“Parate derecho, abuelo” le dice su nieto mayor a Carlos Saúl Menem quien camina encorvado por sus achaques artrósicos. El escenario: una avenida de Punta del Este.
La postal, obtenida por la revista Noticias, es familiar y la completan otro nieto más chico, su hija Zulemita, y la reaparecida y nunca bien ponderada Zulema Yoma, aquella esposa eterna que en la primera presidencia fue echada poco menos que a patadas de la residencia presidencial de Olivos.
“Fiera venganza la del tiempo”, dice el memorable verso de un tango gardeliano que recordamos al sentir el impacto que nos provoca tal estado de ancianidad.
Sobre todo en alguien que supo enseñorearse en el poder presidencial con caradurez total, como si fuera un adonis outlet de La Rioja.
Bola sin manija
De aquel Menem desbocado que agarró a la Argentina y la dio vuelta como una media entre 1989 y 1999 (para mal y para bien) a este viejito con cara de “yo no fui” han corrido torrentes de peronismo. Un tsunami político-económico que, como una maleta de loco, ha llevado al país por una montaña rusa.
Primero, el inesperado liberalismo desatado al que nos subió Menem en los ´90, nunca explicitado en su campaña electoral.
Después el default mais grande do mundo del inclasificable Adolfo Rodríguez Saá y sus 7 días de locura, en el 2001.
La gestión de Eduardo Duhalde nos dio luego una especie de peronismo zen, si se me permite la ocurrencia, sobre todo por la labor de Roberto Lavagna como ministro de Economía.
El populismo revolú
Lo siguiente fueron las elecciones presidenciales de 2003 que Menem volvió a ganar en primera vuelta con el 24% de los votos. Muy cerca de él, con el 22%, quedó otro peronista palanqueado por Duhalde: Néstor Kirchner.
Ambos debían ir a segunda vuelta, pero Menem arrugó de manera vergonzosa y el santacruceño fue ungido presidente.
El kirchnerismo fue uno de los pastiches políticos más chirriantes de la historia argentina. Néstor en un período y Cristina en los dos posteriores buscaron hacer por izquierda algo parecido a lo que Menem había concretado por derecha. Es decir: hacer y deshacer a como diera lugar sin respetar leyes ni decencias ni oposición, además de fungir como los nuevos cruzados de los derechos humanos, algo desconocido en el historial del matrimonio.
Volamos a Carlos
Carlos Saúl Menem fue uno de los personajes políticos más desfachatados que nos ha tocado padecer. Audaz como pocos, hizo del pragmatismo un catecismo. Y del carisma, una exageración sin límites.
Especie de Facundo Quiroga de vodevil, usó la gobernación de La Rioja como trampolín nacional. El país lo conoció por sus patillas, por su predilección por las vedettes, y por sus peleas con su mujer Zulema.
Con Alfonsín en la Presidencia, Menem tuvo la habilidad de aparecer como un opositor responsable. Pasaba por los programas de la TV porteña y el rating subía de inmediato. De a poco logró venderse como parte de la renovación peronista que por entonces se referenciaba en Antonio Cafiero (en Mendoza esa movida la encabezaba José Octavio Bordón). Fue a internas con Cafiero y, cuando nadie lo esperaba, lo derrotó. Eran épocas de hiperinflación alfoninista y su ascenso al podio fue un paseo.
Mery Yuli
Su administración (sobre todo la primera gestión) intentó ponerse a tono con los vientos de liberalismo económico que soplaban por el mundo, pero en lugar de encararlo de manera inteligente, optó por un estilo guarango y desaforado.
De un día para otro (en un país culturalmente estatista) vendió, sin rigores ni planificaciones republicanas, todo lo que era estatal, en muchos casos a precios viles y en medios de trapisondas fervorosamente corruptas.
Quedó sin embargo un resabio que muchos argentinos comenzaron a rumiar: no era cierto que las cosas andaban mejor siendo estatales. Los teléfonos podían andar mejor y expandirse en manos privadas. Y los servicios esenciales, como la luz o el gas o el transporte público, podían ser gerenciados por otros estamentos de la sociedad civil.
Eran las épocas en que en la corte menemista reinaban personajes encantadoramente desagradables, como María Julia Alsogaray. Esta mujer sin escrúpulos, como Carlos Saúl, fue a la postre una de las pocas figuras corruptas del menemismo que terminó pagando con la cárcel las trapisondas del régimen.
Telón
Desde que Menem dejó la Casa Rosada hasta hoy, nuestro personaje vivió rodeado de fueros que le otorgó el Congreso nacional. Tiene una condena judicial a 12 años de prisión por la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador, pero aún sigue libre por falta de sentencia firme. Además de otra condena a cuatro años de prisión por pagar sobresueldos secretos a sus ministros, pero sigue libre apañado por un sistema político-judicial.
Un ejército leguleyo lo ha protegido de ser castigado por actos corruptos groseros. Y ahí lo tenemos a los 88 años ocupando una banca en el Senado que sólo le sirve para salvarse del oprobio pero no para servir al país.
Y mucho menos para "ponerse derecho" como le pide su nieto




