El hartazgo, el enojo, la desilusión y el pesimismo son entendibles. Esos estados de ánimo son los que sin dudas influyen en mucha gente que decide no votar, ni siquiera en blanco. Directamente la decisión es no presentarse a emitir el sufragio. Está bien, se re entiende. ¿Pero no es mejor votar?, ¿no es mejor ejercer ese sagrado derecho de elegir y, de ese modo, con el voto, expresarse? ¡Es un derecho que tenemos desde hace 40 años en forma ininterrumpida! No debería ser resignado tan fácilmente.
A los 40 años de democracia hay que honrarlos con el voto
Son entendibles, sí, el hartazgo, el enojo, la desilusión y el pesimismo. Y está claro que quienes deberían entenderlos más que ninguno, son los políticos que no sólo tienen que entenderlos, sino atenderlos.
Son los dirigentes de todos los espacios políticos los que deben dar respuesta a esas sensaciones negativas de la población. Y si no las dan para eso tenemos el voto.
►TE PUEDE INTERESAR: Elecciones 2023: este viernes a las 8 comenzó la veda y podría ser la última del año
40 años seguidos de democracia
En Argentina hubo 6 golpes de Estado y el último –el peor- fue en 1976. Pero en 1983 la democracia volvió y para siempre. Entonces ese voto que antes de la dictadura que encabezó Jorge Rafael Videla perdía su peso y su valor con las asonadas militares –muchas veces acompañadas por civiles, entre ellos de la clase política- hoy vale mucho. Por eso la insistencia: no dejemos de votar, ya sea para apoyar a quien entendemos que es la mejor de las cinco opciones que se presentan este domingo, ya sea para castigar al que nos defraudó o al que no nos convence.
Este llamado a la ciudadanía a no dejar de usar el derecho de elegir a quien queremos que gobierne en los próximos 4 años y a quienes queremos que lleguen al Congreso o, al revés, a elegir a quien no queremos que nos gobierne, no puede dejar de llevar una reflexión destinada a los candidatos, no sólo a presidente y vice, sino a quienes aspiran a otros cargos y a quienes ya fueron electo o reelectos.
El desencanto de tanta gente tiene directa relación con la clase política. Son –la mayoría- responsables de la frustración. Frustración que alimentaron en los debates presidenciales en los que hubo más protestas que propuestas y más agresiones o chicanas que acuerdos (ni siquiera mínimos acuerdos).
Nobleza obliga: hubo quien o quienes trataron de ser más propositivos que quejosos. No van a ser nombrados aquí porque sería vulnerar la veda electoral. Vulneración, por otra parte, que muchos dirigentes no respetan aún el mismo día del comicio.
Lo cierto es que los debates habrán sido divertidos y picantes –es verdad- pero más bien agrandaron la grieta que tanto divide a los argentinos. Demasiada intolerancia y demasiado odio. No de todos ni todas, insistimos.
También es real y molesto que se vota muchas veces -7 en algunos casos- y que eso debe ser cambiado. Como también debería modificarse la ley que permite que muchos, pero muchos políticos se repitan. Así como hay saludables límites a reelecciones de presidente, de gobernadores (en Mendoza directamente no se puede) y de intendentes, también los debería haber para los demás cargos, de modo que el que cumple cierta cantidad de años en la función pública dé paso a caras nuevas. Eso último es quizás una utopía. Sin embargado nada cuesta plantearla.
Volvamos al principio: la decisión de no votar es entendible y atendible. Pero es mucho más sano –y sanador- ir a votar, como lo hicieron con tanta alegría y compromiso quienes pudieron hacerlo el 30 de octubre de 1983.




