A la amplia de gama de peronistas que conforman el gobierno nacional no los une precisamente el amor. Lo mismo ocurre en la variopinta amalgama de radicales, macristas, lilistas y ex peronsitas del opositor Juntos por el Cambio.
Ambos bandos deberán intentar sofocar sus espantos internos. Tanto el oficialismo como la oposición se verán ante esa disyuntiva si es que quieren llegar con chances de triunfo a octubre del año que viene, cuando se vote en las elecciones legislativas.
Ese mes de 2021 suena como si fuera de aquí a la eternidad, sobre todo para el peronismo kirchnerista. Ni el gobierno, que está adentrándose en una peligrosa grieta interna (en la que el cristinismo busca marcar la cancha a Alberto Fernández), ni tampoco la coalición opositora (que también exhibe un fuerte reacomodamiento para consolidar el posmacrismo) tendrán chances si sufren divisiones y desbandes muy ostensibles.
Relojear el futuro
Quien gestiona está siempre más expuesto al desgaste, pero tiene a su favor el manejo de la caja del Estado y la posibilidad de exhibir gestión. Alberto Fernández mantiene todavía un alto nivel de aprobación por su manejo de la pandemia, a pesar de que es creciente el reclamo ciudadano para que se ocupe con similar celo de la reactivación económica.
La coalición Juntos por el Cambio, ya sin la tutoría excluyente de Mauricio Macri, debe sostener y acrecentar el 41% logrado en las últimas elecciones para lo cual es necesario aceitar una posición de criterioso control sobre la Casa Rosada pero sin caer en un antiperonismo de maqueta.
En ambos casos se necesita menos gente crispada y más dirigencia pensante. La ciudadanía debe percibir que tanto la pandemia como la debacle económica se van a remar mejor en un mar en el que exista una tregua política más moderna. Vivir en la crisis constante no puede seguir siendo la "normalidad" argentina.
Si en el gobierno es un mandato el mantenerse unidos, en la oposición debe ser un ultimatum. Ahora le llaman "masa crítica" al resultante de las tormentas de ideas que unos y otros deben burilar para demostrar que están conectando con la realidad.
Pues bien, esa masa crítica debe estar muy sazonada, en los dos bandos, con el elixir del consenso. La polarización dentro del gobierno o de la oposición no es un arma que vaya a garpar cuando la sociedad esté saliendo de la pandemia.
Con fuegos así...
La estrategia del conflicto permanente debería reverse, al igual que esa normalización del insulto o de la soberbia, apañada por el campo de linchamientos en que se transforman a veces las redes sociales.
Máxime ahora que parece que vuelve a usarse el "fuego amigo". El nuevo exabrupto de Hebe de Bonafini contra el Presidente excede cualquier razonabilidad. Estamos otra vez ante una mujer violenta que ha rifado cualquier respeto que se le pudo haber tenido por su lucha por los desaparecidos. Es una pena que no sepa vivir en democracia, a la que dinamita cada vez que abre la boca.
En el caso de las críticas que hizo la vicepresidenta Cristina Kirchner, por elevación, a Alberto Fernández, el asunto tiene otro tenor muchísimo más delicado.
La segunda autoridad del Gobierno cuestionó en las redes sociales la estrategia de la Casa Rosada de acercamiento y diálogo con sectores empresarios con motivo del 9 de Julio. Pero en lugar de decirlo directamente, lo hizo elogiando con fervor una nota de opinión del columnista Alfredo Zaiat, de Página 12, diario de conocida filiación kirchnerista, en la que se hacían duras criticas hacia la estrategia de consenso del Ejecutivo nacional.
Amor y espanto le producía a Borges hablar de Buenos Aires. Esas contradicciones le hacían, sin embargo, quererla mucho. El poema que contiene esa famosa dualidad arranca con otro verso que se podría aplicar a la política: " ahora es como un plano de mis humillaciones y fracasos".
