Para los políticos es muy difícil hacerse los locos o los rupturistas al cuete en un país con sus instituciones consolidadas. El ejemplo límite sería el de Donald Trump. Y en el plano local, lo más actual podría estar en los avatares del gobernador bonaerense Axel Kicillof.
El estrafalario mandatario norteamericano no ha podido llevar a cabo buena parte de sus chifladuras porque el sistema político de ese país lo ha ido poniendo -de a poquito- en caja.
Kicillof quiso entrar a la Casa de Gobierno de La Plata pateando puertas (metaforicamente hablando) y tratando de que la Legislatura le votara casi de prepo una ley contra "los ricos y los grupos concentrados" para sanear las cuentas.
El canchero gobernador de la provincia de Buenos, fue obligado a hacer un curso acelerado de realidad y de política práctica. Y como no es ningún pavo, sino un tipo inteligente pero con sobredosis de altanería, supo a tiempo que debía bajar al llano del debate y el consenso. Y así logró sacar la ley que necesitaba aunque desprovista de exageraciones ideologistas.
Ahora, y como no puede con su genio, insiste con sus discursos gallardos en los que amenaza con ir a un default si no le aceptan sus condiciones para pagar la deuda bonaerense.
Bajá la cresta
El propio presidente Alberto Fernández y el ministro de Economía de la Nación, Martín Guzmán, han debido apelar a contactos reservados (y otros no tanto) para bajarle el copete verbal a Kicillof, máxime ahora que la Casa Rosada debe comenzar las tratativas "duras" con el FMI para "reperfilar" los pagos de la deuda.
Es que una cosa era hacerse el gallito como ministro de Economía de Cristina Kirchner o como diputado kirchnerista y otra, harto diversa, querer imponerle leyes manu militari a una Legislatura donde aún hay un Senado con fuerte componente del ex Cambiemos.
Es lo que le ocurrió a Cristina Kirchner cuando tras el triunfo aplastante que la reeligió en 2011, cometió el pecado de creer que eso la habilitaba para "ir por todo".
¿Lo que se te cante?
Donald Trump, uno de los presidente más desorbitados que registra la historia mundial, empezó su gestión con insoportables bríos en los que aseguraba que iba a hacer lo que se le cantara.
Pero de a poco, haciéndose el distraído, como los perros al mantener una situación de acople sexual, tuvo que ir bajando el copete (no la lengua, claro) y meter violín en bolsa con varios proyectos.
Véase, si no, como el sistema político (incluimos aquí a la Justicia), ha logrado frenarle a Trump insensateces tales como ese monumental muro que iba a levantar en toda la frontera con México para frenar el ingreso de latinos.
La política, no él, ha logrado -por ejemplo- que sea el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, el que haya terminado haciendo de dique de contención contra esas avalanchas humanas de Centroamérica en busca de mejores destinos en USA.
Lilita, un caso aparte
A la que le estaría haciendo falta uno de estos cursos de política práctica (esto es, de gestión, no de lengua) es a la inclasificable Lilita Carrió. La líder de la Coalición Cívica siempre se ha destacado en puestos legislativos, nunca en cargos ejecutivos. No minimizo su importancia como provocadora o como controladora.
Pero no es lo mismo apostrofar desde una banca de Diputados que batallar con problemas concretos y diarios desde cargos ejecutivos. Los dos puestos son importantes en una democracia
Es cierto el Teorema de Baglini cuando dice que "los políticos se ponen más sensatos al acercarse al centro del poder". Pero mucho más cierto es que, en un país estabilizado y previsible, el sistema político es quien le pone el cascabel al gato. Sobre todo a los altaneros y engreídos.




