La máscara destiñe, Donald

Me detengo a ver fotos recientes de Donald Trump (74). Son muy llamativas. Su cara aparece con una evidente capa de maquillaje símil tostado. Sin embargo el enfoque de la imagen deja al descubierto zonas aledañas a las orejas y al cuello donde lo que se ve es la piel natural, lechosa, del presidente de los Estados Unidos.

En la imagen que abre esta columna, por ejemplo, se nota la diferencia entre la piel de la mano y de la bolsa de los ojos con la del resto del rostro. El contraste impacta y deja la duda sobre si es más verdadera la máscara o la realidad. Los empastes faciales han comenzado a desteñir.

Uno tiende a creer que después de estos tres años y medio de Trump en la Casa Blanca será casi imposible que en los años venideros los Estados Unidos vuelvan a tener a un presidente tan impresentable como éste. Pero posiblemente estemos errados. Las calamidades suelen venir con una especie de garantía que prevé que esos males puedan retornar cuando menos se los espera.

¿Con tu hermana, qué te parece?

El Partido Republicano, que por estos días hace su convención nacional para ratificar a Trump como candidato a la reelección presidencial, ha tenido que lidiar con declaraciones demoledoras de la propia hermana del Presidente, Maryanne Trump, quien en una grabación lo define como "cruel y mentiroso", es decir, nada nuevo, pero que en boca de gente de su propia sangre adquiere un voltaje superlativo. Hace una semana murió Robert Trump (71) el hermano menor de Donald. Sus familiares llamaban al hoy extinto "el Trump agradable".

Buena parte de los analistas políticos estadounidenses, incluso algunos con afinidad republicana, ya han comenzado a advertir de que las chances de reelección se caen a pedazos. El impacto del coronavirus sobre la economía de ese país, la caída estruendosa del empleo y la forma grosera para sobrellevar la pandemia muestran a un mandatario sin tacto, sin equipos sólidos, y que desconoce los matices políticos para conducir un barco en la tormenta.

Costará mucho tiempo olvidar las imágenes de Nueva York convertida en una metrópoli zombie, o de ver a diario a ese mandatario descosido tuiteando barbaridades y bravuconadas que enervaban los ánimos en medio de una tragedia sanitaria.

Si hay algo que Estados Unidos necesitaba en momentos como éstos era un estadista. En cambio se ha floreado un mercachifle que ha querido imponer en su Presidencia los mismos ardides que utilizaba en su vida cotidiana de magnate.

Trump es despreciado por sus pares políticos más sensatos de todo el mundo, que no sólo se asombran ante tanta temeridad sino particularmente ante la contundente ignorancia de un mandatario que tiene influencia sobre el resto del mundo.

Bendito sistema

La democracia norteamericana posee entre sus méritos el de haber generado un sistema institucional sólido que no cualquiera puede usar según su conveniencia. El sistema político de EE.UU. no es un traje a medida que trae cada presidente, como ocurre en otros países (el nuestro sin ir más lejos) donde el titular del Ejecutivo pisotea los otros poderes del Estado. El sistema es la Constitución y sus enmiendas.

Muchos piojos podrá tener ese país, sin embargo es una nación previsible, donde el Estado fija normas y guía, pero donde la riqueza la generan los ciudadanos y las empresas. ¿Cómo se entiende que durante el último siglo haya habido tanta gente interesada por instalarse allí y generarse un ascenso social que sus países de origen le niegan? ¿Por que será que nadie quiere irse a Vivir a Cuba o a Rusia o la China?

El sistema político norteamericano (el Congreso, la Justicia, la prensa, las organizaciones civiles, las universidades, los órganos de control) es el que le ha impedido a un paquidermo como Trump hacer trizas el bazar democrático de ese país. Buena parte de las locuras irritantes que prometió en su campaña, en especial las de los muros gigantescos para encerrar el país o las aberraciones contra inmigrantes, fueron desarmadas por la templanza y el criterio.