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Andrés Bastías (25) tenía los pies calcinados. Su compañero de celda, Luis Rosales (26), murió casi una hora después de él. El caso es aún un misterio.

Uno de los presos ahorcados en San Felipe tenía quemaduras en su cuerpo

Catherina Gibilarocgibilaro@diariouno.net.ar

Luis Sebastián Rosales (26) y Arnaldo Andrés Bastías (25), los dos convictos hallados ahorcados en la misma celda del complejo San Felipe, no murieron al mismo tiempo. Bastías fue el primero. No sólo fue ahorcado sino que también le prendieron fuego de los pies a las rodillas. En cambio Rosales apareció colgado de la reja de una ventana de la celda. Su cuerpo todavía estaba tibio cuando a las 11 fueron encontrados por los guardiacárceles, mientras que su compañero tenía un rigor mortis que daba la pauta de que su muerte había sido antes.

El extraño caso en el que dos internos del complejo San Felipe, en Ciudad, aparecieron el lunes a la mañana ahorcados en la misma celda donde habían sido alojados el sábado tras su arresto en Rivadavia todavía sigue siendo un misterio para los pesquisas. Los hombres fueron encarcelados a raíz de un asalto a mano armada. En esa circunstancia uno de los cómplices, de 18 años, violó a una anciana de 69,tras golpearla y robarle la  jubilación. Este hecho ocurrió en el departamento de Junín y la policía arrestó a cuatro personas: tres hombres y una mujer. Esta última ofició de entregadora. Una única certeza Rosales y Bastías eran dos de los que participaron en el asalto y por tal motivo fueron imputados por robo agravado y recluidos en la celda 6 módulo 5 sector B de San Felipe. La diferencia horaria en el deceso de ambos la determinó la médica forense que concurrió al lugar, Marcela Godoy, ya que Bastías, tirado en el piso, presentaba un rigor mortis de aproximadamente dos horas.Su cuerpo,  independientemente del estrangulamiento, había sido quemado desde los pies hasta las rodillas. Aparentemente matarlo no fue fácil, porque en su cuello eran visibles varias marcas del trozo de tela que “alguien” utilizó para asesinarlo; concretamente las marcas son cinco. Algo debe d haber fallado –posiblemente una fuerte resistencia de parte de la víctima– para que no pudieran ultimarlo de una sola vez. Sus pies calcinados hablan a las claras de que el fuego de la celda no puede haber pasado desapercibido a los penitenciarios que tienen a cargo la custodia del pabellón, por dos razones muy simples: las llamas y el humo. Tampoco puede haber pasado inobservado para los internos del pabellón. Sin embargo desde allí ninguna voz de alarma salió para pedir ayuda; muy por el contrario. Según pudo saber UNO, apenas supieron que los reos habían muerto pusieron la música de sus equipos de radio a todo volumen, lo que en códigos de la cárcel significa queestaban contentos por lo sucedido. El otro reo en la celda, Rosales, quien no corrió mejor suerte, murió después. En este caso alrededor de su cuello apareció un trozo de tela de la remera que llevaba cuando ingresó al complejo. Esa especie de soga fue atada a la reja y sus rodillas quedaron pendiendo, casi rozando el inodoro. Cuando los penitenciarios lo descubrieron, contrariamente al caso de Bastías, su cuerpo estaba aún tibio. El hallazgo de ambos fue alrededor de las 11 y el deceso de Rosales no puede haber sido mucho tiempo antes. La muerte de los dos convictos habría ocurrido entre las 8 y las 11, según se desprende de la información que dieron los agentes, quienes dijeron que ambos habían desayunado tortitas alrededor de las 8. Esto podrá determinarlo con facilidad el Cuerpo Médico Forense durante la necropsia ordenada por la fiscal de Delitos Complejos Claudia Ríos Ortiz, a cargo del espeluznante caso. En las próximas horas se conocerán los resultados.

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