La polémica por la prisión domiciliaria de la monja japonesa Kosaka Kumiko, acusada de abusos sexuales contra niños sordomudos del instituto Próvolo, en Carrodilla, volvió a estallar ayer.El Ministerio Público Fiscal, que la investiga, aprobó que Kumiko cumpla arresto domiciliario en un convento católico de monjas de clausura, tal cual lo confirmaron a Diario UNO fuentes religiosas. No trascendió en cuál convento estaría alojada pero el único de clausura cercano al Gran Mendoza es el de las carmelitas descalzas, ubicado en Mayor Drummond, en Luján de Cuyo. Además de estar con prisión domiciliaría en un convento a Kumiko ya le quitaron la guardia penitenciaria permanente que había impuesto la fiscalía, porque fue aceptada la cuidadora que estará a cargo de vigilar que cumpla con las obligaciones que le impuso la Justicia: esto es garantizar que no se fugue ni que entorpezca la investigación. Claro está, la mujer designada a cargo de Kumiko sería ni más ni menos que una monja, quien responderá por ella a la Justicia si se produjese alguna violación del régimen de encierro. En las domiciliarias, normalmente todo acusado las termina cumpliendo en su casa, con su familia, o en algún domicilio de algún allegado, es decir alguien que tiene interés en la suerte del imputado.Lo que garantiza a la Justicia que ese allegado no violará el régimen es que si lo hace el imputado pierde todo beneficio y debe volver a la cárcel. Pero en la práctica son habituales las violaciones y fugas de la domiciliaria a pesar de estas claras consecuencias. El interés inevitable de la IglesiaEn el caso de Kumiko, sin duda su familia es la Iglesia, porque no tendría parientes ni allegados en Mendoza que la reciban. Aun así, la novedad de que está en un convento causó cierto asombro porque la Iglesia Católica es parte interesada y directamente afectada por el escándalo de los abusos sexuales en el instituto Próvolo.Es así porque antes o después, la Iglesia Católica argentina será demandada ante la Justicia junto con el instituto Antonio Próvolo por las víctimas de los abusos sexuales, quienes le reclamarán en el fuero civil sumas indemnizatorias millonarias como es justo hacerlo y corresponde, como único modo de resarcirse parcialmente del daño que han sufrido y del cual nunca se recuperarán por completo. No obstante, el camino de esas demandas aún no se ha iniciado pero inevitablemente ocurrirá.Para ello, es crucial que los hechos que son investigados por la fiscalía queden probados en la causa penal, por la que ya están presos los curas Nicola Corradi y Horacio Corbacho, la monja Kosaka Kumiko, la apoderada legal del instituto, Graciela Pascual, y tres empleados de mantenimiento. Para quienes no quieren que la Iglesia Católica deba hacerse cargo de esas demandas un punto a favor sería que la causa penal no prospere, que no se den por acreditados los abusos a manos del personal del Próvolo o que simplemente culmine sin culpables. Por estas razones es que la estadía de Kumiko en un convento católico de clausura genera polémica.La monja mientras estuvo presa permaneció alojada en el establecimiento penal de Las Avispas, cerca de la cárcel en Campo Cacheuta. Una locación con capacidad para unas 20 internas que está en mejores condiciones que la cárcel de mujeres en El Borbollón, donde está la mayoría de las féminas privadas de la libertad y donde además hay mujeres alojadas que son violentas y peligrosas.Por qué le dieron domiciliariaKumiko salió de allí por orden de la Primera Cámara del Crimen, que consideró que debía seguir privada de la libertad pero le habilitó que fuera en un domicilio fuera de la prisión. La cámara argumentó para dar ese beneficio que el riesgo de que la religiosa intimidara o amenazara a las víctimas no estaba acreditado. Los jueces señalaron que aunque la fiscalía había señalado que estas advertencias de Kumiko ya habían existido rechazó el argumento porque el fiscal, según la cámara, no puntualizó ni un solo caso en ese sentido.Además el tribunal dio por probado que la mujer era discriminada y maltratada en la prisión en Las Avispas, tanto por las internas como por el personal penitenciario, por su condición de monja y por ser japonesa. Ahora Kumiko pasa sus días presa en un convento con una pulsera electrónica que le limita su desplazamiento. El aparato no le permite moverse más allá de 25 metros a la redonda, por lo que si supera esa distancia se activa la alarma de que ha violado el perímetro habilitado.
La religiosa acusada de participar en los vejámenes a niños sordomudos está alojada en un monasterio de clausura




