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Análisis y opinión

Cómo mantenerse a flote en política según la teoría del canciller Felipe Solá

Los vaivenes de la política exterior argentina revelan una supina falta de profesionalismo político y reviven una argentinísima propuesta del canciller Solá

"Para mantenerse a flote en política hay que hacerse el boludo". El autor de esta frase, dicha un poco en chiste y bastante en serio, fue Felipe Solá, el actual ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina. Es casi imposible no vincular ese intento de ser Mr. Chispita con los barquinazos que viene pegando nuestra Cancillería al hacerse la distraída respecto de los continuos ataques a los derechos políticos de la oposición en naciones americanas como Venezuela o Nicaragua, convertidas en autocracias insoportables. Ni hablar de Cuba donde los derechos cívicos se pisotean desde hace 60 años.

Para justificar que la Argentina se haya negado -en foros internacionales como la OEA- a votar en contra de los desatinos de los gobiernos de esas naciones, la explicación oficial ha sido que "no nos metemos en la política interna de otros Estados". Sin embargo, hace unas semanas el ministerio que conduce el canciller Solá no dudó en condenar a Israel en su pelea misilística con el grupo Hamas asentado en Gaza. Y el presidente Fernández saludó como nuevo presidente de Perú a Pedro Castillo, de izquierda, cuando la Justicia electoral de ese Estado aún no se expedía sobre el ganador de la segunda vuelta

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La idea del boludeo político de Solá data del 2008 y fue dicha ante el notero Daniel Tognetti en CQC, uno de esos programas burlescos de la TV que se reían de la política. Ahora en cambio se ha "institucionalizado" que los invitados a programas jodones se vean ¿obligados? a hablar pavadas vinculadas a su sexualidad, y cuyo ejemplo sumario sería lo que aseguró hace unos días Fredy Villarreal en Podemos Hablar, el ciclo de Andy Kusnetzoff, respecto de que en una ocasión tuvo sexo con 16 personas. Lo de Fredy vendría a probar que también para mantenerse en la farándula hay que actuar de boludo.

Bandearse a gusto

Los bandeos de la política exterior argentina no podrían haber sido más irritantes. En lugar de responder a una política de Estado profesional, planificada, de claras directrices, venimos ofreciendo al mundo, y a repetición, una serie de contradicciones en las que hoy se piensa de una forma y al mes siguiente de otra. Todavía no podemos establecer, por ejemplo, una relación medianamente normal con Brasil y Uruguay, dos de nuestros principales vecinos y socios comerciales, porque son "de derecha" o "liberales".

En un principio el presidente Alberto Fernández decía estar convencido de que Nicolás Maduro había llevado a Venezuela a un callejón autoritario, pero como ésa no era la opinión de la vicepresidenta Cristina Kirchner, nuestra política exterior debió dar un giro de 180 grados. Solá quedó pagando pese a que nos había asegurado que la Argentina no pensaba bendecir la forma de actuar de Maduro.

Los vaivenes de la política exterior argentina son motivo de estudio desde hace rato en el mundo porque, como es sabido, no entramos en los parámetros medianamente habituales de las naciones. Nuestras crisis políticas y económicas y los cambiantes modelos de desarrollo que se van sucediendo desconciertan al más pintado. Antes no entendían al peronismo, ahora no comprenden a la Argentina en su conjunto.

No me inserto

Los analistas no pueden aceptar que la Argentina, con sus inmensas posibilidades de producir riqueza, se niegue a insertarse en el mundo y sólo produzca cada vez más pobres. Y que decrete la prohibición de exportaciones. Desde que el país reconquistó la democracia en 1983 no damos pie con bola para tener una política exterior coherente ni nos ponemos de acuerdo en cómo debemos desarrollar el país. Claro, es que para eso deberían haber coincidencias, acuerdos, pactos, es decir tendría que haber política.

El Presidente dice que ha fracasado el capitalismo siendo que hasta los países comunistas hacen capitalismo económico. Nadie puede repartir riqueza si previamente no se genera. Y la riqueza más genuina la produce la actividad privada. El Estado debe asegurar la educación, la salud pública, el servicio de Justicia, la seguridad y, claro, debe favorecer políticas de desarrollo junto con los privados. Eso es un Estado: un planificador y generador de posibilidades.

Está claro que hay que controlar la actividad privada para evitar los excesos que están implícitos en las ambiciones humanas, pero de ahí a convertir a la Argentina en un país anti empresas hay mucho trecho. Nadie en su sano juicio puede entender que aquí se persiga y se desconfíe de las empresa tecnológicas, las llamadas unicornios, porque no entran en la lógica laboral de hace 50 años.

Turbios y unicornios

Acá desde el Gobierno se glorifica a un personaje turbio como el líder camionero Hugo Moyano, antítesis de cualquier idea de progreso y profesionalismo, y se desconfía de Marcos Galperín, dueño de Mercado Libre, una firma que da trabajo a muchas más personas que las empresas tradicionales y que, pese a algunas aristas polémicas, marca la tendencia de cómo son las nuevas maneras de generar riqueza.

Acá pasamos de vivir odiando a Estados Unidos, a tener relaciones carnales con ellos sin preservativo. Por eso es imposible que nos crean, que pongan interés en nosotros, que alguien piense en invertir aquí con tal nivel de locura.

Es que no sólo vamos de un gobierno a otro poniendo todo al revés del anterior, sino que ahora curtimos lo imprevisible dentro de un mismo gobierno con doble comando, lo que nos obliga a que los discursos y las decisiones oficiales naveguen en un torrente de despropósitos y donde ni el ministro de Economía tiene poder de decisión para disponer el cambio de uno de sus funcionarios.

Ahí, entonces nos damos el piñazo. La forma de mantenerse en política (en esa política dañina, improductiva) es hacerse el boludo.

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