El lunes vamos a ser un país distinto. El lunes, con los escombros de todos estos meses todavía calientes, habrá una Argentina nueva.
El lunes hay que reconstruir todo esto
¿Pero será mejor o peor que esta? ¿No nos irá a salir –frustrantemente- parecida a la actual? Depende de cómo votemos el domingo, eso es una obviedad. Pero también depende, y quizá mucho más, de lo que nosotros mismos hagamos a partir del lunes. De lo que construyamos, de lo que re-construyamos y de cuánto nos comprometamos con ese nuevo país en ciernes.
Empecemos por un dato de la realidad: el lunes, la mitad del país va a estar enojada. A cifras de hoy, gane quien gane, el 50% de la ciudadanía no sólo se va a sentir mal con los resultados, sino que, peor aún, se va a sentir asqueado y traicionado por sus propios pares.
Y sí. Hay y habrá cosas dañadas. Y el lunes será el día uno para ponerse a reconstruirlas.
La mismísima representación política está rota. Y hay muchos motivos y muchos ejemplos. Uno: hay entusiastas de Javier Milei que lo votan, pero pensando en que, en realidad, no va a cumplir con todas sus propuestas.
“Síii... Dice eso, pero no lo va a hacer, en realidad”, creen.
Es extraño, porque ya nos ha pasado antes que venga un candidato y no cumpla con todo lo que nos prometió. De hecho, nos ha pasado siempre. Pero que votemos convencidos a alguien sin confiar en su palabra de antemano, sabiendo desde antes que está vacía o que es al menos demasiado relativa, es raro. Creo que inédito.
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Otro motivo por el que está dañada la representación es que gran parte del país se siente obligada a votar al “menos peor”. Lo sabemos: buena porción de la Argentina -la mayoría, si se toman datos de la primera vuelta- se ve conminada a tragarse el sapo y a salir del cuarto oscuro cruzando los dedos. Su único deseo al votar es que no gane el otro.
Y puede ser lógico en un balotaje; nada de qué sorprenderse. Pero fijémonos en esto: muchos de los que van por Massa y muchos de los que van por Milei lo van a hacer bajo la misma premisa el domingo: “Lo voto porque no me queda otra”. “Lo apoyo porque votar al otro me parece inimaginable para mi modo de ver las cosas”.
Los dos grupos sienten lo mismo.
Una legitimidad basada en el descarte tendremos el lunes. Una parte de ella, al menos.
Así que sí. La representación política será uno de los grandes elementos a reconstruir. Su rol y su vínculo para con nosotros se ha depreciado en cierto modo. De hecho venimos de ver una alianza confeccionada de forma súbita, en una medianoche. Si pensamos en la convención de Gualeguaychú; en todos los actos y maniobras que hicieron los radicales antes de aliarse con Macri en 2015, esta cosa automática de ahora no puede menos que llamarnos la atención.
La política misma, los grandes partidos, también estarán ante su metamorfosis y reconstrucción. Positiva, probablemente. Porque los espacios más fuertes habrán soltado por fin a sus dos anclas, a sus dos yunques:
Por primera vez en 20 años, el peronismo no estará ante un liderazgo “K”. Y es muy interesante saber qué hará, el que tal vez sea el movimiento más convocante del país, bajo una cúpula diferente a esa que tuviera por décadas. Bajo una mística y una forma de conducción diferentes.
Y Juntos por el Cambio también afronta un proceso parecido: la emancipación de Macri por parte de los radicales, por fin; luego de tantas veces pronosticada. Será interesante también saber a qué puerto los lleva. A ellos y a la coalición.
Menciono ambos procesos porque son más importantes de lo que parecen. Porque la Argentina que despunta en el horizonte- alguna vez Raúl Alfonsín lo dijo con estas mismas palabras- necesita soluciones construidas entre todos. Transversales. Y esos dos nombres -Macri y Cristina- rompen toda cooperación posible. Restan. Porque representan una concepción en la que el carozo de la política es el conflicto.
Y no. El carozo de la política es laburar.
Por último, el lunes habrá que reconstruir también el rol del Estado. O al menos su imagen ante el grueso de la Argentina. Es esa la discusión de fondo.
Porque el Estado estará ante su “día después”: sus primeras 24 horas de sobrevida al debate que lo tuvo como núcleo durante meses.
Es cierto; en juego hay dos modelos de país: el privatista contra el estatista, podríamos simplificar. Y ya lo he dicho muchas veces en esta misma columna: con la condición de liquidar sus excesos, sus derroches y su uso político, voy a seguir prefiriendo un Estado que nos dé las mismas garantías que nos brinda hoy.
Ahora, eso sí: en esta sobrevida, tal Estado tendrá que volver perentoriamente a las bases. Recodarle a muchos, a todos aquellos que hoy dudan, por qué es fundamental. Refrendar que en este país -el nuevo, el que viene- el sistema público puede ser un faro y volver a estar entre los mejores del mundo.
Dejar de ser, para buena parte de la opinión pública, ese animal indómito, esa constelación de oficinas y burócratas que sólo regala plata. Y volver a ser y mostrarse como una entidad ordenada.
Que regala, sí. Pero lo imprescindible o lo inaccesible: tratamientos contra el cáncer; internaciones; remedios incomprables para enfermedades indeletreables, o un pupitre en frente de una maestra, aunque estén los dos en el medio de la nada.
El lunes nos tocará ser implacables para que esa vida virtuosa del Estado no vuelva a ser pervertida por chorros o malos administradores.
El lunes empieza otra Argentina. Lo que hagamos con ella definirá si cumple con nuestras esperanzas: si logra ser culta, menos pobre y más justa.
En otras palabras, si al reconstruirla logramos que sea distinta.
Y que no se parezca, ya patológicamente, a las otras Argentinas que nos decepcionaron.
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