Piden más custodia policial

Ola de robos tiene a maltraer a 80 vecinos de San Martín

Es, quizás, el último reducto de la ruralidad contra la ciudad. Es, se podría decir, un lugar ideal en San Martín. Vivir entre frutales, viñas, mucho verde, apenas a 20 cuadras del microcentro. Pero eso era antes. Ahora los robos son constantes. A Carlos, por ejemplo, le robaron siete veces en una semana. Siete.

Se llama callejón Menacho, pero todos en San Martín lo identifican como “el callejón de la Chancha”. Viven unas 80 o 90 familias, todas dispersas en el callejón que muere en las vías y en las callejuelas sin salida que nacen de él.

Salvo unas pocas, no más de cinco, todas han sufrido algún robo.

Miguel Ciucini, de 57 años y 4 robos en un semestre, dice que “antes este era un lugar tranquilo. Los robos empezaron hace unos 4 años, pero eran hechos aislados. Ahora y desde hace 6 meses, son constantes, de todos los días”.

Miguel vive y también trabaja allí. Cuenta que su caso es el de la mayoría de los vecinos. Han sido pequeñas fincas de sus padres o abuelos, después divididas entre los descendientes, que construyeron sus casas, dejaron el lote para esparcimiento o plantar algo o, en todo caso, lo vendieron.

Entonces, casi todos se conocen. Tienen raíces comunes, lo que hace que los habitantes completen el cuadro de un ambiente apacible e ideal para vivir del último callejón rural de la ciudad.

Pero desde hace tiempo que Miguel no duerme, o duerme poco y sobresaltado. Él mismo ha sacado a los ladrones de su propiedad. Su vigilia es la de la mayoría e, incluso, entre vecinos se turnan para siempre alguien esté despierto. Han armado grupos de whatsaap para comunicarse entre ellos, incluso, han contratado seguridad privada, pero nada ha sido suficiente.

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Carlos Carral es el hombre récord, el de los 7 robos en una semana. Su familia tiene una propiedad en el fondo de una de las callejuelas.

Mantienen la propiedad con mucho esfuerzo y la usan como un lugar de esparcimiento y para honrar sus orígenes. Una casa sencilla, casi transformada en quincho y un terreno amplio con rosas, frutales, una fuente. Todo sencillo como buena familia trabajadora, pero cuidado con mucha dedicación.

Cansado de los robos, Carlos llegó a soldar las puertas y a desoldarlas cuando necesita entrar. Tan así.

Lo grave es que ahora andan armados. Le han disparado a algún vecino, que los sorprendió robando”, cuenta.

Carlos también duerme poco. A mitad de la madrugada sale a ver que todo esté bien en el callejón. Todas las noches hay algún mensaje de alarma en el WhatsAap, un llamado, algo.

Han juntado firmas, se han organizado, han hecho notas y reclamos. Nada ha sido suficiente.

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“Necesitamos al menos más patrullaje policial en la noche”, dicen.

Por el callejón se puede conectar por servidumbres de paso a otros barrios. Y dicen que desde allí vienen los que los tienen a mal traer. “Hay gente buena en esos barrios, pero también hay unas cuatro o cinco bandas. Son siempre los mismos, sabemos quiénes son porque muchas veces los hemos visto cuando escapan, pero no hay forma de que se los controlen”, dicen los vecinos.

Y así están, esperando respuestas.

Alguna historia del callejón

El callejón Menacho lleva ese nombre por la familia que originalmente era dueña de esas tierras. Pero en San Martín se lo conoce como “el callejón de la chancha”. Dicen que ese bautismo popular se debe a que, al fondo, había una chancha que solía vagar, libre, por el lugar. Incluso se tejieron algunas leyendas, dándole al porcino algunos poderes mágicos.

Años atrás, unos cuantos, uno preguntaba en San Martín “¿dónde puedo comprar unas buenas empanadas?” y la respuesta era “andá a lo de don Guido”. Esa respuesta servía para casi todas las preguntas. Dónde comprar un camión, quién era bueno reparando lavarropas, quién podía tener interés en comprar un Chevrolet 400 en buen estado, quién colocaba inyecciones, y así.

Don Guido no hacía nada de eso ni tenía nada para vender. Apenas era un hombre entrado en años, malhumorado, que ejercía su noble y sufrido oficio de botellero (cartonero, para los porteños de la crisis del 2001), que vivía al fondo del callejón de la Chancha.

Don Guido tenía un ataque de furia cada vez que alguien aparecía en su casa, haciéndole esos pedidos disparatados y esas preguntas insólitas.

Alguien fue el primero que le hizo esa joda y después la broma pasó a ser una costumbre casi folclórica.

Don Guido ya murió, pero no en la memoria de sus vecinos.

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