregunta también es si su propia preocupación, que más que nada es electoral, no les hará paradójicamente perder en 2027.
El enojo, lo rojo que se puso el cornejismo con las cifras que difunde Petri. A las que acusa de estar no solo financiadas sino infladas. Un enojo que arrancó días atrás con la circulación doméstica de los números, pero que habrá aumentado este lunes cuando los vieron, levemente distintos, hay que decir, publicados en un diario con la explosión y llegada de Clarín.
Pero la virulencia con las encuestas no es exclusiva de esa guerra interna: a veces hasta los propios equipos de los intendentes, cuando los ven demasiado arriba, nos llaman para decirnos “ojo que esto está tocado: la gestión ni por casualidad mide eso”. Por supuesto, son llamados de interesados en que trastabille el de arriba porque después vienen ellos.
Fenómeno que nos lleva a otro gran punto de esta política tan al borde, tan en estado de estridencia: la desconfianza terrible en los que los rodean a nuestros políticos mendocinos. A los que tienen enfrente y a los que tienen abajo o a los costados. Con esos, de hecho, es mucho peor: les cabe mayor recelo aun.
Y sí, ha pasado siempre. Es parte de ser dirigente pensar que se viene la zancadilla y estar pensando también en zancadillas que se darán al prójimo. Pero hay tanto desencanto con la política en general, ha mutado tanto el paradigma en ese aspecto (por ejemplo, imágenes positivas que antes estaban estandarizadas por encima de los 60 puntos hace diez años, hoy prácticamente no las tiene nadie; es decir, bajaron los techos de todos los dirigentes), y es tan efímero el respaldo de la ciudadanía, que puede votarte, pero seis meses después querer tirarte por la borda; que si encima los propios te juegan en contra o tenés una interna a cielo abierto, todo es más peligroso.
Porque juega además otro ingrediente en este combo: la plata. Fondos que no alcanzan para nada en las comunas, necesidad de hacer ajuste sobre el ajuste, sobre el ajuste anterior, y con la sola esperanza no de salir a flote total, de hacer la plancha por unos meses, sino de que el ajuste que viene (en enero, en marzo, en junio) no tenga que ser tan agresivo como este. A eso, en las comunas, se suman antecesores que quieren hacer la comparativa con las gestiones actuales, las suyas, y dicen: “Epa, cuando yo gobernaba tenía tres masas salariales guardadas. Este que me reemplazó a mí está pidiendo la escupidera en el Barrio Cívico desde hace dos trimestres”.
Sí. Es cierto. Pero vos no tenías esta recesión económica totalmente antirrecaudatoria, con cierre del grifo de la coparticipación nacional afectando las arcas provinciales y el desvanecimiento casi total de la obra pública nacional en los municipios. Eso podrían decirle los crispados, asustados, intendentes de la actualidad.
Y horas atrás se dio uno de los grandes ejemplos de esta situación de política con nervios alterados. Ustedes sabrán que el ministro Luis Caputo anunció el martes cuatro medidas de alivio para las pymes, que involucran la recaudación también de las provincias.
Antes que pase nada más tras esos anuncios, salió Luis Petri con su equipo legislativo, y presentó un proyecto de ley en Mendoza para que la provincia haga lo mismo. Fue una doble mojada de oreja, porque primereó, al menos en el discurso, al Ejecutivo, y porque encima dijo “lo que te perdona ARCA no te lo puede embargar ATM al día siguiente”. “Esto lo vienen pidiendo los empresarios hace rato”, agregó.
Lo que se desató ahí lo conoció como pocos Rosana Villegas, de nuestro equipo. En el Ejecutivo provincial la jugada cayó como ácido. La reacción fue visceral: bronca por la intromisión, porque, aseguran, ya tenían ellos diseñado el proyecto, y acusaciones de que en esa vereda de enfrente estaban haciendo más una jugada táctica de campaña que exhibiendo genuino interés por el futuro de esas empresas y sus trabajadores.
Finalmente, salieron casi de inmediato con un proyecto justamente en ese sentido, lo anunciaron y lo mandaron a todas las redacciones y redes. Rápidamente.
Pero las intrigas no terminan ahí, porque el petrismo en lo interno reaccionó a esto y dijo a algunos interlocutores: “¡Miren! El proyecto es una idea nuestra, al menos lo presentamos antes, y no nos nombran!”
A esta altura, hay que preguntarse por qué hay un oficialismo ficticio en la Legislatura de Mendoza. Es decir, por qué contabilizar al sector de Petri en el interbloque oficialista, si está librando una guerra fría que es cada vez más intensa, con proyectos cruzados y con mensajes a la prensa.
Quizás no lo saben, pero así no funciona -según creemos- un bloque parlamentario virtuoso. Igual, hay que ver si seguirán siendo un conjunto.
Como sea, lo dramático de esto es que si la agenda política ya estaba corrida de lo que le importa al grueso de los ciudadanos, esta etapa de mayor histeria comenzó a sobregirar esas distancias. Nada de todo esto que acabamos de leer le llega al gran público. Al que tiene los votos que a la política le interesan. Nada de esto les llega ni nada de esto les incumbe, a decir verdad. Es todo para el microclima político.
Pero sí sirve esta etapa para preguntarse: estar tan sacados, tan al borde como parecen, ¿les permite gobernar de la mejor manera posible? ¿Les permite armar la mejor estrategia para el año que viene? ¿Elegir al mejor sucesor? ¿Definir -bien- si jugar o no jugar? ¿Rodearse de la gente verdaderamente óptima?
¿Aparecerá en esta etapa, un elemento “darwiniano” en la política respecto a esto? ¿Que el que más logre tener tranquilidad y “sangre fría adentro del área” (diríamos los futboleros) sea el que, entre otras virtudes, mejor llegue a la instancia que viene?
Ya sabemos que esto pasó toda la vida. Que siempre la política se cimentó sobre tensiones, desconfianzas y ambiciones exaltadas. La diferencia actual es la sobrecarga emocional: hay dirigentes que han dejado de ver al otro como un rival coyuntural para pasar a detestarlo a título personal. Y se les nota.
Ojo. Como dice mi madre (siempre hay que escuchar las frases de las madres), en el juego y en la vida -quizás habría que agregar también en la política- el que se calienta…
Pierde.
En pocas palabras
- Histeria política: la dirigencia mendocina atraviesa una etapa de crispación exacerbada, evidenciada en encuestas y tensiones internas.
- Desconfianza y elecciones: la falta de confianza mutua y la preocupación electoral afectan la toma de decisiones y la estrategia para 2027.
- Impacto financiero: la escasez de fondos y la recesión complican la gestión comunal, generando conflictos por recursos y anuncios.


