Tiene razón la diputada Graciela Camaño. Es enojoso lo que perciben los legisladores, mientras una porción creciente de la población pasa hambre. Aunque el asunto no es que los sueldos de los políticos sean exagerados, sino que la mayoría ha visto caer su poder adquisitivo en niveles angustiantes.
En el Congreso pululan expresidentes, exministros de Economía, exgobernadores, empresarios, sindicalistas, y diputados y senadores vitalicios que no han sido capaces de revertir la situación cuando les tocó actuar.
Al plantearle a los gritos al presidente de la Cámara, Emilio Monzó, que no pueden "seguir cobrando ingentes sumas de dinero mientras no hacemos un carajo”, en un rapto de furia, Camaño puso en la agenda la devaluación de la institución republicana.
Con su exabrupto la diputada dejó expuesta una vez más la ineficacia del Congreso a la hora de brindar soluciones a los problemas de la gente. En la frase, a modo de chicana política, está contenida lo que es una opinión generalizada y pone en evidencia la distancia que existe entre los representados y quienes acceden a los privilegios del Estado.
Es triste cómo se han encargado los mismos legisladores de desprestigiar a una institución que debería ser una suerte de asamblea representativa legitimada por la sociedad. Y es injusto para los legisladores comprometidos con su función, que se preocupan de verdad por el conjunto y trabajan en consecuencia.
Las bancadas se comportan como facciones corporativas, en la lógica de llevar agua para el molino partidario, con la mirada esquiva al interés general. Hay normas de fondo que no son aprobadas por el lobby sectorial, por el "espíritu de cuerpo", o por mera especulación electoral. Un claro ejemplo es la dilación en aprobar la Ley de financiamiento de las campañas electorales.
Está fresca la actuación de unos y otros en la oportunidad de tratarse la reforma previsional el día de la lluvia de piedras en torno del edificio del Congreso o, más recientemente, cuando la Apertura de Sesiones Ordinarias se convirtió en un espacio más típico de brarrabravas.
Darse un baño de realidad
A viva voz la diputada Camaño dijo que están "ganando ingentes sumas...". ¿Pueden los legisladores ganar varias veces más que el salario promedio cuando la pobreza alcanza el 32 por ciento? Y la brecha se seguirá acentuando respecto de la base de la pirámide de ingresos porque tienen cláusulas de actualización que les garantizan no perder un peso frente a la inflación.
Beneficios extras y "asesores" que no siempre cumplen con esa condición completan un combo gravoso para el Estado, largamente excedido en gastos.
Frente a la proximidad de las elecciones es oportuno llamar a la reflexión sobre la necesidad de establecer una agenda de temas prioritarios sin el acostumbrado pase de facturas plagadas de agresiones hacia el rival. El año legislativo no puede dilapidarse en discusiones estériles para la tribuna mediática ni el Congreso debe convertirse en un "pagasueldos" de políticos ocupados en su campaña electoral.
Se hace imperioso que el Poder Legislativo jerarquice su rol ante lo urgente y lo importante de cara a la ciudadanía que necesita respuestas, más aún en momentos de crisis, del máximo ámbito de representación plural.
Es un anhelo colectivo que los representantes del pueblo hagan méritos para justificar lo que ganan, en pocas palabras, tal cual lo está expresando Camaño. Un camino sería que los legisladores más responsables logren transformar sus esfuerzos individuales en un sistema parlamentario virtuoso en el que los vivillos y amañados se sientan descolocados. Si los más atinados no logran marcar el paso será difícil que el Parlamento recupere prestigio. Pero no a lo Camaño, que en rigor soltó su rabia porque el oficialismo le escamoteaba el quorum para los proyectos que pretendian poner en jaque al Gobierno.
En esta dura etapa de crisis y de incertidumbre los políticos, particularmente los legisladores, no deberían ser parte del problema sino de la solución.




