Desde que asumió el 10 de diciembre de 2015, Mauricio Macri -como todos los presidentes lo hicieron y lo harán porque es una regla de la política-, intentó instalar la imagen con la que quiso que lo recuerden por su paso en el poder: quería quedar como el jefe de Estado que cambió la historia argentina con "el mejor equipo de los últimos 50 años", que llegó para "terminar con las crisis pendulares de inflación" y el objetivo de "pobreza cero".
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Pero con todos los números de la economía en contra y a días de entregar el poder a otro presidente electo democráticamente, Macri quedó atrapado en un vacío de autoridad que se reflejó en la necesidad de recordarles a sus propios socios de la alianza Cambiemos, y a su Gabinete, que él es el que manda.
Les dijo que sigue siendo "el jefe supremo de la Nación, jefe del Gobierno y responsable político de la administración general del país".
La frase no fue pronunciada en ningún discurso ni conversación política con la oposición en medio de la transición, sino impresa en el final del decreto 785/2019 firmado este viernes en el Boletín Oficial por Macri y acompañado por su jefe de Gabinete, Marcos Peña, y la ministra de Desarrollo Social y Salud, Carolina Stanley.
Así termina Macri, quien atravesó el último año surfeando la grave crisis económica y recalculando la inflación, con ajuste de tarifas y suba de tasas de interés para llegar al déficit cero prometido al FMI. Dejará el gobierno con la economía en recesión, una pobreza que superará el 35% y medidas de alivio al bolsillo de la gente, como el congelamiento de precios para evitar desbordes sociales, pero contrarias a su pensamiento.
Acciones que van quedando sin efecto a medida que se acerca el traspaso de mando, con una administración pública casi paralizada.
Entre la crisis económica, la polémica por el aborto y el vacío de poder
La realidad de la crisis económica reflejada en las urnas llevó a Macri a abandonar el discurso del mejor equipo de los últimos 50 años. Y pasó del objetivo no cumplido de pobreza cero a un nuevo objetivo por el cual quiere ser recordado en la historia, pero que parece no terminar de encontrar.
La movilización de apoyo a Plaza de Mayo del 24A le trajo una bocanada de aire fresco que le permitió relanzar su candidatura a la reelección con el slogan "Sí, se puede" que recorrió el país y la promesa de mejorar la economía en un segundo mandato. Eso lo llevó a pasar del 34% del apoyo del electorado en las PASO a casi el 41% en las elecciones generales del 27 de octubre.
Entonces, el nuevo objetivo fue instalarse como el indiscutido futuro jefe de la oposición a partir del 10 de diciembre ante el retorno del peronismo (su archienemigo) al poder. Por eso, mantuvo la grieta a partir de renovadas críticas al kirchnerismo con eslóganes como "la defensa de valores como la república, la lucha contra la corrupción y contra el autoritarismo del populismo".
Cuando todo parecía acomodarse en la "transición ordenada" con su sucesor electo, Alberto Fernández, Macri se lanzó de lleno a mostrarse como el dueño del 41% de los votos de la coalición Juntos por el Cambio. Pero la grieta interna con la UCR adormecida en el período electoral se volvió a desatar como pasó en los cuatro años de gobierno, aunque Macri ya siente el efecto de la falta de billetera y lapicera.
El escándalo por la famosa resolución del protocolo de aborto no punible publicada en el Boletín Oficial por Adolfo Rubinstein, el radical ex ministro de Salud devenido a secretario, le impuso a Macri una medida de tal impacto político y social que reflejó no solo una desautorización de un funcionario de segundo rango al mismísimo presidente, sino un pase de facturas de sus principales socios del radicalismo, que se quejaron durante todo el mandato por los destratos.
El bloque de diputados de la UCR salió a apoyar públicamente a Rubinstein, quien terminó renunciando el mismo viernes pero que remarcó sus diferencias con el estilo de liderazgo de Macri.
Así, la solemnidad y legalidad del Boletín Oficial quedó salpicada por primera vez en la historia, en medio de rencillas internas de la alianza de gobierno que anticipa un desconocimiento de los socios del radicalismo a la intención de Macri de erigirse como único jefe de la oposición. Además, ya le anticiparon que de seguir juntos, le van a discutir una conducción colegiada y más horizontal.
Macri y el dilema de la coalición
Cambiemos nació primero como coalición parlamentaria opositora al gobierno de Cristina Kirchner. Cuando llegó al poder, las diferencias partidarias se mantuvieron siempre con límites bien definidos: Macri, como presidente electo, aclaró que el que gobernaba era el PRO; que la UCR y el resto de los aliados aportaban gestión, y poder territorial y parlamentario, acompañando.
En ese escenario, la UCR solo tuvo derecho a discutir políticas en una mesa chica ampliada pero cuya autoridad desde el Poder Ejecutivo Macri ejerció siempre de manera extremadamente vertical, de la mano de su álter ego, Marcos Peña. Sólo abrió el Gabinete a un puñado de dirigentes radicales y de la Coalición Cívica de Carrió.
Ese esquema le funcionó a la perfección hasta ahora. En ninguno de los cambios de Gabinete tuvo conflictos, ni siquiera en uno de los peores momentos de la crisis económica, cuando en agosto de 2018 se vio obligado a reducir de 20 a 10 la cantidad de ministerios. Fue cuando Salud, con Rubinstein a la cabeza, bajó del rango de Ministerio a Secretaría dependiente del ministerio de Desarrollo Social. Una factura que hasta ahora nunca le había pasado el radicalismo.
Poco a poco, la cercanía del traspaso del poder le fue mostrando a Macri saliente otra realidad: una transición muy larga pero "tranquila" a la que apela en última instancia al legado de convertirse en el primer presidente no peronista en la historia argentina en entregar el bastón y la banda a uno de otro partido elegido democráticamente, Alberto Fernández, en tiempo y forma, y sin crisis en las calles. ¿Será ese su legado?



