Para el común de la gente Martín Lousteau es más famoso por sus romances con actrices que por su actuación y proyección partidaria. Este economista, típico exponente de las usinas políticas porteñas, parece más joven, pero ya tiene 51 años. Pregona una renovación que muchos no saben de qué se trata. Y tiene como operador político al Coti Nosiglia, adalid de la tramoya partidaria.
Lousteau rompe el bloque radical y alegra al Instituto Patria
No siempre Lousteau fue radical. Prefiere definirse en algunos ámbitos como "un socialdemócrata moderno". Hace unos años trabajó para el peronismo como funcionario del gobernador bonaerense Felipe Solá y luego fue ministro de Economía nada menos que de Cristina Kirchner en la primera presidencia de la dama. Fue en ese momento cuando una disposición de Lousteau, "la 125", desató la famosa "guerra con el campo".
Cristina creyó que iba a ganar esa contienda porque imaginaba al pueblo de la Nación encolumnado en contra de "la puta oligarquía". Aquella Presidenta parecía desconocer las nuevas conformaciones productivas y la modernización del agro, uno de los pocos sectores realmente adaptados al cambio y a la tecnificación para poder vender con éxito al exterior.
Lo que realmente ocurrió fue al revés. La clase media se encolumnó detrás del entonces vicepresidente Julio Cobos quien, a pesar de ser socio del gobierno, votó en contra de la ley que iba a instaurar "la 125" y logró frenar así una explosión social
Inexperiencia
Lo de Lousteau en el kirchnerismo duró unos pocos meses porque su inexperiencia de gestión lo llevó a generar el sonoro conflicto con el agro a partir de la famosa Resolución 125, aquella que elevó los gravámenes a los productores de soja y dispuso que aumentaran automáticamente cada vez que subía la cotización de "ese yuyo", según la calificación despectiva de Cristina sobre la soja.
Sin embargo, todos los años la producción de soja vuelve a ser uno de los escasos sectores económicos que salva a los gobiernos populistas cuando necesitan dólares.
Cristina cuenta en su libro de memorias "Sinceramente" que Lousteau les hizo creer a ella y a su entonces jefe de Gabinete Alberto Fernández que no iba a haber ninguna reacción peligrosa en el campo por la 125. "Me acuerdo como si fuera hoy de aquella reunión. Estábamos Alberto, Lousteau y yo. ¿Estás seguro de que no va haber problemas con esto?", le preguntaron. Lousteau muy seguro contestó: "No, a ellos la soja no les interesa. A las patronales agropecuarias sólo les importan las retenciones al trigo y al maíz". Cristina jura por sus tres nietos y sus dos hijos que la anécdota es cierta.
¿Entonces?
Bastó que el radicalismo comenzara a recuperar espacio propio en la política nacional veinte años después de la debacle a la que nos llevaron De la Rúa y Cavallo; bastó que los radicales hubiesen cumplido su papel en el gobierno de coalición con el macrismo y el partido de Carrió; bastó que entendieran que será un proceso lento e inteligente el que los lleve a pretender una postulación presidencial en el 2023 (siempre dentro de Juntos por el Cambio); y, sobre todo, bastó que ésta coalición opositora le ganara las PASO y las legislativas a Cristina y Alberto, para que empezaran a salir los Lousteau, agrandados como galleta en agua.
Pareciera que algunos radicales han retomado por estos días la que fuera una de las pasiones constitutivas de ese partido: el internismo feroz, que estuvo apaciguado durante el gobierno de Cambiemos. Ahora la pelea está activada porque el 17 de diciembre se elegirá el nuevo conductor partidario de la UCR a nivel nacional que suplantará a Alfredo Cornejo. Lousteau es uno de los que se postula; el otro es Gerardo Morales.
Lousteau, que siempre ha posado de libre pensador, se hace ahora un principista de la Revolución del Parque y recita -como un Alem redivivo, enrulado y con chupines- el antiguo "que se rompa, pero que no se doble" que postula el Himno Radical. Ese mantra dogmático es hoy un lastre, al igual que lo es desde hace décadas el "combatiendo el capital" de la Marchita peronista.
Suarez, mojado
Como una forma de consolidar sus deseos imaginarios de dirigir la UCR nacional, Lousteau juntó a un grupo de los nuevos diputados que le responden, rompió el bloque de la UCR, como si fuera una reacción por haber perdido las elecciones. Que alguien le avise que ganaron. Sólo logró que lo siguieran 12 apóstoles. Los otros 33 se quedaron con el bloque oficial de la UCR que seguirá conduciendo el cordobés Mario Negri, al que Lousteau tilda de ser la vieja política.
Hasta Alfredo Cornejo, que compartía algunas ideas críticas de Lousteau, rápidamente se abrió de ese disparate de romper el bloque de Diputados nacionales. El golpe de Lousteau podrá tener algún efecto en los pasillos partidarios, pero ninguna consideración positiva en la ciudadanía argentina.
La reciente pelea a los gritos entre el gobernador de Jujuy Gerardo Morales y el senador nacional Martín Lousteau en la sede de la UCR nacional, a la que habían sido convocados por Cornejo para limar asperezas, terminó casi a las piñas, con gestos de compadrito por parte de Morales y hasta el revoleo de un vaso con agua cuyo líquido fue a parar hacia la camisa del gobernador mendocino Rodolfo Suarez, presente en la reunión partidaria.
Conclusión: justo cuando la UCR empezaba a sentar una mayor presencia política dentro de Juntos por el Cambio, Lousteau les pateó la mesa y quebró el bloque radical de Diputados. Sus inesperadas y ridículas chambonadas han sido celebradas con fruición en la Casa Rosada y el Instituto Patria.
Hay gente sobrevalorada. Martín Lousteau es, en la política, uno de ellos.




