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Quién fue Ricardo Barreda: qué le dijo a la Policía y a los jueces tras los femicidios

Por UNO

Ricardo Alberto Barreda nació en La Plata el 16 de junio de 1936 y murió el 25 de mayo de 2020. Ejerció como odontólogo hasta que un día dejó el anonimato para ser un hombre tristemente célebre: mató a escopetazos a las mujeres de su familia porque, según él, lo maltrataban y le decían "conchita".

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De acuerdo con el relato del femicida, el drama había comenzado con lo que parecía un simple asunto doméstico. Era el 15 de noviembre de 1992.

El día de los femicidios

Ese día, el dentista Barreda agarró un plumero y le dijo a su esposa Gladys Margarita Mac Donald, de 57 años:

–Voy a limpiar las telarañas del techo.

–Qué bien. Andá a limpiar que los trabajos de conchita, son los que mejor hacés.

–¿Sabés qué? El conchita no va a limpiar nada la entrada. El conchita va a atar la parra porque las puntas andan jorobando –dijo Barreda como si no hubiese escuchado el insulto.

Entre una puerta y una biblioteca había una escopeta Víctor Sarrasqueta calibre 16,5 que le había regalado su suegra Elena Arreche, de 86 años.

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Barreda no dudó. Manoteó la escopeta (en el juicio diría que una fuerza extraña se apoderó de él) y fue hasta la cocina.

–¡Cuidado, está loco!

Eso es lo que llegó a decir su hija menor Adriana, una abogada de 24 años.

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Barreda le disparó a Gladys y siguió su cacería. Después mató a Adriana y a su suegra.

–¡Qué hacés, hijo de puta!

Esas fueron las últimas palabras de Cecilia, de 26, su hija preferida, que era dentista como él.

Barreda no habló. La ejecutó a tres metros de distancia. Luego se sentó en el sillón, abrazado a su escopeta, como si fuera lo único que le quedaba. Se había quedado solo.

Pero esa es su versión. La del hombre atormentado y humillado. Los peritos creen que ni siquiera le decían conchita y que los femicidios fueron planificados a la perfección. Porque odiaba a las mujeres de su casa.

Coinciden en que ese día Barreda sintió un alivio. Desordenó la casa como para simular que había sido un trágico asalto, se subió a su Ford Falcon verde, tiró la escopeta en un arroyo y luego se fue al zoológico. Lo relajaban las jirafas y los elefantes. Luego fue al cementerio a llevarles flores a las tumbas de sus padres. Más tarde se encontró con su amante Hilda para encerrarse en un hotel alojamiento.

Él mismo, al volver, se encargó de llamar a la Policía.

La declaración a la Policía

–Entraron a robar a casa. Hay cuatro bultos.

Pero los detectives que revisaron la escena del crimen dudaron de que hubiera sido un robo.

Ahí están los cuerpos –informó Barreda con frialdad.

Al subcomisario Ángel Petti le sorprendió que dijera "bultos" y luego "cuerpos" y no mi mujer, mis hijas, mi suegra. Para el odontólogo eran cosas desechables. Encima, mientras los peritos trabajaban en la escena del crimen, él fumaba y acariciaba la cabeza de Nahuel, el perro de la familia.

El subcomisario estaba convencido de que el asesino estaba delante suyo. Luego lo llevó a su despacho. Le convidó un cigarrillo Benson y le preguntó qué había hecho ese día:

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–Nada. Bueno, este…fui a pescar, después a ver a mi amante. Comimos pizza. Y cuando volví a casa me encontré con todo esto.

Petti sabía que el único lugar sin desorden era la pieza donde Barreda dormía solo. Todo estaba en su lugar: la cama hecha, la ropa apilada prolijamente, el piso encerado, los zapatos apilados. No hacía falta ser un experto sabueso para comprobar que la escena del crimen había sido alterada.

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En un momento, mientras iba a buscar dos sándwiches, Petti dejó a Barreda solo. Antes le dio el Código Penal en la página donde figura el artículo 34, que establece la imputabilidad o no de una persona y si comprendió la criminalidad de sus actos. Barreda lo leyó con atención.

Cuando volvió, Petti le dijo:

–Así que una vez hizo un curso de criminología.

Barreda, que días antes del cuádruple crimen había ido a una charla en el Colegio de Abogados, no lo desmintió.

–¿Cómo lo sabe?

–No importa. La cuestión es que lo sé. También sé que practicó tiro contra un árbol.

–Dígame quién se lo dijo.

–Se lo digo con una condición.

–¿Cuál?

–Que usted me diga dónde está la escopeta con la que mató a su familia.

–La tiré en Punta Lara.

–Ok. Levántese. Vamos para ahí.

Cada vez que habló ante la prensa, Barreda dijo que mató a las mujeres de su casa porque no paraban de humillarlo. En su momento, la mayoría eligió creerle. De ahí surgió gran parte del apoyo masculino y la "identificación".

Barreda dice que se sentía vacío.

Una persona que mata a un hombre nunca más vuelve a ser la misma persona. Imagínese cómo me puedo sentir yo después de haber cercenado la vida de tres miembros de mi familia. Cuando la gota rebalsa el vaso, cuando se rompe un dique, usted no sabe para qué lado sale el agua.

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Eso dijo el femicida en una entrevista que le hicieron en radio Del Plata. En otra entrevista con el canal América, le preguntaron:

–Barreda, ¿es feliz usted?

–Con las limitaciones del caso, sí.

–¿Está arrepentido de lo que hizo?

Sí, estoy muy arrepentido. En general me siento muy mal y hay veces que me siento peor. Sobre todo cuando coinciden las fechas, los recuerdos y las situaciones. Todo eso me hace poner mal. Con mis hijas andábamos siempre juntos. Lo siento por mi hija más chica, que fue a la que menos le di.

Luego, el odontólogo se llevó la mano a la mandíbula y confesó:

–Todo me parece irreal, como si estuviese viviendo una cosa que no me entra en la cabeza. Es como que uno está inmerso en algo que nunca pudo prever que le pudiera llegar a pasar. Hay veces que no me doy cuenta. Todavía lo lamento muchísimo y lo voy a lamentar toda mi vida. A veces estoy bien contento y sonriente y de repente, pum, se viene y se me baja la máscara –y hace un gesto inequívoco con la mano, como si se pusiera una máscara invisible.

–En el juicio usted dijo que lo volvería hacer. Que volvería a matarlas.

–Eso no es así. Cuando me hicieron esa pregunta yo lo que respondí fue que si las circunstancias se repitieran creo, hay un creo ahí, que volvería a responder de la misma manera. Nosotros con mi mujer nos separamos dos veces y siempre la fui a buscar yo a ella. Uno, por no poder salir de una situación desagradable, se encuentra inmerso en una telaraña que lo aprisiona, lo rodea y lo lleva a una situación límite, a un cúmulo de cosas que termina por desbordar.

–¿Qué cambiaría del pasado?

–Todo. Cambiaría todo. Bah, no. Todo no. A la escuela primaria la amé.

El juicio a Barreda

Para su abogado Arturo Campo, Barreda estaba loco y era alguien que "mira y no ve porque está fuera de la realidad. Alguien que podría haber elegido escapar o arreglar la situación, pero eligió quedarse y matar. Sufre de delirios de reivindicación". Para el fiscal Héctor Vogliolo, era un simulador donjuanesco y perverso. Basó su acusación en que Barreda había planificado el crimen porque hasta llegó a practicar tiro.

Él siguió el juicio imperturbable, con las manos en los bolsillos de su gabán marrón claro. Cuando le tocó declarar, Barreda habló de la relación con sus hijas:

–Su abuela les decía que cuando me vieran a mí, en vez de darme un beso me escupieran. Mi hija Cecilia una vez me arañó y me golpeó la cara. Sentía vergüenza porque andábamos en un auto viejo. Se agachaba para que no la vieran las amigas. Cecilia fue el hijo varón que no tuve. Después se fue distorsionando y pasó a ser parte del clan para humillarme.

Los psicólogos y psiquiatras que trataron a Barreda tomaron en cuenta la declaración de los testigos que hablaron de un conflicto que el odontólogo tenía con sus hijas. Las dos estaban por irse de la casa a vivir con sus novios. Cecilia, la dentista, salía con un hombre mayor, divorciado y con dos hijos. Esa relación irritaba a Barreda.

Pero en el juicio ese tema quedó sepultado porque lo más importante para los jueces no era conocer el móvil de la masacre, sino la imputabilidad o no del acusado.

Con el fiscal Vogliolo, Barreda protagonizó un duelo particular.

–¿Me está hablando en serio o en broma? –le decía irónicamente cuando le hacía preguntas incómodas. En una parte de su declaración, dijo:

Si yo fuera un juez, me declararía inocente. De Barreda diría que es un hombre inocente, que aguantó y dio hasta que no pudo más.

El momento más impactante fue cuando contó los crímenes:

–Tuve una fuerza interna, de rebeldía, entonces agarré el arma y disparé. No puedo precisar cuántos disparos. Si fueron ocho o nueve. Adriana dijo: "Mami, está loco". Por sus palabras presumo que debo haber disparado primero a la madre y después a ella. Luego apareció mi suegra y le tiro. Después, casi de inmediato, aparece Cecilia, yo estaba allí contra una puerta, salta por arriba de la abuela caída y me dice: "Qué hiciste hijo de puta", y ahí le disparo.

–¿Y luego qué hizo? –le preguntó el juez Soria.

Sentí como una sensación de liberación y después fue como que desperté, porque me encontré sentado en un sillón del living que da de espaldas al pasillo, con la escopeta en la falda, y ahí recobré el estado de conciencia. Supongo que he sido yo. Intuyo que las maté yo porque éramos cinco en la casa y de pronto me encontré con cuatro cadáveres.

Los jueces lo condenaron a perpetua. La única mujer del tribunal, María Rosentock, votó en disidencia. Para ella, Barreda estaba loco y necesitaba tratamiento.

Fuente: Infobae

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