Chile y las vacaciones: ¿falsa calma o lo peor ya pasó?

Algunos medios de prensa dicen que ahora en Chile hay una falsa calma. Otros, que lo peor ya pasó. El gobierno de Piñera sigue probando soluciones para salir de la emergencia. Las manifestaciones ya no tienen tanta fuerza. Es que muchos chilenos están enojados por el número de muertos y los actos de violencia. Quieren evolución, no revolución.

Quizá el paso más importante de los dados sea que ya se decidió la modificación de la Constitución que les dejó el dictador Pinochet y que en casi 30 años de democracia la clase política no se animó a modificar, ni siquiera los partidos de centroizquierda que conformaban la exitosa Concertación.

Paradojas: será un partido de la derecha (hacia cuyo interior aún hay personajes que tuvieron que ver con Pinochet) el que tenga que motorizar esa renovación clave de la carta magna chilena, que arrancará en abril con la ratificación que deberá hacer el pueblo en las urnas. 

No faltan los que afirman que estos dos meses y medio de protestas han mostrado la peor resaca de la dictadura pinochetista. Varios integrantes de las fuerzas de seguridad se han sentido con derecho -en la represión de las protestas- a ignorar cómo se actúa en un Estado de derecho.

¿Vamos o no vamos?

Aquí, los mendocinos miran para Chile y piensan en las playas, en dormir frescos, en hacer compras. Y dudan si ir o no. ¿Y si me hacen bolsa el auto en una manifestación?, preguntan nuestros conocidos en el trabajo, en los clubes, en el barrio. No son pocos los que ya han anulado o perdido las señas por las reservas de alojamiento que habían hecho con la debida anticipación. 

Poner freno a las desigualdades sociales y a la injusta distribución de la riqueza, problemas que están en el centro de esta hecatombe trasandina, es algo que llevará más tiempo del que se piensa.

Ocurre que no sólo depende de que se acierte en las medidas políticas para remediar esos conflictos, sino que hay en Chile convenciones culturales que será más difícil modificar. Por ejemplo, el sentido de superioridad de los más ricos que suelen actuar como si fueran de una supuesta realeza.

Malditos números

El 1% más rico de Chile concentra el 33% de los ingresos del país. En Dinamarca los más ricos sólo concentran el 6% de esos ingresos. Y hablamos de dos países con una mirada parecida, de apertura liberal al mundo.

La diferencia es que uno, Dinamarca, hace hincapié en la justicia distributiva. Y otro, Chile, ha sido muy  injusto en esa distribución.

La gran particularidad de este terremoto político chileno radica en que lo ha protagonizado la clase media, sobre todo la nueva clase media que se formó en estos años, la que, como bien graficó un sociólogo, fue llevada hasta las puertas del cielo y luego no la dejaron entrar. 

Esa gente quiere que sus hijos puedan ir a la universidad, exige que la brecha de sueldos no sea tan abismal, pretende que disminuya la segregación territorial que hay en las ciudades, espera que acceder a la salud no sea un privilegio de pocos, no soporta que las jubilaciones  sean miserables. 

Para los mendocinos, que aguardan con pasión esos días de verano en las playas chilenas, es comprensible el desasosiego ante la posibilidad de cambiar la rutina vacacional.

Sin embargo es tan fuerte la familiaridad histórica que nos une a los chilenos que no podemos menos que pedir que ese clamor popular, que ese deseo de los chilenos por un país menos injusto, pueda empezar a motorizarse.

 

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