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Análisis y opinión

El Rulo Cafiero promete que como canciller será receptivo a las críticas

Opaca y saltona fue la gestión de Santiago Cafiero en la Jefatura de Gabinete. Ahora que es canciller ha prometido que estará abierto a recibir críticas

En los días previos a que Santiago Cafiero jurara como jefe de Gabinete de Alberto Fernández, una extensa entrevista en La Nación lo mostró, sobre todo ante la ciudadanía independiente, como un político "pico de oro", con varias respuestas interesantes en las que sugería algo de modernidad en el discurso peronista y un intento de acercamiento a la clase media con promesas de tolerancia ideológica.

Allí Cafiero nos decía que Alberto iba a tomar las riendas del gobierno y nos iba a sorprender. Cristina Kirchner se iba a limitar a manejar el Senado de la Nación, pero sobre todo iba a ser la gran asesora, la mujer de consulta por su experiencia de gestión en la Casa Rosada. Cafiero descartaba de plano el doble comando en el Ejecutivo y lamentaba esos términos hirientes de la oposición que le auguraban al entonces presidente electo un futuro de triste vicario.

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Cafiero había establecido pocos años antes una duradera amistad con Alberto Fernández. Eran épocas en que ambos militaban una nueva renovación peronista por fuera del kirchnerismo. Pegaron onda. En 2017 apoyaron a Randazzo y les fue para el traste. Dos veces quiso Cafiero ser intendente peronista de San Isidro, ese sitio amable y señorial donde se crió y aún vive, pero perdió como en la guerra ante el radical Gustavo Posse. También tuvo un cargo con Scioli en la Provincia, nada relevante que hiciera pensar que iba a terminar siendo el jefe de Gabinete del Frente de Todos, un puesto que, como muchos preveían, le quedó holgado.

Enrulado

Diecinueve meses duró su gris gestión en la Jefatura de Gabinete que él trató de disimular con aires de compadrito perfumado y enrulado. No pudo esconder las asperezas típicas de quien debe demostrar cualidades de carácter que aún no ha generado del todo. Si no hubiera existido la pandemia, la presión del kirchnerismo lo hubiera eyectado mucho antes, ya que nunca aprobó su nombramiento.

La derrota del Frente de Todos en las recientes PASO y la posterior carta al país en la que Cristina le dictó al Presidente lo que debía hacer, obligó a Alberto a tener que transar la salida de su amigo de la Jefatura de Gabinete. Pero el Presidente no lo dejó en banda. Lo reubicó como canciller de la Nación en Relaciones Exteriores.

Ese es un rubro en el que no le conocíamos mayores incursiones. De cualquier forma, ya se sabe que el peronismo no le niega a nadie del palo un puesto de canciller, total ahí hay un montón de funcionarios de carrera que pueden salvarle las papas a un recienvenido. El anterior ministro del área, Felipe Solá, al que echaron de manera desacomodada mientras volaba a México a representar al Presidente, no dejó precisamente buenos recuerdos.

El "receptivo"

Cafiero, habitualmente áspero y saltón con periodistas y con cualquier opositor, al asumir ahora como canciller volvió al papel prometedor de diciembre de 2019 y se mostró componedor y templado. Dijo por ejemplo que "ésta gestión nos va a encontrar siempre receptivos a la crítica constructiva, siempre con capacidad de escucha y de reflexión ante cualquier decisión que se vaya a tomar o ante algo que se pueda corregir". Prometió también que no iban a primar en su gestión "cuestiones ideológicas".

A Felipe Solá al principio le dejaron hacer una tibia crítica a la autocracia de Venezuela, pero a los pocos días lo obligaron a cambiar ese espiche y a olvidarse de cuestionar a Maduro, a Cuba y a Nicaragua. No sólo eso: la Cancillería debió mirar para otro lado cuando fueron nombrados en el gobierno de Irán algunos de los principales acusados por el atentado a la AMIA en Buenos Aires; y mostrarse a favor del violento grupo Hamas en la reciente disputa con Israel.

El nuevo canciller ha reafirmado que tiene corazón "pejotista" como su abuelo Antonio Cafiero (quien fue interventor federal en Mendoza durante el gobierno de Isabel Perón) y como su padre Juan Pablo Cafiero (que fue ministro de De la Rúa como integrante peronista del Frepaso).

También ha asegurado que como canciller hará una fuerte defensa de los derechos humanos en todo el mundo. Pregunta que se cae de cajón: ¿Cómo se las arreglará para no decir nada ante las tropelías de Putin en Rusia, del PC de China, de la teocracia de Irán o de la falta de democracia en Cuba, todos ellos amigos de este gobierno?

El librero

Cafiero ha prometido también que jerarquizará en la agenda diplomática la economía del conocimiento para conquistar nuevos mercados para las empresas y pymes tecnológicas de la Argentinas así como de los "unicornios" como les llaman a las firmas de base digital tipo Mercado Libre. En ese rubro deberá esmerarse porque ha habido una conocida desconfianza de sectores del kirchnerismo hacia algunas de esas firmas. Es raro, pero Cafiero fue la persona que la ínclita Lilita Carrió eligió para mandarle un mensaje personal el miércoles posterior a la elecciones, "a pesar de todos sus errores y defectos", según le decía. Fue cuando el país pendía de un hilo por la entonces irresuelta disputa entre el Presidente y su segunda. En la misiva Carrió le pedía que "resistieran" ante el embate del Kirchnerismo porque lo que Cristina buscaba era separarse de la derrota y achacarle todos los males al mandatario en una especie de golpe de Estado. "Si el Presidente resiste, todo esto pasará" le indicaba al sanisidrense.

Este licenciado en Ciencia Política por la UBA dice haber sido simpatizante y luego militante peronista desde la escuela secundaria y haber sufrido un fuerte bajón cuando Scioli perdió las presidenciales de 2015 a manos de Macri. Ahí hizo un parate para reacomodarse y durante dos o tres años se puso una librería en el centro de San Isidro con el objetivo de empezar a olvidarse de la política. En eso eso estaba cuando conoció a Alberto Fernández. Eran días en que los dos podían decir sin problemas que eran antikirchneristas.